Puntos en común

martes, 30 de abril de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Desorientados vivientes (¿por no saber cuántas son cinco, por haberlo olvidado?): a sabiendas que me voy a meter en un laberinto, en el que me voy a dar de frentazos con incomprensiones e incluso con rechazos, les escribo la presente, pues considero que mis experiencias de mi larga vida en la tierra me autorizan a ello. No ignoro que no faltan, mientras otros aseguran lo contrario, los que afirman que la historia no tiene sentido, que la misma no ofrece enseñanza alguna al individuo ni a los pueblos. Tampoco ignoro que se ha dicho y se sigue diciendo que toda comparación es odiosa, puede que así sea, lo admito pero por lo que he visto y sufrido, me es dado confirmar que las comparaciones son necesarias, útiles para el individuo y los pueblos, ¿pues de qué manera se puede saber lo que más conviene en pensamientos, palabras y obras; si se va por buena senda o por mala, si progresamos o retrocedemos en nuestras vidas? Considero que la contestación a esas interrogantes confirman de manera suficiente que las comparaciones son al mismo tiempo odiosas como dicen, pero igualmente necesarias y útiles en la vida. ¿Qué me responden? En lo personal, este servidor de ustedes, por su vida dos veces milenarias sobre este planeta, por la experiencia adquirida en tan largo tiempo, se permite asegurarles, como señalo más arriba, que tiene la autoridad necesaria para afirmar que la historia sí tiene sentido, que sí ofrece enseñanzas a cualquiera que la estudie, ya que da puntos de referencia, de hechos, necesarios para comprender mejor las acciones propias y las de otros que nos puedan mover en un sentido u otro, por lo que repito que es bueno reflexionar sobre la misma, el estudiarla, tanto para el individuo como para el pueblo, ya que si ambos, por lo que sea, no tienen memoria histórica, estarán condenados a repetir sus errores, como sentenció el filósofo Santayana. Aclarado lo relacionado con la historia y lo que toca a lo de las comparaciones, paso a lo que deseaba decirles, motivo de la presente: que según mi leal saber y entender, basado en mi experiencia milenaria, considero que esa globalidad en la que respiran tiene más de un punto en común con el mundo que conformó el denominado Congreso de Viena, asamblea concertada por los gobiernos de las potencias europeas, que se reunieron tras la primera derrota de Napoleón; por medio de dicho Congreso Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia, los vencedores del Imperio napoleónico, pretendieron establecer un nuevo equilibrio de poder entre los estados; equilibrio de poder que garantizara y velara por la tranquilidad general en Europa, pero que en realidad no fue más que una lucha, a veces abierta y otras disimulada y en las sombras, en que las citadas potencias con el pretexto hipócrita de ser los campeones del equilibrio, la tranquilidad y la paz colectiva, hicieron todo lo posible por arrimar el ascua a sus respectivas sardinas, como dice el dicho popular. Entre los pactos acordados en el Congreso de Viena está el llamado Santa Alianza, suscritos por Rusia, Austria y Prusia, que unía los principios cristianos a la política y que tenía la pretensión de una misión imposible: la de mantener, e incluso restaurar en aquellas naciones donde hubieran sido barridos por la Revolución Francesa o las guerras napoleónicas, el poder absoluto de los reyes por la gracia de Dios. Inglaterra y el papado se negaron a firmar dicho documento. Natural. El papado, por ver en él una amenaza a su autoridad de vicario de Cristo sobre la Tierra; Inglaterra, porque no convenía a sus intereses, ya que como fabrica del mundo que era en ese momento, el libre comercio de sus productos la beneficiaba enormemente, y vio en la Santa Alianza, en su pretensión de someter de nuevo a la autoridad de las monarquías absolutas las colonias de las mismas que ya habían obtenido su independencia o luchaban por conseguirla, una amenaza para su beneficiosa libertad comercial, tan defendida por ella. Total: que los anhelados conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad proclamados por la Revolución Francesa como valores de vida, que a tantos habían entusiasmado y por los que tantos habían ofrendado sus vidas, en el Congreso de Viena y en el mundo que conformó y le siguió, por años fueron, en el mejor de los casos o bien ignorados o usados hipócritamente para enmascarar intereses particulares ya establecidos o para establecer otros nuevos; en el peor, cruelmente reprimidos y hasta sacrificados sangrientamente a los intereses de las respectivas potencias –Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia— que suscribieron, regentaron y administraron el mentado congreso. Estimados lectores de la presente: ustedes dirán si la globalidad en la que respiramos, que se nos ha vendido y sigue vendiendo como plural, incluyente, respetuosa de las libertades y derechos de los individuos y las minorías, tiene o no puntos en común con el Congreso de Viena. Sin más por el momento, pero con la promesa de volver al tema en otra, queda de ustedes su seguro servidor. EL JUDÍO ERRANTE

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