Supuesto texto de Cuevas revela la "ingratitud" de sus hijas

viernes, 19 de abril de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- En medio de la pelea que sostiene la familia del pintor José Luís Cuevas por su intempestiva salida del hospital Médica Sur, en el que fue ingresado por una infección estomacal y por deshidratación, ha salido a la luz un supuesto “Cuevario” escrito por el artista en 2005, en el que se queja amargamente del desamor de sus hijas y su ávido interés por sus bienes. Titulado “Ingratitud familiar”, el texto da cuenta del malestar de Cuevas: “Escribo estas líneas con el alma entristecida. Hago un examen de conciencia y me pregunto: ¿en qué les he fallado a mis tres hijas? La mayor parte de mis ingresos los invertí en su bienestar. Nunca escatimé nada en lo referente a su educación. Poco dejaba para mis gastos personales. Además, para mí poco he necesitado. Nunca he sido afecto a vestir con elegancia. Mis pretensiones han sido otras: adquirir materiales para mi trabajo de pintor. “El nacimiento de cada una de ellas fue para mí motivo de satisfacción porque siempre quise engendrar hijas. Nunca me imaginé padre de varones. La más chica de las tres nació el mismo día que yo: 26 de febrero. Este hecho casual fue para mí una razón más de alegría. Nunca he tenido preferencia por ninguna de ellas. “Mi amor de padre lo repartí por partes iguales. Eran todavía muy pequeñas cuando, con la familia, me movilicé a Francia. En París me esperaba una exposición que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno que está en la avenida Presidente Wilson. Mis éxitos siempre quise compartirlos con ellas. Pero aparentemente la vida en Francia y Nueva York no fue suficiente porque en el escrito se narra que las niñas crecieron y de alguna manera le dieron poco a poco la espalda: “En ellas, sobre todo en María José, surgió para mi sorpresa una total indiferencia a mi actividad de artista siempre en ascenso. Poco sabe de mí. Nunca ha leído ninguno de los libros que sobre mí se han publicado. Muy pocas veces han asistido a algunas de mis exposiciones y del funcionamiento del museo que lleva mi nombre no saben nada. “Llegaron los momentos difíciles, dolorosos: la muerte de Bertha. A partir de entonces viví en la más absoluta soledad. Mis hijas me visitaban poco. Después de un luto que duró más de un año, se dio un milagro: conocí a Beatriz del Carmen Bazán, de quien me enamoré. Volvió de nuevo la felicidad y planeamos nuestro matrimonio. “Por decisión de Beatriz y por decisión también mía las heredé en vida. Puse a nombre de ellas la mayor parte de mis bienes. No las desamparé, al contrario, siempre he respondido a sus necesidades, porque me he sentido responsable, aunque desde hace tiempo hayan dejado atrás la minoría de edad.” Con amargura, el autor dice más adelante: “Hace apenas unos días, la que nació el mismo día que yo me llamó para exigirme esa es la palabra le entregara una remesa de mis grabados. Ya lo había yo hecho hace poco tiempo, pero ahora exigía más. Lo que le había entregado le parecía insuficiente. Me extrañó este súbito interés por mi trabajo y se lo hice saber. Enfurecida me contestó que por supuesto mis obras no le interesaban, que todo lo que yo poseo le parecía una porquería, pero pertenecían a su madre y nada tenía que estar en mis manos. Después me dijo algo más hiriente todavía, que todo México me odia. “Hubo una segunda llamada, ahora a Beatriz del Carmen, a quien calificó de ‘ignorante y estúpida’. Intenté hablarle para reprenderla por sus majaderías. No respondió ella, pero dejó un mensaje en su grabadora también ofensivo. Eliminó de su nombre mi apellido.”

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