Esponsales principescos

sábado, 13 de julio de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Tan viejo como la prostitución, el oficio de llevar música para celebrar --alegrar, ennoblecer y enajenar también aplican-- rituales, ceremonias y festividades ha colmado los anales de la historia. Gracias a esta actividad primigenia, la literatura musical del orbe configuró, hasta el siglo XIX y parte del XX, una de las colecciones más ricas de sus acervos, aunque actualmente, debemos lamentarlo, la creación de obras compuestas ex profeso ha caído en desuso; así como se ha vuelto norma la banalización y el empobrecimiento musical en templos, salones de fiestas y demás recintos donde las sociedades se reúnen para celebrarse. Para centrarnos en una de las más socorridas manifestaciones de la liturgia, la del sacramento del matrimonio, hemos de traer como ejemplo la boda que tuvo lugar en Florencia, en el año de 1589 entre Fernando II de Medici y Christine von Lothringen. Ahí se cantaron breves episodios mitológicos que recibieron el nombre de Intermezzi, género aún incierto que podríamos clasificar como ópera en miniatura. La primera de que se tenga noticia. Tristemente, las partituras se extraviaron. Continuando por esta tónica, fue la boda entre María de Medici y el Rey Jorge IV de Borbón celebrada en 1600, una vez más en Florencia, donde se representó la primera ópera de la que quedó huella tangible. El responsable del éxito de la ambientación sonora --tan responsable como pudieron haber sido en su conjunto los maestros pasteleros o los oradores-- fue el compositor Jacopo Peri, con su Euridice. Como hemos dicho, antaño este tipo de composiciones tenía una connotación de relativa dignidad, pues a los artífices del sonido les permitía ingresar a las catedrales y los palacios, donde sus recién paridas criaturas eran escuchadas con un aceptable respeto. Hoy, lo sabemos de sobra, en las bodas religiosas se refríe el mismo repertorio, y los oficiantes, tanto los que predican atrás del púlpito como los que se encaraman en los coros, salen del paso sin mayores complicaciones --acaso sólo la de llegar a tiempo-- con la certeza de cobrar emolumentos que, para una generalidad son magros. Aunque, cabe aquí la aclaración, los dineros que desembolsan los casaderos suelen duplicar la cantidad que reciben los músicos implicados, ya que aquel que hace las contrataciones y cobra por el grupo se apodera del extra. No es casual que en el medio a este sujeto se le denomine “caimán”. Y tampoco lo es que en la jerga de los músicos, a las misas y otros trabajos de esa naturaleza se les apode “huesos”. Son los despojos que a ellos les tocan después de que el “caimán” se devoró la parte nutritiva del festín. Obviamente, la derivación gremial califica: a los músicos que dejaron de estudiar y que viven de este quehacer marginal se les mienta “hueseros”. Como es natural, existen también quienes se comportan como tales a la hora de tocar en las orquestas y de participar en conciertos de música de cámara, es decir, llegan sin saberse sus partes y lo que tocan lo hacen al aventón. Y en este tenor viene a cuento la homologación del lenguaje en pos del simbolismo de estos trabajos que un “concertista” considera denigrantes. En Venezuela a los “huesos” les llaman “tigres”, quizá por el zarpazo incluido; en Costa Rica se les denomina “chivos”, en probable alusión a la peste sonora que emanan; en la Unión Americana, “gigs”, que término de la milicia empleado para degradar a un soldado; pero el más acertado es el usado en Italia: “marchette”, que viene de las fichas que cobra una meretriz en los prostíbulos, por ende, los “marchettari” son pirujos de la música. Con lo anterior podemos dar paso a la narración de una experiencia que en muchos sentidos es inusual, inclusive podría tildarse de extraordinaria, en cuanto a que trastoca los modos tradicionales con que se manipulan los “huesos” en nuestro país. Es inevitable cambiar la conjugación verbal, ya que el relato corre a cuenta del titular de esta columna, quien fue protagonista en primera persona. Por una desagradable circunstancia me encontraba en una fiesta ofrecida por un diputado, donde pululaba el alcohol y la impunidad. Para aumentar mi desagrado había un grupo musical que amenizaba la reunión comandado por el propio director del Conservatorio Nacional, un cierto Ramón Romo. A un cierto punto, poco antes de abandonar el lugar con el asco a cuestas fui interpelado por un individuo de palabra florida. Era un abogado amante de la música que quería saber si habría disposición de mi parte para ayudarlo con la música de su boda. Mi respuesta se atenuó por las garbadas palabras de la petición. Yo no hacía “huesos”, salvo casos raros donde entraban amigos íntimos y familiares cercanos. Lo destacable del caso es que la música ya estaba definida y que, en su decir, no había impedimento para que se ejecutara como Dios manda. El señor abogado quería secciones específicas de la Misa en Si menor de Bach, una de las obras más trascendentes del arte occidental que requiere coro, solistas y una orquesta con alientos y percusiones. Como mínimo se necesitarían 16 elementos corales, al menos 24 orquestales y un par de solistas, dependiendo de las secciones de la obra. Eran éstas una parte del Kyrie, un dueto para violín y soprano y dos coros del Gloria,([1]) otro coro del Credo y un aria para contralto del Agnus Dei. Ya que su prometida iba a hacer entrega del ramo habría de incluirse el Ave María de Bach y Gounod, en una versión para violín y órgano que esperaba que yo interpretara.([2]) Antes de aceptar el compromiso aduje que montar ese programa con razonable decoro necesitaría de músicos diestros, amén de un par de ensayos, y eso tendría un costo elevado. No había problema, reiteró. Entrevisté cantantes y me instruí sobre los montos de los servicios, acorde con la tabulación del momento. Con una idea clara del presupuesto rehíce la comunicación. Advino entonces el cierre del trato. La boda habría de realizarse el 18 de octubre de 1997 en el antiguo colegio de Vizcaínas, con el usufructo de la capilla y del patio central para el banquete. A la hora de delinear los detalles --el abogado insistía en saldar la cuenta por adelantado y, de ser posible, asistir a los ensayos-- se hizo patente la posibilidad de iniciar una relación amistosa. Además de su pasión por Bach, era un hombre conocedor de los filósofos alemanes, diletante de la pintura y agudo analista político. Su tesis en la Facultad de Derecho de la UNAM había versado sobre la responsabilidad del funcionario público. Aunque lo que más me intrigaba eran sus vislumbres sobre la obra bachiana. Repetía con ardor que para él, Luis Maldonado, escuchar cotidianamente a Bach lo centraba, proyectándolo hacia ámbitos ultraterrenos donde convergían las leyes que habían creado al universo. Su novia Anette lo asegundaba con ternura. Imposible soslayar que ambos estaban de acuerdo en la preeminencia que la música debía tener en la ceremonia. El sacerdote habría de acomodar sus sermones a la andadura melódica y no a la inversa, y se mencionó la idea de imprimir programas con los nombres de los músicos en letras doradas. Para confirmar su aprecio para los instrumentistas convinieron en que tendríamos mesas reservadas en el ágape. Llegado el ansiado día, las ejecuciones de la música superaron las expectativas. En la espléndida acústica de las Vizcaínas, Bach resonó con una insólita convicción colectiva. Los músicos habíamos preparado la misa con la extraña certeza de sabernos valorados y, para confirmarlo, el público se puso en pie, al final de la ceremonia, para elevar una ovación que honró nuestro compromiso con el legado bachiano. Huelga decir que todos descendimos del coro con una liviandad corporal desacostumbrada y que los manjares que nos esperaban eran tan selectos como los arreglos florales y la música suave que había sido encomendada a otros colegas aún más expertos en “huesear”. Al tiempo de los abrazos Luis me estrechó como si yo hubiera sido el contrayente y me presentó con sus padres --era hijo único-- con elogios de franca admiración. Pasaron los años y nuestros horizontes se angostaron. Lo último que supe de Luis es que estaba descontando una condena de 40 años por el asesinato de sus progenitores. Se le imputa haberle dado un balazo en la nuca a su padre, 19 cuchilladas en el bajo vientre a su madre y haberlos rociado con alcohol para después prenderles fuego. Ante las irregularidades de la aprehensión y el proceso, las apelaciones no han servido de nada. En su celda Luis pinta y, seguramente, se proyecta hacia otros ámbitos con la música de Bach.


([1]) Se recomienda la audición del Gloria in excelsis Deo y del Cum Sancto Spíritu. Encuéntrelos en: proceso.com.mx
([2]) Se aconseja su escucha en una versión para violín y piano. Disponible también en la www.

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