Violeta Parra, una remembranza siempre bienvenida

sábado, 1 de junio de 2013
SANTIAGO DE CHILE.- Dentro del espacio permanente que el Centro Cultural Palacio La Moneda (CCPLM) destina para celebrar a la insigne ciudadana chilena nacida en 1917, acaba de inaugurarse una muestra sorprendente y entrañable. Se titula Violeta, viaje al interior y, como su nombre anuncia, las obras expuestas convocan a una travesía por los mundos íntimos de esta inolvidable mujer cuya desbordante creatividad quedó plasmada también en campos aparentemente ajenos a su quehacer principal. Entre óleos, arpilleras, ceramicas y figuras en papel maché se desgranan sus convicciones estéticas, y se urden sus preocupaciones sociales, ligadas ambas de forma inextricable a través del amor por la tierra, la solidaridad con el ser humano que sufre y el interés por aquello que hay de genuino en la cultura del pueblo. De ahí que motivar una recordación contínua sea una tarea obligada y pertinente. Además, viene muy a colación para indagar sobre los nexos que la eminente artista entretejió, sin haber nunca estado, con México y su historia. Como puede intuirse, la mayoría de las piezas en muestra giran alrededor de la música y sus artífices pues, ciertamente, su autora encontró en el canto el vehículo idóneo para armonizar su breve existencia --se suicidó a los 49 años--, inmersa como estuvo en las penurias ajenas, los desengaños propios y las aberraciones padecidas en su patria. Para magnificar el efecto anímico sobre el espectador, la exposición cuenta con dispositivos que al ser pisados emiten grabaciones con las décimas donde Violeta cuenta, guitarra en mano, los avatares de su convulsa pero fructifera vida. Así, la contemplación de la obra plástica se enriquece de manera insospechada al escuchar, por ejemplo, a la propia dama que entona:
En ratitos que me quedan/ entre campo y grabación,/ agarro mi guitarrón,/ o bien mi cogot´e yegua;/ con ellos me siento en tregua/ pa´ reposarme los nervios,/ ya que este mundo soberbi / me ha destinado este oficio;/ y malhaya el beneficio,/ como lo dice el proverbio...
Mas antes de navegar por los lagos violetas de su recuerdo, es oportuno mencionar que el Centro Cultural se erigió en 2006, por iniciativa del entonces presidente Ricardo Lagos, quien creyó que su construcción podía mitigar el hecho sangriento que tuvo lugar, 33 años atrás, sobre lo que serían sus bóvedas, es decir, el golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet. El CCPLM ocupa, precisamente, el subsuelo del atrio del Palacio de Gobierno donde, con tanques y explosivos, se orquestó la barbarie militar que culminó con la muerte de Salvador Allende. Asimismo, es interesante subrayar que, desde su apertura, el espacio cultural ha contado con una reiterada presencia mexicana. La muestra con la que abrió sus puertas se intituló: México, del cuerpo al cosmos. En 2008 se montó Frida y Diego; vidas compartidas; en 2010 se expusieron cuadros de pintores mexicanos dentro de la muestra  Arte en América, y en este 2013 está abierta una exposición llamada Hilos de América, textiles originarios, en la cual destacan hermosos tejidos mayas. Pero, ¿qué hizo este personaje femenino para merecer una rememoración perenne? ¿Por qué Pablo Neruda compuso para ella una Elegía para cantar que reza:
¡Santa de greda pura!/ Te alabo, amiga mía, compañera:/ de cuerda en cuerda llegas/ al firme firmamento,/ y, nocturna, en el cielo, tu fulgor/ es la constelación de una guitarra… ¿Qué personalidad está atrás de la famosa canción “Gracias a la vida”?([1])
Que resuenen, pues, los acordes más conmovedores de su biografía: Violeta del Carmen Parra Sandoval ve la luz en un pueblo chileno, de esos que, como ella aseveró en sus coplas, “limitó en su centro con la injusticia”.([2]) De su padre, el profesor de música Nicanor Parra, hereda la pasión por los sonidos, y de su madre, la campesina y costurera Clarisa Sandoval, mama el arraigo por el terruño. Su infancia transcurre en medio de estrecheces aunque nunca falta en el hogar la imaginación para conjurarlas. Se hace música por gusto y los juegos consentidos se arman como espectáculos teatrales. A pesar de que el maestro Parra esconde la guitarra cuando sale de casa para evitar que sus hijos se encariñen demasiado con el instrumento, suele organizar concursos para ver cuál de los niños canta mejor. No obstante las veladas prohibiciones Violeta aprende a tocar la guitarra a los nueve años, y a los doce ya es capaz de componer una melodía propia. Naturalmente, el ambiente rural no ofrece muchas oportunidades de superación, así que la niña junto a su madre y dos de sus hermanos se trasladan a la capital. Al poco tiempo el padre cae enfermo --morirá meses después-- y los pocos centavos se vuelven aún más escasos. Los hermanos Parra deben salir a las calles para ganarse el sustento. A menudo cantan por un pedazo de pan. En la lista de los lugares donde se presentan esperando caridades aparecen circos, posadas, estaciones de tren y burdeles. Para esa etapa de adolescente Violeta conforma un repertorio hecho de boleros cubanos, valses peruanos, romances españoles y corridos mexicanos. Sin quererlo a fondo, apenas cumple la mayoría de edad casa con un empleado de ferrocarril que le hará dos hijos. Por razones obvias los estudios nunca los concluye ya que la maternidad también se confabula. A inicios de los cuarentas se muda a Valparaíso, donde se une a una compañía de teatro con la que realiza giras por toda la nación. En esas andanzas conoce a un exiliado que pinta un mural en la Escuela México de Chillán.([3]) Se trata, nada menos, que de David Alfaro Siqueiros. De ese encuentro sobrevive una canción que la cantautora escribirá a raíz del futuro encierro del pintor en Lecumberri. Sus últimas estrofas denuncian:
Le roban a sus ojos/ azul de cielo/ de la selva sus verdes/ le prohibieron; / pero no han de quitarle/ su rojo fuego/ ni la blanca paloma/ de sus desvelos.// Llore todo el que tiene/ corazón tierno/ que sepultado en vida/ se halla Siqueiros.
Para 1948 se separa de su marido y se afinca con sus críos en Santiago. De ese año data la primera grabación comercial para la RCA Víctor, merced a un contrato firmado por ella y su hermana Hilda como “Las hermanas Parra”. Adviene un segundo matrimonio del que nacerán otras dos criaturas. Para la manutención de ese periodo figura el trabajo en la Hosteria Las Brisas. Su salud no tarda en resentirse y en uno de los altibajos, tirada en la cama, mata el ocio bordando sus primeras arpilleras. Entrados los cincuentas es instigada por su hermano Nicanor --el renombrado “antipoeta” ganador del premio Cervantes de 2011 y eterno candidato al Nobel-- para que se eche a cuestas la labor etnomusicológica que a ningún chileno le había parecido necesario realizar. Recopila más de tres mil canciones a lo largo de todo el territorio, surgiendo paralelamente la verdadera Violeta Parra. De ahí en adelante jamás vuelve a cantar otra música que no sea suya o de su tierra. En esta década inicia la consagración. Transmite programas de radio, se presenta en televisión y comienzan los viajes al extranjero. En 1954 graba en París y Londres. La aceptación del público europeo derriba los prejuicios de los propios chilenos contra su folklor y de inmediato es contratada por la Universidad de Concepción, donde funda el Museo de Arte Popular, primero del país. En otra canción de esa época lamenta:
Se oscurecieron los templos/ las lunas y las centellas/ cuando apagaron la estrella/ más clara del firmamento/ callaron los instrumentos/ por la muerte de Zapata/ sentencia la más ingrata/ que en México se contempla/ para lavar esta afrenta/ no hay agua en ninguna patria.
En los últimos años de su vida decide emigrar, residiendo una temporada en Argentina, donde graba el LP Por qué los pobres no tienen, que es censurado. Tampoco la segunda relación conyugal le aporta alegrías y se embarca en una tercera con un músico suizo que la invita a convivir con él en Ginebra. Ahí aparece el germen de la desventura postrera. No importa que sus conciertos y exposiciones sean aclamados --en 1964 monta una exposición individual en el Louvre, siendo la primera hispanoamericana en hacerlo--, la carencia de un amor pleno le hiende el alma. Regresa a su terruño para echar a andar un proyecto educativo que al gobierno chileno le parece irrelevante. Sola y sin apoyos para lograrlo, opta por inmolarse en el terreno donde habrían de florecer sus sueños… La canción de protesta latinoamericana se queda huérfana y, a la distancia, los ecos de sus denuncias se multiplican. Desde su sepulcro las piedras cantan para darle voz a los desposeídos. Ahora inicia para ella el viaje de la memoria.


([1]) Se recomienda escucharla en la interpretación de su propia autora. Encuéntrela en el sitio proceso.com.mx
([2]) El lugar exacto no está del todo claro, empero, oficialmente corresponde a San Fabián de Alico, en la provincia de Ñuble del sur de Chile.
([3]) Se trata del mural Muerte al invasor. El mural de Siqueiros en la Escuela México de Chillán.

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