Los universos musicales de Sofía Loren

martes, 13 de enero de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- En noviembre del año pasado salió al mercado la autobiografía de la primera actriz ítala Sofía Loren (Roma, 20 de septiembre de 1934), una de las divas más despampanantes del cine mundial, llamada Ayer, hoy y mañana. Sophia Loren. Mis memorias (Lumen, traducción de Ana Ciurans Ferrándiz, 374 páginas). Pareciera que con la actuación, el arte musical y la danza se hermanaron predestinados a guiar los dones innatos de la diosa italiana en el cine, como leemos desde el primer capítulo cuando Sofía Loren escribe en “Ieri, oggi, domani” (título del original como la cinta del mismo nombre). “De joven, mi madre, Romilda Villano, rebosaba encanto y talento. No era buena comediante, pero tocaba muy bien el piano y había conseguido entrar al Conservatorio de Nápoles San Pietro a Majella gracias a una beca. En el examen había interpretado La campanella de Liszt, diplomándose con matrícula de honor. A pesar de sus escasos recursos, los abuelos le habían comprado un piano de media cola que dominaba imponente el pequeño salón de su casa...” Su infancia estuvo marcada por el hambre en los barrios pobres de Nápoles durante la segunda Guerra Mundial. “Mi madre volvió a tocar en una trattoria situada enfrente de casa que tenía las paredes pintadas de color azul cielo. Mi hermana la acompañaba a menudo. ‘Pino solitario ascolta questo addio che il vento porterà’, cantaban. Yo la miraba con admiración, y como siempre con vergüenza, mientras los soldados estadunidenses se entusiasmaban con ella y se sentían como en casa. Así nació la idea de organizar en nuestro pequeño salón una especie de café-cantante doméstico los domingos por la tarde, para arañar algo de dinero extra. Mamá les ofrecía un licor artesanal que ella misma elaboraba añadiendo Strega de cereza al alcohol, comprado en el mercado negro. Mamaíta tocaba canciones de Frank Sinatra o Ella Fitzgerald, que los soldados entonaban, y yo iba y venía con las botellas para hacer el mejurge y aprendía a bailar el boogie-woogie.” “En aquella época, mamaíta intentaba enseñarme a tocar el piano, que me entusiasmaba, pero cuando me equivocaba se enfadaba muchísimo. Me daba unos cocotazos tan fuertes que me daban dolor de cabeza y tuvimos que dejarlo. Me consolaba con el cine, en el teatro Sacchini.” La filmación a finales de los años cuarenta de Quo Vadis? en Cinecittà marcó el inicio de Sofía en la pantalla grande, si bien años atrás la adolescente había profetizado en su diario: “Sofía Scicolone un día será actriz”. En Ana y después en la película Ha llegado el afinador de pianos la acreditaron por primera vez como Sofía Lázzaro. Ganaba 50 mil liras al día, una fortuna con respecto a lo que estaba acostumbrada a cobrar. “Durante esa primavera de 1952 llegó también mi verdadero debut como actriz protagonista en La favorita, versión cinematográfica de la obra de Donizetti ditigida por Cesare Barlacchi. Siempre he adorado la música, la he respirado en casa desde pequeña, por eso me sentí a gusto en un papel tan melodramático. Trabajé mucho para prepararlo y recibí numerosos cumplidos por él. Casi me atrevería a decir que a partir de ese momento me tomaron en serio, aunque la película no fue taquillera.” “En las secuencias de las arias me doblaba Palmira Vitali Marini. Fue una experiencia que me sirvió muchísimo cuando poco después, interpretando Aída, tuve que enfrentarme nada menos que con la voz de Renata Tebaldi. Más tarde tendría ocasión de encontrarme con ella un par de veces, a pesar de estar siempre ocupada en sus giras mundiales. Era una persona maravillosa; prestar mi figura a su voz fue para mí un gran orgullo… “Mi primera gran ocasión --aunque cada ocasión lo es, sobre todo al principio-- llegó volando con la música celestial de Verdi. Mientras trabajábamos juntas, creo que en Il voto, la estupenda actriz Doris Duranti me dijo que en uno de los estudios más famosos de Roma, la Scalera, Clemente Fracasi había empezado a rodar Aída. ‘Ve a preguntar’, me aconsejó. Tenía a mi favor La favorita, donde había demostrado una buena habilidad como doble de cantante de ópera… “No había mucho tiempo para aprender el guión, lo cual era un problema al tener que estar perfectamente sincronizada con la cantante. “Pasé dos meses encerrada en el despacho de los estudios de la productora, sin calefacción en pleno invierno. Hacía tanto frío que antes de rodar me daban hielo para amortizar el efecto del vaho que formaba mi aliento. Para obviarlo, uno de los técnicos me seguía con secador en la mano, intentando esconderlo. “Pasaba cuatro largas horas diarias en la sesión de maquillaje para transformarme en Aída, negra de pies a cabeza. Me ponían el maquillaje más oscuro en la raíz del pelo y en la frente para camuflar el tul de la peluca. Pero tengo que admitir que valió la pena. Dar cuerpo a la voz de la Trebaldi fue una emoción especila, difñicilmente repetible. Al final parecíamos una sola persona. Hay que puntualizar que yo estaba entre los pocos actores del elenco que interpretaba pero no cantaba, lo que hacía aún más difícil mi papel. No debía notarse que un disco guiaba mis labios. “Hasta Carlo (Ponti) se sorprendió. Creo que en ese momento empezó a creer en mí de verdad.” Mambos y Gabo La primera que creyó en Sofía Loren para el papel de Lina en La ladrona, su padre y el taxista fue Suso Cecchi D’Amico, la única mujer que formaba parte del grupo de los grandes guionistas de la época. “Suso me vio en Cinecittà mientras trabajaba con Bolgnini en Los esperamos en la galería y mi presencia exhuberante y mi alegría la impresionaron. En una escena de la película bailaba el mambo y seguiría bailando en La chica del río y en Pan, amor y… con un despampanante vestido rojo.” Al final del capítulo cuarto “¿Quién es esa zagalilla?”, Sofía revela: “Ahora que acaba de morir, me acabo de enterar de que el plató ocultaba a uno de los más grandes escritores contemporáneos: Gabriel García Márquez. Gabo, que también había llegado a Roma persiguiendo el sueño de Cinecittà y había entrado al Centro de Experimentación de Cinematografía gracias al director Fernando Birri, era el tercer asistente de dirección, como contó en una entrevista. En pocas palabras, una especie de guardaespaldas. Por eso nunca pudo, a su pesar, acercarse a mí: ¡su trabajo consistía precisamente en mantener alejados a los curiosos! Quién sabe; quizás hubiera sido el principio de una gran amistad.” 1954 marcó el fortalecimiento de su amor con Carlo Ponti, cuando ella filmó La chica del río. “Para estar seguro del resultado, Carlo había pensado a lo grande, como era su costumbre, y había convocado a los nombres más importantes de la época. Al enumerarlos ahora, casi me cohíben: Alberto Moravia y Ennio Flaiano para el argumento; Bassani, Altoviti y un joven Pier Paolo Pasolini, que acababa de llegar a Roma y ejercía de profesor en un colegio de la periferia, el guión junto con el director, Mario Soldati.” Interpretó a Nives, trabajadora en un saladero de pescado. “Qué bel ritmo tiene el mambo, qué sonrisa tiene el mambo, canta Nieves, sensual y maliciosa mientras sostiene el cuchillo por la parte del mango. Pero como a menudo sucede a las mujeres fuertes y apasionadas, cuando se enamora está perdida…” “El rodaje fue muy duro, trabajamos sin tregua. A medida que el drama se iba convirtiendo en tragedia, la presión se hacía insoportable y sentía mucha ansiedad… Era como si una orquesta de violines estridentes tocase en mi cabeza toda la noche y me quitase el sueño… Tenía una doble vida, activa y llena de energía durante el día y de noche en estado de shock, acorralada por una orquesta fantasma… “Pero La chica del río tenía otro regalo más para mí: el encuentro con el maestro Antonio Trovajoli, que compondría las bandas sonoras de mis películas más importantes, desde Dos mujeres a Ayer, hoy y mañana y Un día especial. Era un colaborador de confianza de la Ponti-De Laurentiis y uno de los compositores más apreciados de la escena italiana. Fue el alma de Roma, la banda sonora de nuestras vidas. Gran pianista y aficionado al jazz, tocó con los intérpretes más grandes como Louis Armstrong, Miles Davis, Duke Ellington, Chet Baker y Django Reinhard.”