Razones (II)

miércoles, 11 de septiembre de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Si se sirven de la memoria, lectores de la presente, comprobarán que esa situación de crisis de los sentires y pensares de los filósofos y sus seguidores respectivos de la Grecia clásica ante la problemática angustiosa del vivir y ver la misma de manera cínica, estoica o epicúrea, era la que prevalecía cuando hizo su irrupción en Occidente el cristianismo, encuentro determinante para la historia de este planeta, tano para bien como para mal. Aquellos entre ustedes que creen que exagero la nota, están equivocados; para convencerse y salir del error no tienen más que mirar a su alrededor y ver quién toma las decisiones que marcan el rumbo en esa globalidad en la que viven. Que miren, sí, a su alrededor y después me digan si no son representantes en turno, la élite del poder del momento de la denominada cultura Occidental y Cristiana, cultura que desde hace unos 500 y pico años, con los europeos, comenzó paulatinamente, poco a poco a adueñarse del mundo. ¿Debido a qué?, o mejor dicho: ¿debido a quién?... ¡A servidora de ustedes!, a los que les mueve a hacer o no hacer y hasta rechazar una causa cualquiera; servidora de ustedes, la que los determina a admitir e impulsar, les sea indiferente cualquier hecho o acción o incluso lo repelen porque les desagrade o repugne; a servidora de ustedes, que hace que los humanos elijan, animen, propulsen, sean insensibles o se opongan y combatan cualquier pensamiento, palabra, obra o cosa… esa es mi fuerza y ese es el dominio que ejerzo sobre ustedes, los humanos…bueno, no siempre es así. Ejemplo: si bien es verdad que en los dos o tres primeros siglos del cristianismo en Occidente servidora fue el gran resorte que animó a los fieles de la nueva religión, también lo es que el cristianismo se fue contaminando por los pensamientos expresiones de la crisis a la que había llegado el filosofar del mundo clásico europeo: del cinismo, de estoicismo y del epicureísmo. Tal contaminación tomó los caminos más insólitos. La élite del poder cristiano, los jerarcas o primeros padres de la Iglesia católica, pasito a paso fueron pervirtiendo, cuando no eliminando, el poder que servidora ejercía sobre los fieles del cristianismo con disposiciones como las siguientes: la persecución del placer en este mundo, evitando el dolor, que predicaba el epicureísmo, lo cambiaron por bienaventuranza en el más allá…transmutación no criticable…si se quiere… y no se toma en cuenta que para merecer esa felicidad después de la muerte no hubieran impuesto a los creyentes la sumisión a los poderosos (recuerden que si el cristianismo se opuso a la crueldad y a la corrupción romana, la Iglesia no abolió la esclavitud… y recomendó la obediencia a los servidores), a no reclamar los derechos de uno por mucho que fueran pisoteados y menos rebelarse y luchar por defenderlos, con lo que hizo bueno el patético lema de “aguanta y renuncia”, guía de los estoicos… con la explicación de que como todo viene de Dios y él sabe mejor que sus criaturas lo que a las mismas más les conviene… ¿Y no fue cínica la Iglesia católica al predicar la sumisión e imponer la resignación por medio de la represión e incluso la muerte cuando lo consideró necesario, ya que con esas disposiciones pervirtió no pocos de los llamados valores de la doctrina de Cristo? Un ejemplo de lo dicho: en la cruzada contra los cátaros, se ordenó acuchillar a todos los herejes que hubiera en una ciudad y al preguntársele al obispo que la dirigía cómo se distinguiría a los herejes de los fieles a Cristo, el obispo, director de la santa cruzada recomendó que se matara a todos los habitantes, pues Dios reconocería a los suyos. ¿Qué pensar en relación a hechos como esos? Esas decisiones de la élite del poder del momento (La Edad Media), es decir, de los jerarcas de la Iglesia católica, contribuyeron no poco a que la misma sometiera, hiciera sirvientes de la Biblia y del dogma a toda otra actividad humana que no fuera la de la Fe… la primera de las virtudes teologales, la que permite creer, aun sin comprenderlas (¡¡) las verdades que enseña la Iglesia. Con esa manera de llevar al extremo su autoridad, la Iglesia creó para sus fieles, y ella misma se metió, un laberinto de contradicciones en el que la búsqueda del fin, de la verdad, no pocas veces se olvidó y olvida en favor de otros propósitos… NOTA: perdón, la extensión de esta carta, incluso resumida, no permitió que termináramos con ella en dos entregas. El fin de la misma la daremos en el próximo buzón. Por su atención, gracias amables lectores del mismo.

Comentarios