"Flaubert a ratos me recuerda a Hitchcock": Alejandro Toledo

miércoles, 8 de mayo de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- El 8 de mayo de 1880 murió Gustave Flaubert, y la fecha pasaría desapercibida dentro del mundo de las letras de México si no fuera porque el autor de Madame Bovary sigue siendo un autor de culto, cuya novela principal sobre la decadencia burguesa en Francia y sus excesos sigue siendo punta de lanza para entender el mundo social de la Europa del siglo XIX. Entrevistado por Apro, el escritor, ensayista y periodista cultural Alejandro Toledo explica las razones por las cuales el autor nacido en Rouan en 1821 le sigue apasionando y le ha provocado la necesidad de analizar la trascendencia de su obra dentro de un grupo literario que se dedica al estudio del literato francés. “Por un curso releo ahora los libros de Flaubert y la crítica sobre su obra. Descubrí, por cierto, El loro de Flaubert de Julian Barnes, que no conocía. Ahí encontré esta descripción que me parece sorprendente porque en unas pocas líneas se dice todo lo que se puede decir de Flaubert: “Flaubert enseña a mirar cara a cara a la verdad, y a no parpadear ante sus consecuencias; enseña, al igual que Montaigne, a dormir sobre la almohada de la duda; enseña a diseccionar las partes constitutivas de la realidad, y a observar que la Naturaleza es siempre una mezcla de géneros; enseña a hacer un uso lo más exacto posible del lenguaje; enseña a no abrir los libros en busca de una píldora social o moral: la literatura no es una farmacopea; enseña la preeminencia de la Verdad, la Belleza, el Sentimiento y el Estilo”.??????????” Toledo destaca que él y un grupo de personas se han propuesto leer toda la obra de Flaubert y justo ahora están a la mitad del camino: “Sin duda Madame Bovary, que es el comienzo de su obra, es también un centro: se le descubre ahí en pleno uso de sus facultades narrativas. Es muy hábil para editar la historia; se diría que utiliza para ello recursos cinematográficos, aunque en la época no había ese referente. “A ratos me recuerda a (Alfred) Hitchcock, sobre todo por esas estrategias de alejamiento: cuando decide contar una escena desde la periferia, por ejemplo, como ocurre con la amputación de un personaje, en que no vemos lo que pasa en el cuarto pero sí oímos, a la distancia, los gritos; o el paseo en coche por Rouen, cuando Emma Bovary cae en los brazos de León, un viaje erótico del que sólo tenemos las referencias a las calles por las que van pasando y que cierra con una mano desnuda que arroja unos papelitos. La desnudez de esa mano nos lleva a imaginar la desnudez completa de la dama. Eso es algo que tiene Flaubert: cree y confía en la imaginación de sus lectores”. Para Toledo ha sido grato releer la conferencia de Vladimir Nabokov sobre Madame Bovary, que considera como una inmersión a profundidad en el proceso de escritura y una muestra de cómo debe leerse un libro. “Leemos y discutimos por estos días Salambó, con un Flaubert engolosinado con las descripciones y una historia que corre muy lentamente; lo que evitó en Madame Bovary, el uso indiscriminado de las metáforas que tenía que aplastar como piojos, decía él, en Salambó no lo hace y deja suelta la pluma. Hay dos momentos que me parecen ejemplos de narrativa en estado puro: cuando dos personajes hacen una incursión nocturna a Cartago para robar un manto; y el viaje de la protagonista de la ciudad al campamento de los bárbaros para rescatar esa misma prenda. “Es grato también encontrarse con el Diccionario de ideas recibidas de Flaubert, en donde descubro lo que hoy llamaríamos un espíritu tuitero: sus definiciones podrían ser lanzadas al ciberespacio en estos días y pocos se darían cuenta de que se trata de algo escrito en el siglo XIX. Y eso pasa al leer a Flaubert: que sentimos estar en diálogo con un contemporáneo”, acotó.

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