Ray Manzarek, verdadera alma de las puertas

martes, 28 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Cuando en 1990 John Densmore, el baterista californiano de Las Puertas redactó su biografía Jinetes en la tormenta. Mis años con Los Doors (Grijalbo, Barcelona. Traducción de José Manuel Pomares, 1991, 417 páginas), criticó al organista del grupo, Ray Manzarek, escribiendo: “Fue la apolínea insistencia de Ray la que propagó los rumores de que ‘Jim (Morrison) sigue vivo’, al no querer admitir la amarga verdad de que Jim se destruyó a sí mismo (y murió por sobredosis en París, el 3 de julio de 1971). Tal como escribió una publicación de rock: ‘Manzarek tiene la curiosa costumbre de referirse al grupo The Doors hablando en presente, como si la muerte de su cantante y los once años de su separación no sean más que parte de un plan a largo plazo’. “El mensaje de Jim fue el oscurecimiento, y sólo Ray está tan comprometido con la iluminación como para no querer ver su propia oscuridad; no quiere ver la sombra apolínea que emite al mirar al sol. Ray quiso a Jim como un hijo, y a un padre le resulta muy duro aceptar el fallecimiento de su hijo. En realidad, Ray también ha sido una figura paterna para mí… “Lo que yo aplaudo con Ray es su compromiso con el arte… En ese aspecto ambos estamos totalmente conectados. Pero, como sucede con la mayoría de los hijos, deseo quererle con cierta distancia…Ray ha sido desde hace diez años el que ha promocionado la idea de hacer una película de Las Puertas… Finalmente, todo está en manos de Oliver Stone...” En efecto, cuando Oliver Stone planeaba hacer la cinta The Doors que salió finalmente en 1991, Ray le brindó todo su apoyo para la cinta pero las cosas comenzaron a ir mal cuando Manzarek se opuso a que se exhibieran los excesos de Morrison y el cineasta “despidió a Ray” del proyecto, conforme señala Densmore. Stone optó entonces por seguir algunas anécdotas contenidas en el libro Nadie sale vivo de aquí, de Danny Sugerman (asistente manager de Las Puertas en los años ochenta) al alimón con Jerry Hopkins, quien en su introducción del volumen El Rey Lagarto. Lo esencial de Jim Morrison (Grupo Editorial Tomo, México. 1999, 340 páginas), dijo: “Cuando empecé a escribir el libro, tenía dos finales. En el primero, Jim Morrison moría de una sobredosis de heroína y alcohol. En el segundo final, Jim fingía su muerte y desaparecía.” Esta segunda opción fue la que siempre pareció gustar más a Ray Manzarek, quien durante su visita a la tumba de Morrison en el cementerio parisino de Père Lachaise 30 años después de la desaparición del cantante de Las Puertas, el martes 3 de julio de 2001, manifestó a este reportero: “En el fondo, sigo pensando que Jim vive y que sólo nos hemos dejado de ver en tres décadas. Su música y su voz siguen en mi corazón y creo que siempre las llevaré conmigo hasta el final… Esta lápida es demasiado pequeña para albergar a el cuerpo de Jim allí, seguro que Jim Morrison siguió la senda de su poeta favorito, Arthur Rimbaud, pudiendo estar oculto en África o en México.” Y el 30 de septiembre de 2007, cuando el guitarrista Robby Krieger de Las Puertas anunció su concierto con Ray Manzarek en la Ciudad de México, a principios de octubre, sostuvimos una charla en los siguientes términos (Proceso 1613): --Densmore ha alegado que ustedes dos usurpan el nombre de Las Puertas, a 40 años de la formación del conjunto… --Es un insulto pensar que nos mueve el dinero, ¡Dios mío! Y qué, ¿ya nunca podremos tocar Ray y yo las canciones de Las Puertas? No nos quedan muchos años de vida para tocarlas, ¿acaso es que John no se da cuenta? --¿Sigue creyendo Ray Manzarek que Jim no murió y está oculto? --Estoy seguro que sí. Densmore los demandó y no pudieron ya Robby y Ray usar el nombre de The Doors en conciertos. Pero el amor de Manzarek por Morrison se expresaría permanentemente de principio a fin desde la salida de sus memorias de 1998 Light My Fire. My Life With The Doors (“Enciende mi fuego. Mi vida con Las Puertas”, 352 páginas), donde Ray escribe: “No, él (Jim) no está del todo muerto, él fingió su propia muerte… Con varios kilos de ladrillos y un certificado apócrifo de defunción y la complicidad de algunos amigos franceses, ¡todo es posible en París!… ¿Sabremos alguna vez la verdad? ¿Queremos saber la verdad? ¿Necesitamos saberla? ¿Y por qué? O sea, ¿cuál es la diferencia saberla o no, mientras no haya sido asesinado?” Ray Manzarek había nacido a las 3 y media de la mañana del 12 de febrero de 1939 en Chicago. Hijo mayor de una familia inmigrante de Polonia (apellidada Manczarek, con la “c” antes de la “z”), Ray estudió piano clásico desde pequeño y creció escuchando blues; pero también adoraba el rock’n’rol; su padre tocaba guitarra y su madre cantaba con él. En el departamento de cine de la Universidad UCLA de Los Ángeles conoció a Jim Morrison y en 1965 se volvió a topar con él en las playas de Venice, California, comenzando la aventura de Las Puertas con Densmore y Krieger, colegas de Manzarek en los cursos de meditación trascendental en Pacific Palisades. “Era 1966, estábamos jóvenes y adorábamos rocanrolerar como Las Puertas. El futuro era nuestro…” Manzarek proporcionó todo el apoyo musical con su órgano y bajo en el teclado Fender Rhodes a las letras de Morrison y Krieger y Las Puertas lograron sus éxitos gracias a ese sonido peculiar de teclados en rolas como “Cuando la música termina”, “Jinetes en la tormenta”, “Roadhouse Blues” y sobre todo, “Enciende mi fuego”. En cuatro años grabaron seis discos y aunque tras la muerte de Morrison, los otros tres miembros de Las Puertas continuaron grabando siempre proyectos alternativos, fue aquella música grabada con Jim Morrison la que les produjo los mayores dividendos. Es necesario leer aquel libro Mi vida con Las Puertas para entender cómo su espíritu hizo trascender al grupo de manera cohesiva. Porque si El Rey Lagarto fue el cuerpo eternamente bello y joven del conjunto, el alma sin duda fue el rubio de lentes, Ray. Al momento de su muerte el pasado lunes 20 de mayo, la fortuna de Manzarek y su fiel esposa Dorothy ascendía a unos 60 millones de dólares.

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