César Tort, otro visionario en el desierto

domingo, 30 de junio de 2013

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hacia 1536 se funda en la ciudad de México el Colegio Imperial de la Santa Cruz de Tlatelolco que, en innumerables textos se cita como la primera institución educativa de América. Sin que obste la imprecisión sobre su jerarquía continental, pues de tajo se ignoran los centros de instrucción indígena llamados Calmécac, Telpochcalli y Cuicacalli, es obligada la referencia al colegio fundado por la orden franciscana con la anuencia del virrey Antonio de Mendoza y las subvenciones anuales de Carlos V, para poder situar en una correcta perspectiva histórica al proyecto comenzado a mediados del siglo pasado por el eminente compositor y educador César Tort (Puebla, 1926). Aunque, lamentablemente, la referencia no se inscribe en el ámbito de la cristalización de metas pedagógicas eficientes sino en el de los avatares que sufre en nuestro vejado e incivil país cualquier intento serio por forjar mejores mexicanos. Regresemos nuevamente a Tlatelolco. Son los años donde se echa a andar la maquinaria virreinal y se aspira a educar en la fe a naturales y mestizos. El Colegio de la Santa Cruz recluta a los hijos de la nobleza indígena que, cuales súbditos de la Corona española, habrían de ocuparse de las gubernaturas de los antiguos cacicazgos y de la evangelización masiva. En la curricula que se diseña para ellos se reproduce aquella de las universidades del Viejo Mundo, es decir, se imparten las siete artes liberales ?del trívium y el quadrivium medievales? entre las que tiene especial relevancia la música. En Tlatelolco se enseña el canto llano y el canto de órgano pero, además, se imparten, aquí sí por vez primera, nociones de medicina indígena dentro de un marco educativo europeo. Como está previsto, los niños nahuas ?admitidos entre los diez y los doce años de edad? aprenden retórica, gramática, latín, castellano y, para nuestra sorpresa, también náhuatl. Es decir, se pretende formar verdaderos humanistas trilingües que estén a la altura de los cargos que podrían reservárseles. En el fondo, las autoridades hispanas no creen que los indígenas tengan capacidad intelectual alguna, mas es menester hacer el intento. Empero, en pocos años comienzan a palparse los frutos de esta loable empresa educativa y, para asombro de todos, los indios se revelan como latinistas, músicos, retóricos y gramáticos de enormes facultades. Hay que decir que de esta escuela procedieron muchos de los informantes que ayudaron a Bernardino de Sahagún a redactar su Historia General, obra sin la cual careceríamos de conocimientos fundamentales sobre la cultura prehispánica. Aquello que podría haberse considerado como éxito enciende focos rojos. Digamos, para cerrar este prolegómeno, que adviene la abdicación de Carlos V y que a su sucesor, Felipe II, la idea de educar tanto a los novohispanos no le hace mucha gracia. ¡Quién sabe qué podía venirles en mente si se les instaba a cultivarla…! Tampoco los sucesores de Mendoza se empeñan en el asunto y, entre enredos y recelos, al colegio le estrangulan los suministros y aviene su defunción. En los pliegues de la historia queda registrada la primera muerte de un proyecto de trascendencia capital que podía haber alterado los derroteros de la patria. A lo largo de la Colonia no se produce ningún cambio sustancial en la enseñanza pública, al menos, desde la atalaya del arte sonoro, sin embargo, es de resaltar el proyecto realizado a fines del siglo XVIII ?también con una vida breve? en la antigua Valladolid, hoy Morelia, para educar, dentro del Colegio de Santa Rosa, a niñas y señoritas en las bondades que le prodiga la música al ser humano. Se considera, justamente, como el primer Conservatorio del continente. Tampoco pasa nada durante el primer siglo del México independiente, aunque son de destacar los esfuerzos fallidos para crear alguna institución que educara con música. Un esbozo de Conservatorio secular es creado en 1825 por Mariano Elízaga (1786-1842) pero se enfrenta a la inestabilidad política y no florece. Pasa lo mismo con el segundo intento ordenado por Santa Anna, en el que se pretendió que el ilustre Giovanni Bottesini (1821-1889) organizara, entorno al 1853, un conservatorio a la italiana. Reparemos en el dislate. Eventualmente adviene la creación de la Sociedad Filarmónica Mexicana de la que deriva el actual Conservatorio Nacional y surge la facultad de Música de la UNAM en medio de una plétora de academias particulares diseminadas por toda la nación. La educación artística que la SEP se echa a cuestas es pobre desde sus inicios, y en cuanto a la música como materia, lo sabemos de sobra, la mediocridad es norma. Tiene que llegar el gobierno de Lázaro Cárdenas para que se implante, mediante decreto presidencial,[1] el canto coral obligatorio en las escuelas. Al general lo habían ilustrado sobre cómo, a través de la actividad musical sustentada en la voz humana, se operaban milagros en diversos rubros; tanto en la cohesión social como en el rendimiento escolar y la formación integral del individuo. Se da carta blanca para que se recopilen los métodos y se eduque a los maestros pero, podemos suponerlo, con la administración de Ávila Camacho se desestima la importancia del proyecto y gradualmente se le restringe hasta lograr su extinción. Con esto asistimos a la segunda muerte de una iniciativa que, de habérsele dado oportunidad, habría fundamentado la transformación del país. Dicho esto es tiempo de hablar del maestro Tort y de su cruzada en aras de la educación infantil. Cual digno descendiente de catalanes, Tort cree en los valores de lo propio y no se amilana ante obstáculos y negativas. Su tenacidad para volverse músico, aún en contra de los designios paternos, es inquebrantable. Esto lo lleva a dejar su terruño para inscribirse en el Conservatorio y la Escuela Nacional de Música. Cursa la carrera de piano pero descubre que su verdadero amor yace en la composición. Concluida esa fase académica decide expandir sus horizontes, trasladándose primero a los Estados Unidos de Norteamérica donde estudia con Aaron Copland y posteriormente a España, donde obtiene el diploma de compositor del Conservatorio Real de Madrid. A su regreso a la realidad nacional confirma los despropósitos que se cometen contra la educación musical en las escuelas y empeña la existencia para revertir la situación, o al menos, para ser propositivo. Se embarca en la creación de un sistema que cubra todas las etapas formativas del niño, dotándolo de materiales que le sean culturalmente cercanos y empleando para su consecución instrumentos musicales autóctonos. Piensa en emplear artesanos mexicanos para que construyan teponaztlis, huéhuetls, arpas, y demás instrumental. Es una hazaña comparable a lo que hizo Kodaly en Hungría u Orff en Alemania, cuyos resultados son incuestionables. Para Tort implica la creación de métodos específicos para cada instrumento, amén de elaborar con especial atención los contenidos para el trabajo coral. Con este, lo asevera con desasosiego, podría salvarse el espíritu de la niñez mexicana…y con ello todo lo demás. Con el fruto de su ciclópea labor en mano busca la interlocución con las autoridades adeptas a la educación. Obtiene de la UNAM una plaza de maestro para que implante su método en la Escuela Nacional de Música, pero podemos asumirlo de antemano, los encargados de la educación infantil del plantel ven con recelo que sea un mexicano quien venga a decirles qué enseñar. Ellos prefieren emplear el método suizo de Dalcroze y el alemán de Orff…aunque sus resultados sean insatisfactorios. También interpela a los responsables de la SEP, topándose ahí con el negocio multimillonario que  Yamaha está en vías de concretar con ellos. Con la ayuda del Excelsior de Julio Scherer denuncia que el plan japonés no va a resolver la problemática. Es, nada más, un paliativo innoble del que manan embutes sustanciosos para los coordinadores de la secretaría. Una tarde es visitado por los directivos de la trasnacional nipona y se le ofrece dinero y un piano de cola para que colabore con ellos. De no hacerlo deberá atenerse a las consecuencias. Les explica sin ambages sus motivos para rechazar la opción de la flauta plástica y los órganos electrónicos con ritmos prefabricados como panacea. Aquí si hemos de reconocer que la presión ejercida por Excelsior impide que se compren los órganos y que también se sumen idealistas a su causa. Dos de ellos, Rodolfo Stavenhagen y Leonel Durán, lo apoyan para llevar su método, a través de la Dirección General de Culturas Populares que tienen a su cargo, a todo el territorio. Comienza entonces una actividad frenética que contempla, en primer término, la capacitación de maestros. En dieciocho estados de la república sus niños aprenden a cantar y a quienes los escuchan les es imposible reprimir la emoción. Es evidente que este es el camino para construir un país más nuestro. Sin embargo, como ya podemos suponerlo, el proyecto no quiere entenderse en su cabalidad y antes de que sus beneficios resuenen en toda su magnificencia, se le suprimen los recursos y se le condena poco a poco al silencio. Con esto presenciamos la tercera muerte de una posibilidad educativa que hubiera podido producir mexicanos menos pedestres, con capacidades analíticas y críticas mejor desarrolladas. Ciertamente, a los detentadores del poder les aterra que la masa de naturales disponga de herramientas para cuestionarlos. ¿No han bastado dos Tlatelolcos para que lo entendamos? Así las cosas, el maestro Tort, ha de replegarse, no sin antes fundar, en 1976, el Instituto Artene, donde se ofrece la posibilidad de recibir las bondades que su método le brinda a la infancia.[2] Un niño que hace de la música un lenguaje alterno sabrá cómo entonar la voz para que el desastre no sea la única tónica de las sociedades. ¿Y en cuanto a su obra compositiva?...[3] Baste con decir que en el momento presente está retocando un magno oratorio sobre Bartolomé de Las Casas que lleva años aguardando su estreno. ¿Por qué sobre el Padre Las Casas?... Porque el fraile dominico no se cansó de predicar que al indígena había que tratarlo como ser humano, y porque Tort quiere ampararse en el ejemplo lascasiano para que su visión de una patria más digna no encalle en dunas de arena.


[1] El decreto tiene fecha del 17 de julio de 1938 y prescribe el canto obligatorio en jardines de niño, primarias, secundarias y normales.
[2] Se recomienda la audición de los siguientes ejemplos del trabajo realizado por los niños educados bajo su sistema. Audio 1: El coyotito. Audio 2: Voces viejas. (Niños músicos  de Artene dirigidos por María Granillo y los hermanos Tort. Voz Viva de México. UNAM, sin año)
[3] Se sugiere la escucha de su Capricho para piano solo del 1961. Audio 3 (Silvia Ortega, piano. Artis de México, sin año)

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