El rompimiento de Cárdenas con las petroleras extranjeras

martes, 20 de agosto de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- En 1955, el periódico El Nacional (desaparecido en 1998) premió la novela El alba en las simas, de José Mancisidor (1894-1956), enfocada a describir el conflicto entre el gobierno mexicano y las petroleras inglesas, holandesas y estadunidenses en 1938. El jurado, compuesto por Julio Jiménez Rueda, Francisco González Guerrero, Francisco Monterde, Alí Chumacero y Andrés Henestrosa, decidió distinguirla por ser una “novela orientadora, hondamente mexicana”. En el noveno capítulo --que reproducimos enseguida--, el historiador y escritor de filiación comunista recreó el encuentro entre los representantes de esas compañías y el presidente Lázaro Cárdenas (en cuyo régimen Mancisidor fungió como jefe de Enseñanza Secundaria) que dio lugar a la expropiación petrolera. La lectura del texto –prácticamente inconseguible y desconocido-- resulta de interés mayúsculo ante la iniciativa de ley de Enrique Peña Nieto sobre la reforma a la Constitución en materia energética, que abre las puertas a la participación privada en el petróleo. * * * Sentados en semicírculo frente a su escritorio, el presidente los observaba sin pestañear. Conocía, por diversas circunstancias, algunos de esos rostros que, en ese momento, le parecían tan desprovistos de carácter y personalidad. El de Mr. Greene, de la Tampico Petroleum Company, desde sus días de mando militar en la zona petrolera; el de Mr. Patterson, de la Sinclair, cuando recién llegado a México éste pasó a su despacho a saludarlo; el de Mr. Miller, de la Standard Oil, al que identificaba por su peculiar complejo de grandeza, tan propio de su reducida estatura; el de Mr. Ray, de la Huasteca, porque en cierta ocasión habían dialogado aunque brevemente... De otros conservaba una idea imprecisa, y de los demás estaba convencido de verlos por primera vez: rostros que nada le decían, inexpresivos y vagos, y que parecían diluirse sobre los muros de su despacho, inocuamente. No eran muchas sus esperanzas. Sabía que de aquellos hombres poco o nada debía esperar. De todos modos se sentía obligado a hacer un nuevo esfuerzo a fin de buscarle arreglo a ese conflicto que, provocado por las empresas petroleras, se enredaba cada minuto más. Jugar su postrera carta porque después de esto no habría conciliación. Y, puesto ya en el camino de la lucha abierta, no quedaría otra disyuntiva que ir hasta el final. El presidente reflexionó. No era amante de la guerra; era más bien un hombre de paz. Aceptaba la guerra cuando se le imponía, pero no estaba dispuesto jamás a desatarla. Porque la guerra acarrearía imprevisibles dificultades al país trataba de evitarla, aunque para ello tuviera que ceder, él también, un poco. Mas no debía confundirse el sentido de las palabras. “Ceder un poco”, en su ánimo, no significaba renunciar a su autoridad ni traicionar la confianza depositada en su gobierno por el pueblo mexicano. Todo menos eso. Y si las negras nubes que se cernían sobre su cabeza, y los peligros ocultos o evidentes que lo amenazaban al romper definitivamente con aquellos hombres eran muchos, no serían tan agobiantes para él como la vergüenza de saberse despreciado por su pueblo. El presidente se hallaba resuelto a entablar negociaciones, pero no a capitular... En su actitud había más fuerza que debilidad. Pondría en juego todos los recursos que a mano tuviera para evitar hasta donde el decoro de la nación lo permitiera, mas no daría la espalda a su destino, cualesquiera que fueran los riesgos que tuviera que correr, si se trataba de poner a salvo la integridad de la patria. El problema, sin ir más allá, era obvio: ¿estaban las compañías petroleras en condiciones de elevar los salarios de sus trabajadores como éstos lo exigían? No había por qué darle vueltas. El presidente sabía que sí: que año con año los dividendos de los accionistas extranjeros, del monopolio petrolero, crecían incalculablemente. Que desde principios de siglo millones de libras esterlinas y millones de dólares salían de México para Londres, Amsterdam y Nueva York. Y sabía que la pugna existente no nacía de la incapacidad económica de las compañías petroleras para satisfacer las demandas de los trabajadores, sino de su preconcebida determinación de no permitir la menor alteración en las bases de su política imperialista que, con sus más espantosos absurdos, imponían dondequiera. Por tanto, el presidente no se engañaba; el presidente no ignoraba que la razón se hallaba de su parte; de parte de su pueblo y de parte de los obreros que reclamaban su derecho a una existencia menos sórdida, menos miserable que la que acostumbradamente, desde siglos, llevaban. Pero no ignoraba tampoco --y esto era lo que más lo inquietaba-- por qué México había sido reducido a la mitad de su extensión, cuando las fuerzas contra las cuales hoy luchaba daban cima a sus desvelos de expansión territorial a costa de los países débiles. ¡Enorme, sí, enorme responsabilidad la suya en esa hora crítica y definitiva! El presidente se sintió sobrecogido durante un momento por esta implacable responsabilidad que gravitaba sobre sus hombros. Nada le decían de estimulante estos rostros inanimados encima de los cuales caía, sin lograr darles vida, la oblicua luz del sol que entraba en su despacho. Medraba en el corazón de cada uno de ellos una perversa intención que a él no se le escapaba. Era aquella una formalidad en la que sólo su anhelo de servir a su pueblo contaba. Contra ese anhelo suyo se revolvían, furiosas, las poderosas fuerzas que estos hombres encarnaban. Lo leía en el mutismo que hacía de sus rostros máscaras inertes; en sus miradas huidizas; en sus rictus contraídos... La conducta a seguir la indicaban la Constitución y las leyes del país de ella derivadas. Y si la Suprema Corte de Justicia confirmaba el fallo de las autoridades del Trabajo, no quedaba otro camino que el del cumplimiento absoluto, contra todas las tempestades, del fallo arbitral. Se hallaban aún a tiempo de aceptar un avenimiento que él, el presidente, sugería como símbolo de paz... Habló sin prisas, con voz casi monótona y reposada, para reprimir la emoción que, a su despecho, lo embargaba. A su espalda, un ayudante permanecía de pie, en postura militar. A un lado de su escritorio, un taquígrafo tomaba notas estenográficas. De la amplia plaza un sordo rumor subía perezoso. ¿Por que hacer difícil y complicado lo que podía resolverse fácil y sencillamente? El problema no ofrecería resistencia si se planteaba con deseos de hallar una solución: pero si, por lo contrario, se llevaban escondidos designios, no harían sino obstaculizarlo. Obstaculizarlo, sin embargo, era encender el fuego de una reyerta que, ya encendida, no resultaría fácil apagar. Fue Mr. Greene quien replicó. ¿Obstaculizar? ¿Por qué?... ¿Por qué aventuraba el presidente tal hipótesis? No eran ellos los que habían provocado ese conflicto en el que mucho tenían qué perder y nada qué ganar. Ya ahora, con los obreros en huelga, sus intereses se resentían. Podía el presidente apelar a los números para que midiera, en toda su magnitud, los perjuicios que las compañías petroleras sufrían. Mr. Greene añadió que la economía del país se resentía también por esta situación. El presidente no necesitaba que se lo hicieran notar. Mr. Greene remató su discurso con una queja. --Las compañías que nosotros representamos no solicitan sino garantías. La queja pareció, por la forma como fue lanzada, una censura. El presidente creyó oportuno no dejarla en el aire. --¿Garantías?... ¿Es capaz el señor Greene de citar un solo caso en el que ellos y sus representados hayan carecido de garantías? Volvió el presidente a su pausada entonación de antes. Y aguardó a que su pregunta fuera contestada. Mr. Greene lo pasó por alto y, sin aludir a ella, como si sus palabras no obedecieran a otro objetivo que al de confirmar, indirectamente, su reproche, persistió: --El laudo con el que se nos condena es arbitrario... Se agitaron, nerviosas, las manos del presidente, como siempre que se esforzaba por dominarse. Y movió los labios, aunque sin replicar. --... es arbitrario --repitió Mr. Greene, como lo hacía con frecuencia. Calló en seguida, no teniendo otra cosa qué decir. Intervino entonces Mr. Campbell. El presidente giró sobre su asiento, para encararse con el representante de El Águila y de Su Majestad Británica, a quien hasta hoy veía. --Mr. Greene ha revelado una verdad --subrayó--. El laudo es arbitrario. Quizá tendenciosamente arbitrario. Aprobaron los demás, sin que el presidente los interrumpiera. --Arbitrario, señor presidente, toda vez que reconoce la razón de una de las partes ignorando la de la otra. ¿Cómo puede justificarse, con rectitud, fallo tan parcial? No dio muestras el presidente de tener prisa por hablar. Todo lo contrario, permanecía silencioso, tal vez porque su fuerza radicaba en el silencio, en lo que los otros arguyeran y no en lo que él pudiera decir. Mr. Campbell había elevado la voz como si temiera no ser escuchado. Poco a poco, la mirada fija del presidente, que se le metía muy adentro, lo obligó a bajarla. Pero continuó: --Reafirmo mi dicho: un fallo parcial... Mr. Miller, sacando fuerzas de su endeble cuerpo, atronó con su desproporcionada voz: --¡Exacto: absolutamente parcial! Mr. Campbell lo fulminó con un gesto de desprecio. Le era imposible soportar a ese macaco que se atrevía a interrumpirlo y a arrebatarle la palabra. Achicando a Mr. Miller, prosiguió: --Nuestras razones no fueron escuchadas. Apenas se nos tomó en cuenta. Se resolvió aceptando como buena la interesada afirmación de la parte contraria, que falsamente aseveró nuestra capacidad económica para acceder a sus exigencias. El ambiente se caldeaba. Sólo el presidente continuaba sin dar muestras de excitación. --¿De qué valió nuestro informe? Se pasó sobre él atropellando nuestros derechos como nunca jamás se hizo. Mr. Greene lo apoyó. La mirada del presidente se deslizó de un extremo del semicírculo al otro. --Nosotros demostraremos, con cifras, que no está a nuestro alcance la posibilidad de inclinarnos ante las pretensiones obreras. No sé si el señor presidente conoce nuestro informe. El presidente no recogió la alusión. --¿Por qué no se atendió? ¡Si se hubiera atendido!... No se puede decir lo mismo de la parte contraria, cuyo informe, plagado de falsedades, sirvió de base para la resolución arbitral. Se dirigió el presidente a su ayudante, le habló en voz baja y éste desapareció momentáneamente para retornar con un legajo de papeles en las manos. Mr. Greene tuvo un terrible pensamiento. Esperó el presidente a que el eco de las palabras de Mr. Greene se apagara para refutar su imputación. --Conozco --dijo calmadamente-- los dos informes: el patronal y el obrero. Pero conozco, asimismo, el informe de la comisión técnica nombrada por las autoridades correspondientes, que fue el que normó el criterio del Tribunal de Arbitraje para fallar como lo hizo. Los representantes de las compañías petroleras no esperaban esa salida. --¿Una comisión especial? Se miraron los unos a los otros. --Sí: una comisión especial compuesta de técnicos. El presidente enumeró los puntos sustanciales del informe. Las compañías quedaban mal paradas. Allí, en esas páginas, salían a relucir sus fraudes al fisco, sus abusos, su situación económica extraordinariamente bonancible, y todas las irregularidades que, a lo largo de los años, habían cometido. Mr. Greene comprendió el porqué de su terrible presentimiento. “¡Y no crea usted en las corazonadas!”... --¿Quiere el señor Greene darle lectura, punto por punto? “¡Maldito hombre!”... --Mr. Greene sintió crecer, en su corazón, su odio contra el presidente--. ¿Por qué había de ser, él, quien leyera aquello?... Tosió... “Si Alamillo quisiera”... Nuevamente la tos... Tomó al fin el legajo que el presidente le tendía y empezó a leer. El informe era completo. Bien se notaba que quienes lo habían formulado pisaban terreno firme. No existía, en ninguna de sus fojas, nada exagerado: desde el momento de los capitales iniciales hasta el de los capitales acumulados, así como el de los dividendos que cada compañía, presente o no en la reunión, había obtenido. Por último, hecha la cuenta al centavo, el informe demostraba la capacidad económica de la parte demandada para satisfacer, sin sacrificios, las exigencias obreras. “¡Un albazo!... ¡Maldito presidente!... ¿Pero cómo, en tan poco tiempo, pudieron formular tales conclusiones? ¿Y la investigación? Sí, exacta. Terriblemente exacta.” Un tic nervioso le contraía los párpados a Mr. Greene. Mr. Campbell, en cambio, ni siquiera parpadeaba. Permanecía con el busto rígido, como si se hallara ante la presencia de Su Majestad Británica... No parpadeaban, tampoco, ni Mr. Miller ni Mr. Patterson ni Mr. Wheeler ni Mr. Field ni Mr. Ray... Quien lo hacía por todos era Mr. Greene, de la Tampico Petroleum Company, que a duras penas podía creer la exactitud del informe. Mientras leían, no estuvo en condiciones de recapacitar. Pero algo le decía que aquel informe, más que un conjunto de datos técnicos, era una acusación. Una acusación contra sus manejos, contra su conducta, contra lo que ellos, por sí y por los otros, simbolizaban en el país. La lectura de aquellas páginas se le había hecho eterna y, cuando al fin llegó a su término, hubiera preferido no terminar jamás. “¿Qué pensará Mr. Campbell? ¿Qué opinarán en la City y Wall Street? Aquí quisiera ver a Mr. Cole: Do you understand, Mr. Greene? Remember: a matter of principle. Fácil asunto para él”. Mr. Greene se fue recobrando paulatinamente. Y se dio ánimos. Lo importante, a estas alturas, era no desmayar. ¿Qué le interesaba el informe si, con él y sin él, los hechos se desarrollarían como ellos lo habían determinado? Porque el problema no era más que eso: una cuestión de principio. “A matter of principle”. Y a Mr. Cole le sobraba razón. Y con él, a la City y a Wall Street. Dio vueltas en sus manos a los papeles y se los devolvió al presidente, quien los tomó para entregarlos, a su vez, a su ayudante. Sus palabras, entonces, cortaron tajantes el silencio. --No hay, como ya se ha escuchado, desconocimiento del informe presentado por ustedes, del mismo modo que no lo hay respecto del informe de los trabajadores. Justamente a fin de evitar sospechas, de una y otra parte, se designó la comisión, que abocándose a los hechos estudió el estado financiero de las empresas demandadas y las verdaderas condiciones en que actualmente se hallan. Estimó oportuno interrogar: --¿Hay alguna objeción qué hacer al informe de los comisionados? Esto sería lo único sobre lo cual se podría alegar. No perdió el presidente su continencia. Sólo se endurecieron más los perfiles de su rostro. De la plaza, como un trueno que anunciara la tempestad, subieron los rumores de la multitud que rondaba ante el Palacio. No se rindió Mr. Campbell. --Es imposible entrar en una discusión sobre ciertos tecnicismos que no creo al alcance de usted... Recibió el impacto, el presidente, impávido, en tanto Mr. Campbell renovaba sus bríos... A Mr. Greene, como a los boxeadores en buenas condiciones físicas, le llegó un segundo aire. El presidente creyó que la expresión de Mr. Campbell obedecía a un pasajero y accidental acaloramiento. Y se desentendió de ella, en beneficio de sus saludables propósitos. Pero en seguida descubrió que sus móviles eran otros, ajenos a la conciliación, y procuró evitar el resbaladizo terreno al que, malévolamente, trataban de empujarlo. Darles gusto, a aquellos hombres, significaba tanto como una derrota. No, no se dejaría amedrentar. E hizo acopio de paciencia, aunque no consiguió que Mr. Campbell modificara su actitud. --Quizás --insinuó-- no he podido explicarme bien. El presidente estaba tranquilo. Los representantes de las compañías petroleras, a quienes no pasó inadvertida la intención de Mr. Campbell, se vieron defraudados... El presidente era de roca... Lo reconoció, para sus adentros, Mr. Campbell... Lo reconocieron, para sus adentros, los demás. --No es mi propósito que nosotros nos obstinemos ahora en una discusión que ha sido resuelta ya por las autoridades competentes... De un golpe, el presidente situaba a sus impugnadores en su justo sitio. “Un strike”, pensó Mr. Greene. Y cabeceó, como si se hallara en un cuadrilátero, calzados los guantes de box. --Si los he convocado no es más que con el explicable deseo de mediar, entre una y otra parte, con ánimo conciliatorio. Su voz era firme, cortante. Los representantes de las compañías petroleras se hallaron, de pronto, desarmados. Habían ido allí dispuestos a porfiar, porque esto les proporcionaría una ventaja que el fallo arbitral les había arrebatado ya. Pero buscarle un arreglo amistoso a la situación... ¿De dónde?... ¡Vaya ocurrencia del presidente!... Un arreglo amistoso... ¿para qué? Mr. Greene observó que el presidente los veía, uno a uno, sin pestañear. Y de súbito se dio cuenta de que todo había cambiado. El clima de violencia, que poco antes se formara, se tornó tenso. Después, como una cuerda al romperse, se había aflojado. Lo que provocaba la nerviosidad, ahora, era ese cerrado, absoluto silencio, que daba la sensación de vacío y eternidad. Un oscuro silencio que parecía sumirlos en un abismo. Mr. Greene evocó sus lecturas clásicas y el viaje de Dante, de la mano de Virgilio, por los círculos del Infierno. “¿Quiénes sois vosotros que, contra el curso del tenebroso río, habéis huido de la prisión eterna? ¿Quién os ha guiado o quién os ha servido de antorcha para salir de la profunda noche que hace continuamente negro el valle infernal? ¿Así se han quebrantado las leyes del abismo? ¿O se ha dado quizás en el Cielo un nuevo decreto que os permite, a pesar de estar condenados, venir a mis grutas?”... Reaccionó impetuoso: para ellos, para la City y Wall Street, no se acababa nunca la esperanza... “Porque si esto sucediera algún día, sería el del Juicio Final”. Respiró con fuerza y sintió un gran alivio físico... un alivio físico que recorrió su cuerpo, como el agua de una ducha tibia en un organismo cansado. “¡Alamillo!”... Pensó, empalmándolos en su pensamiento, en el general Alamillo y en el presidente: personajes de un mismo acto de gran guiñol... Se iniciaban en ese mismo instante, ese nuevo acto de un intenso drama que se prolongaba demasiado y que derivaba, a grandes pasos, hacia la tragedia... ¿Quién caería de los dos?... ¿Alamillo?... ¿El presidente?... El juego se volvió apasionante. ¡Apostaría por Alamillo! Y una interna alegría se apoderó de él. Fue de nuevo Mr. Campbell quien llevó el diálogo interrumpido a donde él lo quería llevar. Y, otra vez, Mr. Greene admiró la habilidad dialéctica del inglés. --Para mediar, amistosamente, no son suficientes los buenos deseos de una de las partes en pugna. Es indispensable que la otra esté dispuesta a negociar. Todo en Mr. Campbell se hizo injuriante: la intención y la actitud, el gesto y las palabras. La escena anunciaba una catástrofe. Mr. Greene se agarró de lo dicho por Mr. Campbell, como el náufrago de una tabla salvadora. --¡Ésta es la cuestión! --Nada valen nuestros oficios contra el empecinamiento de los obreros --terció Mr. Patterson para inclinar la balanza en su favor--. ¿Cómo ha de hablarse amistosamente así?... ¡Es imposible, señor presidente!... Hubo, de parte de los representantes de las compañías petroleras, un murmullo acogedor. Mr. Patterson había acertado, con sus palabras, en lo que todos pensaban. --¡Imposible, señor presidente, imposible!... La negativa fue dicha a coro y definitivamente. --¡Imposible!... ¿Imposible? Mal conocían aquellos hombres al presidente cuando le hablaban de imposibles. ¿Existía algo en la vida verdaderamente imposible? Eso era hablar un lenguaje en el cual él no creía. Porque nunca faltaba un remedio para los males de un organismo susceptible de reaccionar, ni un modo de aplicarlo. Meditó, con todo, lo que iba a decir. ¿La parte contraria?, ¿los obreros? De sus buenos deseos para encontrar una salida airosa, no dudaba él. Provocador, Mr. Campbell lo atajó: --No, señor presidente, quienes dudamos de los buenos deseos en que usted cree somos nosotros... El dique pareció romperse. Pero el presidente lo contuvo a fin de evitar que las aguas se desbordaran. Y salió al paso de su oponente. --Es una desconfianza sin consistencia; una duda, pero no una razón. Mr. Campbell se vio acorralado. Y fue derecho a sus objetivos. --Supongamos, señor presidente, pero sólo supongamos, que sea como usted lo piensa... Que accedemos a parlamentar con los obreros como lo hicimos con anterioridad. Que llegamos a una conclusión que satisfaga, aunque no sea sino relativamente, a ellos y a nosotros... Se interrumpió y recalcó, premeditadamente, sus últimas palabras: --Pero ¿quién los obligará, a ellos, a cumplir esta conclusión? Mr. Campbell salía victorioso. El asunto estaba planteado con habilidad. El presidente lo entendió así. Si callaba, la acusación quedaba en pie. Si respondía, la ventaja estaría de parte de Mr. Campbell. No obstante, se decidió, no titubeando en afirmar: --¡Yo! Lo dijo con voz sonora. Pero era precisamente esto, como lo adivinara, lo que Mr. Campbell esperaba. Mr. Greene saltó de gusto y dirigió al inglés una mirada de aprobación. Mr. Campbell, con menosprecio insultante, interrogó al presidente. --¿Usted? Una sonrisa diabólica asomó a sus labios... Y no dijo más ni el presidente lo permitió. Este se puso en pie, recorrió aquellos rostros como para nunca olvidarlos y exclamó con severa energía: --¡Hemos terminado, señores! Un frío silencio siguió a sus palabras... Su ayudante se encaminó a la puerta, la abrió de par en par y esperó con impaciencia a que salieran aquellos hombres... Cuando la cerró, al fin el presidente hojeaba, inclinada la cabeza sobre ellos, unos papeles... Mas era evidente que ese día no tendría paz. Porque zumbó el timbre del teléfono y su cara se ensombreció otra vez. Escuchó, sin embargo, hasta el final, y sus manos temblaron imperceptiblemente. Luego dijo: --La ley está por encima de todo. Conozco los riesgos que usted me anuncia, pero, ni por nada ni por nadie, se burlará la ley. La voz de quien hablaba al otro lado del hilo telefónico trascendió más allá del auricular y se le oyó, nítida, decir: --He querido exponerle con toda franqueza, señor presidente, el peligro de un rompimiento con los Estados Unidos e Inglaterra si las cosas van adelante. ¿No sería mejor que la Suprema Corte desautorizara el fallo arbitral, durante su revisión, a fin de evitar mayores complicaciones a su gobierno y a la nación? No resistió más el presidente. Y con énfasis mayor objetó: --Los intereses nacionales me obligan, imperiosamente, a cumplir con mi deber... Las complicaciones de mi gobierno estoy dispuesto a afrontarlas. Y colgó el audífono con brusco movimiento, produciendo, a su alrededor, un estrépito inesperado. Cerró los ojos y desfilaron por su imaginación las palabras alteradas de los representantes de las compañías petroleras que no lo injuriaban a él con su desprecio, sino a su pueblo. Y tratándose de su pueblo, el presidente se colocaba por sobre toda incidental conveniencia y por encima de cualquier dificultad que él, de uno u otro modo, está dispuesto a afrontar... Abrió los ojos y quedó atento a los rumores de la calle, que tomaban nuevamente vida.

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