El arte de la reforma educativa

martes, 7 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Ambivalentes entre la pertinencia del tema y un pésimo trabajo editorial, los libros Muralismo mexicano 1920-1940, que se han presentado en diferentes foros desde marzo pasado, evidencian la necesidad de integrar criterios de calidad tanto en la gestión gubernamental de la cultura, como en las revisiones de la Auditoría Superior de la Federación. Coeditados en 2012 por la Universidad Veracruzana, el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), los ostentosos libros coordinados por la doctora Ida Rodríguez Prampolini oscilan entre el acierto de la catalogación, el incumplimiento de lo que ofrece en su nota introductoria, y la carencia de información actualizada y confiable sobre el estado de conservación de las obras mencionadas. Investigadora emérita del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la UNAM, Rodríguez Prampolini dirigió de 1997 a 2006 un seminario sobre muralismo integrado por alumnos de licenciatura y posgrado –el título del seminario es confuso, ya que la doctora lo menciona como Muralismo Mexicano 1920-1940, y Adrián Soto Villafaña, uno de los participantes en el proyecto, como El muralismo, producto de la Revolución Mexicana en América–, el cual dio por resultado una revista denominada Crónicas. Organizados en tres volúmenes, uno de los libros contiene una selección de textos de esta publicación; los otros dos corresponden a un catálogo razonado de los murales producidos de 1921 a 1940 en México, Estados Unidos y Latinoamérica; periodo relevante que abarca el inicio de las decoraciones murales, las crisis estético-políticas, su auge y conversión en muralismo. Si bien el volumen correspondiente a Crónicas contiene textos interesantes, por la recuperación de autores y temas poco trabajados –como Ramón Alva Guadarrama, la construcción de El Estadio Nacional y los murales destruidos de la Escuela Belisario Domínguez–, lo más valioso del proyecto se encuentra en el catálogo razonado. Integrada con escritos que contextualizan la creación de murales tanto existentes como destruidos, la recopilación se enriquece notoriamente por la recuperación y reproducción de imágenes que dejan testimonios visuales sobre una de las épocas más ricas y complejas del arte mexicano. Clasificados con base en criterios cronológicos y autorales, los textos contienen un recuadro que permite ubicar la localización, fecha de realización, ficha técnica, mecenazgo y estado general de conservación. Este último punto, lamentablemente, no debe tomarse en cuenta y, entre las fallas, también se encuentra la ausencia de fechas de realización o publicación de los textos. Interesantes por la recopilación de aproximadamente 183 murales, los libros Muralismo Mexicano 1920-1940 recuerdan los beneficios del vínculo entre el arte y la política educativa. Un recuerdo que exige el análisis de religar el arte con la educación a partir de la integración del sector gubernamental de la cultura en la reforma educativa. ¿No sería conveniente desaparecer al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes?  

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