José Emilio Pacheco: 1958, el año axial

martes, 4 de febrero de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- Esta entrevista fue realizada para el volumen México: Su apuesta por la cultura. El siglo XX: Testimonios desde el presente, publicado  por Proceso en coedición con Editorial Grijalbo y la UNAM (2003). En ella el escritor fallecido el pasado domingo 26 rememora el año de surgimiento de su generación literaria, llamada del medio siglo. * * * Desde la aparición de La sangre de Medusa, hace 45 años, José Emilio Pacheco ha ido construyendo, permanentemente, una de las obras más leídas y reconocidas de la literatura mexicana; en una veintena de libros ha abordado todos los géneros, incluida la traducción, y desde muy joven el comentario y la reseña de libros que, en diversas columnas, fueron dando lugar a la crónica periodística cultural por excelencia en México, “Inventario”, publicada por espacio de 25 años a partir del número fundador de la revista Proceso. Agobiado por múltiples compromisos (sus cursos en la Universidad de Maryland y el Colegio Nacional, entre otros), y alejado de la vida social hasta donde le es posible, Pacheco rechaza las entrevistas, y no por timidez o falsa modestia, como se ha llegado a pensar, sino por fidelidad a su oficio: o se escribe o se habla de lo que se escribe. Por ello a última hora, cercano al cierre de este libro e imposibilitado para entregar un texto (¿“Inventando el Inventario”?), accedió generosamente a que el reportero encendiera la grabadora en el comedor de su casa de Reynosa 63. “La década de los sesentas en la literatura mexicana contemporánea se adelantó”, dijo, y situó 1958 como su año axial por múltiples razones, expuestas en este relato donde aparece también el cronista de una ciudad cuyo desastre testimonió en Las batallas en el desierto.          --¿Cómo era el ambiente del medio siglo en la Ciudad de México? --Me parece que se está confundiendo, bajo la denominación “medio siglo”, no sé si tres generaciones o tres promociones diferentes. Una, que yo llamaría de 1950, es la de Jaime Sabines y Rosario Castellanos, en la revista América; otra es la que hace la revista Medio Siglo, y después la Revista Mexicana de Literatura, alrededor de Carlos Fuentes. Estas dos publicaciones tienen otra etapa. Yo conozco a Carlos Monsiváis en esa segunda etapa de Medio Siglo, y llego a colaborar en ella. Y la Revista Mexicana de Literatura de la segunda etapa es la de los artistas reunidos en torno de la Casa del Lago. Están muy contiguas en el tiempo, pero son promociones diferentes. “En mi caso fue una fortuna que Monsiváis, por alguna razón, fuera un año adelante en la Universidad. Porque creo que cuando se habla de generaciones lo que es muy determinante es tu generación escolar. Por ejemplo, yo nunca conocí —ni he conocido hasta el momento— a Miguel de la Madrid. Y podrían decirme: ‘Pero si los dos estuvieron en la universidad’. Sí, pero él salió en el año en que yo entré. Es decir, si tú vas tres años más adelante no hay ningún contacto. Monsiváis iba un año adelante, y por eso conocía a Carlos Fuentes y a Porfirio Muñoz Ledo y a muchos otros. Fue él quien me relacionó con ellos.”          --¿Conocía a Monsiváis desde la preparatoria? --No, yo lo conocí porque en la Facultad de Derecho se hizo una revista que se llamaba Símbolo, auspiciada, creo, por quien después sería yerno de Díaz Ordaz, Salim Nasta. Debo aclarar que yo no estudiaba en Derecho. Mi breve, simbólico paso por esa Facultad se debió a que yo compraba Medio Siglo, en cuyas páginas leí dos ensayos muy notables, uno sobre novela policial y otro sobre ciencia ficción, de Carlos Monsiváis Aceves. Pregunté quién era. “Es un estudiante de la Facultad de Economía”. Un día lo vi cruzar y me dijeron, “Mira, ahí va el poeta Monsiváis”. A mí Medio Siglo me parecía algo inalcanzable, hasta que un día de 1957 me llamaron por teléfono. Era Carlos Monsiváis, que había leído unos textitos míos en Símbolo y quería pedirme una colaboración para Medio Siglo.          “Ese año hicimos el suplemento de la revista Estaciones. Era un suplemento para escritores jóvenes, porque se produjo una especie de vacío entre las generaciones anteriores y la nuestra. Por eso quedamos aislados Monsiváis y yo. Por ejemplo, este año, el 2002, una enorme cantidad de escritores mexicanos va a cumplir 70 años. Todo mundo nació en el 32. Ahora ya no hay diferencia entre García Ponce y yo, ninguna. Pero en ese momento siete años eran mucho tiempo.”          --Y cuando iba a la universidad, ¿cuál era el panorama de la literatura mexicana? --Hablamos más o menos de 1957, el año anterior a la gran explosión que va a ser 1958, cuando aparece La región más transparente, de Fuentes, y muchas otras novelas. Arreola había hecho ya la colección Los Presentes, pero en el 58 comienza los Cuadernos del Unicornio. En el 57 Octavio Paz había publicado Piedra de Sol.          --Pero antes de Fuentes y Paz, la figura predominante era Reyes, ¿no? --Reyes y Vasconcelos. Y Martín Luis Guzmán, que en el 58 publica un libro que admiro mucho: Muertes históricas. Guzmán fue otro gran escritor. Yo había leído ya, gracias a las clases de un maestro absolutamente excepcional, José Enrique Moreno de Tagle, El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, libros fundamentales, aunque prefiero El águila... --¿En la universidad?          --En la preparatoria. Moreno de Tagle, que fue maestro de muchos escritores mexicanos, con quien todos hemos sido ingratos, porque si uno piensa en los discípulos de Erasmo Castellanos Quinto, Daniel Cosío Villegas o Luis González y González, todos se refieren siempre a sus maestros, en cambio de Moreno de Tagle nadie habla. Ni Carlos Fuentes ni Ibargüengoitia ni Marco Antonio Montes de Oca. Nos dictaba una página diaria. Estimulado por eso fui a la librería del Fondo de Cultura Económica a comprar Confabulario y El llano en llamas. Aquella librería hoy se antoja increíble porque había vacas, donde hoy está Aurrerá y Plaza Universidad, enfrente de la librería estaba un inmenso rancho del general Juan Andreu Almazán, que llegaba hasta donde está hoy El Palacio de Hierro. Era una hacienda inmensa. Todavía queda una parte. Allí se acababa la ciudad porque la cortaba el río Churubusco (del otro lado había carreras de caballos), en cuya orilla jugué de niño, y que habrán tapado bien avanzados los sesenta. “Pero volviendo… me gusta también Los de abajo, y desde luego los dos primeros tomos de la biografía de Vasconcelos. La tormenta es un gran libro, opacado por El Ulises criollo. --¿Leyó entonces la versión expurgada? --No, porque mi padre tenía las primeras ediciones. Él era amigo de Vasconcelos, y Vasconcelos comió varias veces en la casa, aunque jamás me atreví a hablarle. Qué iba a decirle. Pero fue muy importante haberlo oído. Había entonces eso que lamentablemente hoy ha desaparecido, esa comunicación personal. Por aquellos años íbamos a ver a Paz a la Secretaría de Relaciones, íbamos a ver a Fuentes, a tomar un café... Yo me siento muy mal con los escritores jóvenes, pero, ¿a qué horas nos vamos a ver? No hay tiempo. Sin embargo no es tan importante conocer a escritores mayores. Hay una educación que sólo te pueden dar tus coetáneos, en cafés, en caminatas. Eso hacíamos mucho: caminar en las noches por la ciudad...          --Era una ciudad segura… --No te creas que tan segura. Comparada con ésta sí. Pero había asaltos, había de todo. Sin embargo, era una ciudad con menos gente. El problema básico es que somos demasiados. En los tranvías se podía leer muy bien. cosa que es muy difícil hacer en el Metro. El problema que teníamos entonces era el de siempre: el dinero. ¡Lo que teníamos que hacer para comprar libros! Un libro de treinta pesos lo pagábamos en abonos. --¿Conoció a Alfonso Reyes? --Sí, lo conocí por la Revista de la Universidad. Era muy amable. Ya estaba enfermo, pero seguía siendo muy brillante. Era un gran conferencista. Pobre don Alfonso, ¿te imaginas? Tenía que recibir a tanta gente, aunque no tanto en su casa, a otros escritores, como a sus alumnos y colegas en el Colegio de México, que era un centro de reunión importante en torno de Reyes. Por cierto: no hay que olvidar que en esos años el Colegio de México estaba en la Colonia Roma, en las calles de Guanajuato. --En la época en que leía la novela de la revolución seguramente leía a López Velarde y a los Contemporáneos, ¿no? --Leí a López Velarde —creo que fue el primer poeta que leí— porque había una edición de Giménez Siles en una colección que se llamaba Nueva España. Pero la lectura de las obras de los Contemporáneos son ya de fines de los años cincuentas, y yo más bien diría que de los sesentas. Descubrí a los Contemporáneos en la antología Laurel, en el ejemplar que era de mi padre (Laurel apareció en 1941 con el sello de Séneca, la editorial de José Bergamín que estaba en las calles de Varsovia). Allí descubrí la poesía moderna. Para mí fue un libro definitivo. “Pero insisto: lo importante era el estímulo de los amigos, las lecturas mutuas, los libros que nos recomendábamos. Todo lo que leí gracias a Sergio Pitol, que era un poquito mayor que nosotros (él es de 1933). Nos veíamos todos los días. 1958 fue una época de descubrimiento de muchas cosas, no sólo de López Velarde, sino de Borges, de Carpentier, de todos los Contemporáneos. Por cierto que a Novo lo conocí de una manera muy curiosa. Por supuesto, sabía quién era él; pero tenía, como todo mundo, prejuicios. ‘Es un señor que sólo escribe recetas de cocina’, y cosas así. Pero un día Rulfo, que fue el primer encargado de la serie de Voz Viva de México, me pidió que escribiera la presentación del disco de Novo para la serie —se ve que nadie quiso escribir esa presentación— a lo que me negué. Entonces Tito Monterroso me dijo: ‘No seas tonto, Novo es uno de los mejores escritores mexicanos. Léelo.’ Lo leí y me pareció maravilloso. Eso está contado, lo cuenta el propio Novo, en el prólogo a La vida en México en el periodo presidencial de López Mateos.          --¿Se hizo amigo de Novo? --Sí, fui amigo de Novo. Una vez lo fui a ver a su casa con Monsiváis, y nos mostró libros y cosas. Fue muy generoso con nosotros. Pero en realidad ya es difícil ser amigo de un escritor mayor. Uno le da temas de conversación. “También íbamos a casa de Pellicer con José Carlos Becerra y fuimos algunas veces a ver a José Gorostiza. Tengo dedicada la primera edición de Muerte sin fin.         --Y de estos escritores mayores, ¿quién era más sorprendente? --Paz. Paz siempre fue muy brillante. A mí siempre me costó trabajo platicar con él. Era muy inquisitivo. “¿Usted ya leyó esto?” No. “¿Por qué no?” Me gusta, no me gusta. “Pero por qué, diga por qué.” Sin embargo, curiosamente yo que le hablo de usted a mucha gente, con Paz siempre me tuteé, porque él me lo pidió. Por ejemplo, a Jaime García Terrés, con quien trabajé mucho tiempo, nunca le hablé de tú, ni a Gastón García Cantú, ni a Elías Nandino, ni a Pellicer. --¿Cree entonces que para 1958 se puede discernir ya quiénes son las figuras capitales de la literatura mexicana? --Sí, porque Paz publica, en el mismo año de La región más transparente, La estación violenta. Me doy cuenta de que además ese fue un momento muy importante para mí, de una gran convivencia con muchas personas, de mucho intercambio que ahora me hace mucha falta. Y no hemos dicho nada de los españoles, que son fundamentales. Ni de los dramaturgos —de Emilio Carballido, de Sergio Magaña, de Luisa Josefina Hernández, a cuyas clases yo asistía. Esto me hace acordarme de algo extraordinario que sucedió en 1956: la televisión dejó de transmitir durante un año la telecomedia de Manolo Fábregas, y le dieron esa hora del domingo —de nueve a diez— a Salvador Novo, quien puso en televisión todo lo que había puesto en teatro. ¡Imagínate lo que era ver en la sala de tu casa Esperando a Godot! De eso hace 46 años. Es como oír al maestro Carlos Pellicer diciendo: “Yo vi a Salvador Díaz Mirón en 1922 en La Habana”. El tiempo pasa. --Debió haber sido fantástico el ambiente cultural de entonces. --Sí. Los cafés. Había muchos. Yo me reunía con mis amigos en El Chufas, de López; en el Sorrento. Eran los cafés de finales de los cincuenta. Yo creo que 1958 debe haber sido el último gran año del Centro, porque la universidad ya se había salido —claro: la decadencia es paulatina— y poco después la Zona Rosa, como antes lo hizo la tienda Sears de Insurgentes y Sonora, jaló el Centro a otra parte. Para mi generación, por ejemplo, el Sanborns que servía como punto de reunión no era el de Los Azulejos, sino el de Lafragua, al que siempre iba con Monsiváis, y teníamos que pedir molletes, porque era lo único para lo que nos alcanzaba el dinero. Molletes y sidral.          --Pero, ¿en qué espacios fluía la vida cultural? ¿En la universidad, en la Sala Ponce? --En la Sala Ponce, sí. En las oficinas de Difusión Cultural, en el décimo piso de la Torre de la Rectoría, y en las oficinas de México en la Cultura, en el edificio de Novedades de Balderas y Morelos. En el Teatro del Caballito, que demolieron en 1964. Pero para otra gente los lugares deben ser otros. No éramos aficionados a las cantinas, y la droga en esa época era impensable. La mariguana era cosa de soldados.          --Se popularizó por los hippies en los años sesenta. --Bueno, sí, pero los años sesenta comenzaron tarde, hacia 1967. La primera parte de la década era una prolongación de los años cincuenta, todo se estaba preparando.          --El 58 es entonces el año clave. --Para la literatura sí, por la aparición de esos dos libros, por ser el último año del Centro, y por preceder también a la Revolución Cubana, que cambió todo. Otra cosa muy importante fue que se volvió a abrir el país a la importación de libros argentinos, que no recuerdo por qué razón había estado vetada. La industria editorial argentina era muy fuerte, gracias, entre otras cosas, a los españoles que se habían exiliado allá. Por cierto, otro centro importantísimo de reunión era el Ateneo Español, en Morelos. La lucha antifranquista aglutinaba a mucha gente. Recuerdo lo que fue la exhibición en el cine Las Américas de la película de Malraux, L’Espoir. Luego nos movilizamos porque en España metieron a la cárcel a Luis Goytisolo.          “Otro sitio de reunión muy importante: la casa de Juan José Arreola, en la esquina de Río Lerma y Río Elba. ¡Lo que aprendí allí! Mis becas fueron el taller de Arreola, la redacción de México en la Cultura y de la Revista de la Universidad. Eso fue incomparable, equivalente a varios doctorados. “Lo que ahora resulta impresionante de esa época es que en los cafés veías a Nahui Ollin, a Manuel Rodríguez Lozano, al Dr. Atl. Llegué a conversar muchas veces con el Dr. Atl. Había una atmósfera de intercambio, el pasado estaba siempre muy presente. Ahora ya no hay reuniones en las redacciones. Tú mandas tu artículo por fax o por mail, uno no sale ya a caminar a las calles para conversar, y si no vives en el sur te ausentas de muchas cosas. “Por otro lado, no sé si esto de reunirse, discutir y comentar sea algo que está más bien en la esfera de los jóvenes. Uno ya no va a pretender que es un chavo y va a sentarse en un café. Una cosa es que nosotros fuéramos a ver a Novo y otra muy distinta habría sido que Novo hubiese venido a sentarse con nosotros. Lo que sí es distinto es que todo se daba de una manera muy fluida y muy natural porque todos convivíamos, todo en el medio cultural estaba muy cerca.”          --Y sin duda la presencia de los españoles ayudaba. --Ellos cambiaron todo. Estaban en todas las editoriales y en todas las revistas. Se reunían a discutir. Lo más importante que a uno le dan esas reuniones en los cafés --aunque puede perderse mucho tiempo en ellos— es la conciencia de que la gente piensa de manera distinta a uno. Porque por lo general tú te reúnes con la gente que piensa como tú. En los cafés uno aprendía a intercambiar ideas, a discutir, y conocía a gente de muchos campos, no sólo del mismo que uno cultivaba. Todo mundo estaba en relación. Yo conocí a los pintores, a los arquitectos, a los cineastas. “Otro lugar muy importante era la casa de Juan García Ponce. Allí iban Paz, García Terrés, Fuentes, Soriano, los directores de teatro, las actrices... Juan fue quien me llevó a la Revista de la Universidad, que dirigía García Terrés.          --Así que primero colaboró en Medio Siglo con Monsiváis; después van a Estaciones...          --Después entramos a la Revista de la Universidad y a México en la Cultura, aunque Monsiváis colaboró poco en México en la Cultura, Monsiváis más bien colabora en La Cultura en México, ya en los años setenta.          --En México en la Cultura fue secretario de redacción en su último año, 1961, y después, de 62 a 71, en La Cultura en México.¿Ahí conoció a todo mundo? --Ahí conocí a todo mundo, claro. Pero también era muy importante el décimo piso de la Rectoría, porque llegaban los escritores sudamericanos. García Terrés fue a un encuentro que organizó Gonzalo Rojas en la Universidad de Concepción, en Chile. Entonces de allí se trazaron muchas relaciones con escritores sudamericanos, porque México en general ve poco hacia el sur. Ve mucho hacia los Estados Unidos y Europa, pero pocos escritores han ido a América Latina. No nos relacionamos como deberíamos, y ahora menos que nunca. En ese momento sí tenías idea de quiénes eran los escritores jóvenes de Chile y de Argentina.

Comentarios