Eje Central

sábado, 18 de enero de 2014

A Lorenzo Mijares, el amigo salvador, donde quiera que se encuentre.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Pocas cosas hay de previsión tan incierta como ser arrollado por un trolebús y quedar con vida para poder contarlo, sin embargo, el caso del músico Cristóbal M. ofrece particularidades que vale la pena relatar. Por un lado, sobrevuela el valioso testimonio de cómo la fuerza del espíritu, a contracorriente del instinto de preservación, logra subvertir los daños y, por otro, se afianza la certeza sobre el inmenso poder de la mente para discernir cuáles recuerdos son los que deben desecharse en situaciones críticas. Un par de ejemplos puede ampliar la exposición: Maurice Ravel fue embestido por un vehículo y el subsecuente traumatismo craneano le deparó un desajuste neurológico con el que la escritura y el lenguaje quedaron impedidos, mas la zona del cerebro donde escuchaba y creaba melodías permaneció intacta. Quizá, los extraños mecanismos del inconsciente dictaminaron que, ante la inminente tragedia, era mejor preservar la capacidad de imaginar sonidos que poder hablar de ellos y lograr transcribirlos al papel. Frente a la certitud de una agresión armada, Silvestre Revueltas no pensó en las consecuencias de su reacción, y prefirió proteger su violín, su instrumento de trabajo y, en última instancia, la prolongación de su alma, dejando al descubierto el rostro para que recibiera la cuchillada que lo desfiguraría de por vida. Enunciado lo anterior es momento de trasladarnos al Centro de la Ciudad de México. Corría el mes de enero de 1984. La precisión del día y la hora es conflictiva debido a la amnesia aguda que vendría a desatarse. Para Cristóbal M. el último recuerdo antes de la inmensa vacuidad fue el de haber detenido la vista en la efigie de la Torre Latino y en el flujo vehicular de sur a norte detenido por la luz roja del semáforo de la calle Madero. Previo a eso, los hechos pueden condensarse con facilidad: el músico debía presentarse en las oficinas del Palacio de Bellas Artes y le había pedido a un amigo que lo acompañara para que, de no encontrar lugar, pudiera aguardar en el coche mientras realizaba la diligencia institucional. Empero, no fue necesario, pues al último minuto habían decidido buscar un estacionamiento para que ambos pudieran descender y demorarse el tiempo que quisieran dentro de la mole marmórea en perenne hundimiento. Es sintomático del condicionamiento del músico cómo, una vez envuelto en las brumas de la desmemoria posterior, la ubicación del estacionamiento se revelara por la presencia de los mariachis que se apuestan sobre el eje Lázaro Cárdenas, antes de la calle de Donceles, donde viró a la derecha. Recordaría cómo, en el ansia por enganchar clientes, se le lanzaron hacia el automóvil con la desesperación propia de prostitutas deformes. En lugar de mostrar sus cuerpos marchitos pulsaban sus instrumentos para que algunos esbozos sonoros se colaran, entre el ruido urbano, a través de las ventanillas. También resulta sintomático que para Cristóbal M. la existencia hubiera de partírsele en dos precisamente sobre la avenida que hiende a la ciudad por el medio. Habrían asimismo otras consideraciones de índole irracional, pero no es necesario detenerse mucho en ellas. Quedémonos, nada más, con que el músico había conocido días atrás a la mujer que le torcería el destino y que el trámite que tenía que realizar era para extender una beca que le permitiera proseguir sus estudios en el extranjero, donde ya llevaba dos años de radicar. Había regresado a México para las vacaciones natalicias y el encontronazo con la damisela determinó que, en algún meandro de la psiquis, se optara por menguar la atención, dejándose arrastrar por lo que fuera. Todo con tal de consolidar el romance entrevisto. Si la dejaba en el albor del enamoramiento, su salida del país habría significado una fatídica ruptura del curso amatorio. Tenemos entonces que Cristóbal M. entregó la documentación requerida y se encaminó en compañía de su amigo a recoger el automóvil para regresar a su domicilio. Se cercioró de poder cruzar la avenida y con toda la inconsecuencia de su indefensión onírica puso un pie fuera de la banqueta. En ese preciso instante, su costado izquierdo, sin que él siquiera lo notara o lo oyera, fue brutalmente golpeado por el trolebús en contraflujo. Acorde con el testimonio del amigo, el cuerpo inerme salió disparado una distancia equiparable a ocho metros, a través de los cuales, la masa corpórea consiguió frenarse contra el asfalto. Por nomenclatura del azar, el bulto humano se detuvo en una posición paralela a la banqueta, favoreciendo que el trolebús, como suele ser la norma, no le pasara por encima. No está por demás referir que para el gremio de los transportistas es una consigna rematar a los mal heridos, ya que los costos de una defunción son menores a aquellos de los cuidados hospitalarios. En esas fracciones de tiempo donde surgen de la nada los curiosos que se arremolinan alrededor de los siniestros, el amigo refirió que dio por hecho que de ese golpazo no podía sobrevenir incolumidad alguna. La cabeza de Cristóbal M. estaba inmersa en un lago de sangre y no emitía señales de vida. Los segundos se disolvieron en angustias hasta que, de pronto, surgió el impulso para que el sistema nervioso central ejerciera sus funciones de emergencia. El músico abrió los ojos y fue interpelado para que tratara de levantarse. Como un fugaz émulo de Lázaro se irguió y comenzó una marcha de autómata que lo llevaría, a rastras de su amigo, al estacionamiento y después a una clínica en el sur de la ciudad. Durante el largo trayecto se manifestaron los balbuceos que repetían hasta el cansancio la pregunta. ¿Qué carajos me pasó?... Una vez admitido en la clínica, la constatación de las lesiones se hizo palpable: eran necesarias 25 puntadas para zurcirle las heridas de la cara y un cúmulo de gasas, esparadrapos y vendas para cubrir ambas manos, pues el músico no las había utilizado para amortiguar la caída, dejándolas laxas. Habría bastado que se rompiera la falange de algún dedo para que su carrera sufriera un percance, probablemente irreversible. Lo único es que en varios de los dedos se veían los huesos como producto del roce con el asfalto. Con la primera auscultación se determinó que no había fracturas óseas, pero al momento de llevar al cabo el interrogatorio surgieron las complicaciones. Cristóbal M. no recordaba absolutamente nada. Podía articular palabra, pero ignoraba su nombre de pila, y todo lo que tuviera que ver con su vida y sus circunstancias. Dada la situación los médicos pidieron que se realizara un encefalograma y que se prolongara la hospitalización hasta que se restableciera el vínculo con el presente. Huelga resaltar que el desasosiego se aposentó en pleno, tanto para los familiares del músico como para la mujer que se mordía las uñas imaginando que su enamorado podría quedar ausente para el resto de sus días. Los resultados del encefalograma no mostraron daños aparentes en el cerebro de Cristóbal M., mas la situación no aportaba signos de mejoría. Pasaban los días sin que recobrara los datos dispersos de su memoria. Se dejaba abrazar por sus padres como si fueran extraños y a la propia chica de sus fantasías le preguntaba cada vez que iba a visitarlo cómo se llamaba y a qué debía el honor de su presencia. Cabe destacar que aún después de seis meses del accidente, el músico no lograría extender el brazo izquierdo completamente y que la infiltración sanguínea de sus corneas haría que, en lugar de blancas, siguieran viéndose rojas. El corolario que nos interesa es que en alguna epifanía involuntaria, la mujer encontró la clave para penetrar en el interior de la mente de Cristóbal M. Pensó que la música podría ayudarlo y, para sorpresa de todos, con ello destrabó el apagón de conciencia. Primero le hizo escuchar la obra con que la había cautivado[1] y conforme avanzaron las audiciones, el archivo mnemónico del sujeto se reconfiguró casi en su totalidad, al punto que un día le espetó: ¿Estarías dispuesta a irte al fin del mundo con un hombre que volvió del vacío y que pareció ignorar los sustratos de sus sueños?... Ella diría que sí sin meditar las consecuencias. Y no sucumbe aquí el relato. Tendrían que pasar 30 años para que Cristóbal M., en un destello de lucidez masoquista, encontrara el aplomo para rehacer sus pasos: en estos días de enero volvió al Eje Central para, ahora sí en plenitud de facultades y con la mirada puesta en el Palacio de las menguantes Bellas Artes, dejarse engullir por un trolebús con un destino incierto, tan atroz como los rumbos de la patria y tan violento como la masa informe de pasajeros que aguarda, ansiosa y expectante, los ramalazos definitivos de los choques sociales en ciernes…
 
[1] Se recomienda la audición del concierto para dos violines BWV 1043 de J. S. Bach, obra que, efectivamente cumplió con la función terapéutica descrita. Johann Sebastian Bach: Concierto para dos violines en re menor BWV 1043. Audio 1: Largo, ma non tanto. Audio 2: Allegro (Henryk Szeryng y Maurice Hasson, violinistas. Academy of Saint Martin in the Fields. Neville Marriner, director. PHILIPS, 1976)

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