¿Por qué y para qué se discute?

martes, 27 de agosto de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Mi queridísima y fraterna hermana en y por el alma: gran indignación me ha causado la lectura de tu carta a este buzón reclamando a los vanidosos y arbitrarios humanos el poco o ningún caso que te prestan a ti: la memoria. Pero me va a mí, pues aunque me tengan en cuenta, las más de las veces lo hacen para manipularme, para satisfacer sus miserables necesidades o sus desmesurados deseos. Ése no es hecho que suceda únicamente en la desquiciada, por disparatada, globalidad en la que se mueven y mueven a otros astutos y maliciosos humanos en estos sus días; de antiguo le viene tan desconsiderada actividad, desde la Grecia clásica, cuando como tú bien sabido tienes, Pericles establece la democracia en Atenas y, en consecuencia, el discutirse en la plaza pública, en el ágora, todo asunto público, incluidos los juicios, por lo que los ciudadanos tuvieron la necesidad de adiestrarse en la discusión, en saber hacer un buen uso de la palabra, de argumentar para convencer y jueces y público de la verdad de sus propuestas, de la justicia que asistía a sus causas y, para ello, les era preciso y necesario el saber manejar las palabras, dominar el arte de la oratoria. Y fue ahí, en este ambiente, donde aparecieron los sofistas, que en un principio fueron considerados maestros de sabiduría, pero que en realidad fueron, más que filósofos, maestros que vendían el modo de tener éxito por medio de la seducción, de convencer, de captar y hasta de capturar o dormir con su retórica la voluntad del auditorio por medio de argumentos bien estructurados, al modo como el encantador de serpientes domina con su flauta a las mismas, y así hacer triunfar una causa cualquiera, sin tener en cuenta la justicia o la verdad que pudiera haber en ellas. Esta práctica de los sofistas, generó y sigue generando, actos y situaciones de escepticismo, de no creer en nada, al suponer y admitir, tanto los sofistas mismos como sus clientes, la incapacidad humana para descubrir la esencia de la verdad, la justicia o de lo que sea… y todo porque, más que en otra cosa, me han manipulado y me manipulan para satisfacer sus necesidades y alcanzar sus ambiciones personales o del grupo a que pertenecen… actitud que se encuentra en pensadores tan diferentes como Descartes, Berkeley, Hume, Monsaigne… o en los partidarios de la moderna teoría de la deconstrucción, ideas todas ellas, aunque sus autores no tuvieran esa intención, que han ido poniendo y siguen poniendo al humano ante la descoladota situación de la duda, la relatividad y la caducidad de las cosas… y de ellos mismos… de la especie humana. Este desesperada situación ha llevado y lleva al humano a desatenderse de la solidaridad, del bien colectivo… que es el que en gran medida ha contribuido a su llamado progreso… le guste o no… y a centrarse en la persecución de sus muy personales intereses y a poner su afán en la lucha por los mismos en la competitiva sociedad global en la que se mueve, por lo que ha reducido lo profundo y largo de sus miradas a limitarlas a un disminuido horizonte acotado por las necesidades y deseos del centro; de su yo. Un yo tan vanidoso y arrogante que sólo toma en cuenta al otro para manipularlo en beneficio de ese yo; y tan poderoso es que incluso se atreve a usar a servidor para conseguir sus fines. Queridísima hermana: en tu carta a este buzón señalabas que el poco o nulo uso que los humanos hacían de ti, la memoria, por ignorancia, mala información o lo que fuera, pone a los más de ellos en la riesgosa situación de ser gobernados por los menos, las llamadas élites, esas minorías que por nacimiento, saber, riqueza o funciones de mando o control, siempre han gobernado a las mayorías, régimen de gobierno que si bien no niega la democracia (gobierno del pueblo), siempre la limita y pone en peligro a los gobernados, a los más, de que los lleven al fascismo, modo de gobernar (unas veces de manera abierta y otras encubiertas con sutileza), que persigue la sustitución de la democracia por la dictadura de un partido, la exaltación nacionalista y una estructura vertical del poder. ¡Ay!, mucho temo que la cínica manipulación de servidor por parte de ese poder vertical (auxiliado por toda clase de individuos, tanto oficiales como no, que se alimentan en sus comederos) refuerce y confirme tus advertencias, pues no desconocen El arte de tener siempre la razón ¡por medio de 38 estratagemas!, escrito por un tal Arthur Schopenhauer, maquiavélico folleto que enseña a hacer trampas con la palabra, el diálogo, en las discusiones, en la publicidad, en la propaganda, se tenga razón o no se la tenga, se persiga la verdad o la mentira. ¿Qué dices? Sin más por el momento recibe un abrazo fraterno de EL ENTENDIMIENTO

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