"De santos y milagros"

martes, 13 de mayo de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- Ni modo, estimados lectores, pero la verdad es que estamos tan jodidos en lo político, en lo económico, en lo social y en lo ecológico, que servidor piensa que únicamente podemos salvarnos por medio de un milagro, o sea, por uno de esos hechos no explicables por las leyes naturales y que se atribuye a acción sobrenatural de origen divino. De ahí la necesidad de los santos, que son los que más y mejor pueden conseguir la intervención de Dios en el mundo, más que el resto de los pecadores que vivimos penando en este planeta amenazado por tantas crisis. Si es verdad que existe la santidad como lo proclama la Iglesia católica, bienvenida la llegada de San Juan Pablo II al gremio, pero servidor diría que ante el tamaño de las crisis que vivimos, tenemos necesidad de santidades más dinámicas y de consecuencias más colectivas, como por ejemplo las santidades de la Edad Media, de las que dijo B. Adams, citado por Agustín Alvarez en su libro HISTORIA DE LA INSTITUCIONES LIBRES: “En el siglo XII, el milagro era la más alta expresión de la fuerza. El poder de operarlo constituía como siempre, un don personal y el poseedor de esta facultad podía, a su capricho, usar de su poder como el hechicero para auxiliar a los demás. El santo de la Edad Media era un poderoso nigromántico. Curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios, resucitaba a los muertos, predecía el porvenir, apagaba a los demonios, resucitaba a los muertos, predecía el porvenir, apagaba los incendios, encontraba objetos perdidos, producía lluvia, salvaba del naufragio, derrotaba al enemigo, desempeñaba el primer papel en los partos y, en resumen, podía hacer casi todo lo que se le pidiese, en vida y después de muerto, valiendo, en este caso como reliquias en primer lugar la tumba que lo contenía; después las partes de cuerpo según su importancia: una cabeza, un brazo, una pierna y hasta los pelos de la barba. Enseguida venían los sombreros, los zapatos, los cinturones, los vasos o sea todo objeto de que él se hubiera servido”. ¡Más paradoja! Esta idea de salvación atribuida a las reliquias de los santos, de que las mismas sirvieran en la curación de heridas y enfermedades y el que también tuvieran la virtud de liberar de los pecados…con lo que se aseguraban la salud en este mundo y el librarse de los horrores del infierno en la vida del más allá…hizo en aquella época de fe, que todos quisieran gozar de dichos privilegios; dieron lugar, en primer término, a peregrinaciones, a veces masivas, a lugares sagrados, como al Santo Sepulcro en Jerusalén, a Santiago de Compostela en España o a San Pedro en Roma…¡mas ay! Esa fe fue corrompida por lo siguiente: los poseedores de las reliquias milagrosas tuvieron ganancias, y más grandes en cuanto su poder milagroso era mayor…y no sólo ganancias espirituales, de prestigio, sino también materiales… Hubo quienes les dio dinero contante y sonante; otros objetos preciosos y no faltaron los que les donaron tierras…lo que pronto les hizo ricos…y la malicia humana despertó la envidia y la ambición de no pocos…señores, conventos y hasta ciudades incluso llegaron a disputarse dichas reliquias. Durante siglos las reliquias conservaron esa ambivalencia, la de ser valores espirituales y materiales, por lo cual fueron muy codiciadas…llegaron a ser prendas que los deudores podían ofrecer a sus acreedores, cuando no robadas o disputadas a cuchilladas…por lo cual fueron perdiendo no poco de sus virtudes originales. ¡Mas ay de mí!, pues todos esos mis pensares me han llevado a una idea inquietante: la de si no estaremos tan jodidos en este mundo por culpa de la veneración que rendimos a los santos y a su milagrosas reliquias, pues recuerdo que según el Decálogo, entregado en mano por el mimo Dios a Moisés, está dicho lo siguiente: “No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba en los cielos, ni abajo, sobre la tierra, ni de cuanto hay aguas debajo de la tierra. No las adorarás ni les rendirás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandatos”. Insisto: ¿no estaremos tan jodidos por la devoción que rendimos a los santos y a sus reliquias, devoción que lleva al horrendo pecado de la simonía, es decir, al comercio de las cosas espirituales, y más grave aún en este caso, pues lo hacemos con un mandato expresado por el mismo Dios? Es como para pensarse… ¿o no es así, estimados lectores de la presente? Con el sincero deseo de que Dios nos guarde de toda tentación.

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