"Alrededor de la violencia"

martes, 20 de octubre de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- Señores Proteo, Bartolo Peregrino y Cándido Buenafé, firmantes de cartas a este buzón: siento informárselo, pero no coincido con sus opiniones expresadas en las mismas, pues ustedes, queriendo o sin querer, con ellas apoyan la teoría de que la agresión, madre de las más atroces violencias, está forma parte de la sangre de toda humana criatura, por lo que es imposible escapar a la misma y no nos queda más remedio que sucumbir a sus impulsos, por lo que somos peor que los animales, que, por regla general, no matan ni torturan a sus semejantes, ya que su agresión natural se resuelve en un ritual en el que el más débil, la mayoría de las veces, opta por la huida, dejando el campo libre a su rival. Igualmente, tampoco estoy de acuerdo con sus pensares cuando afirman que no hay que dejarse llevar por el pesimismo, padre del desaliento y la apatía, ya que la agresión y la violencia han servido y sirven para imponer y mantener la ley y el orden en las distintas sociedades que han formado y forman los naturalmente agresivos y violentos humanos. Servidor, muchos menos comparte la idea de Cándido Buenafé: que la globalidad en la que nos movemos “es el mejor de los mundos”, por ser una de las etapas más revolucionarias de la humanidad, pues en ella, gracias a os avances de la ciencia y su aplicación a la producción de bienes, de mercancías, nos ha liberado de tareas penosas, han aumentado las horas de ocio y con ello nos ha dado al mismo tiempo más libertad de la que nunca antes gozamos los humanos. Y el colmo, alaba y expresa su admiración por la clase que la ha venido estructurando de manera principal desde hace poco más o menos 250 años: los capitalistas, dueños del dinero, fábricas, empresas comerciales, grandes terratenientes, medios masivos de comunicación, etcétera, etcétera. Muy señores míos, Proteo, Bartolo Peregrino y Cándido Buenafé, servidor no ignora que sus opiniones tienen una buena base, las teorías de señalados estudiosos del tema: Robert Ardrey, Desmon Morris, Karl Lorenz y sus muy numerosos seguidores… pero siento decirles que están equivocados… sí… en el sentido de que no son los poseedores de la verdad absoluta… ya que en poco o en nada han tomado en cuenta a la teoría sustentada por Berkowitz y Montagu, para los cuales el comportamiento agresivo sería parte del aprendizaje, pues la etología confirma que la agresión no tiene un sentido peyorativo, ya que por lo general, no significa violencia, y raramente implica daño. Esos últimos científicos citados y sus partidarios, argumentan en favor de su tesis que si todos los animales vivientes, incluidos los humanos, en realidad fueran entes en guerra constante con otros de su contorno, prevalecería el más agresivo, el más fuerte, con lo que el poder sería igual a la ley, al derecho, con lo que pocos de los otros seres vivientes sobrevivirían, y menos los humanos, tan indefensos en sus inicios; afortunadamente ningún ser vivo se encuentra en tan extrema situación, pues, por regla general, forman parejas más o menos duraderas o viven en rebaños o constituyen bandadas, cardúmenes, piaras, jaurías, manadas… y otros, como los insectos, llegan a vivir en hormigueros, en enjambres… y hay que tener en cuenta que toda asociación requiere cooperación, por débil y efímera que sea… por lo que se puede decir que la agresión, aunque muy extendida, no es una regla invariable de comportamiento. Si no se ignora que, tanto en los animales como en los humanos, ni la agresión innata, instintiva es la verdad absoluta… ni tampoco lo es la del instinto de cooperación… e igualmente, insiste, no se ignora que la agresión, mayoritariamente, entre los animales, se resuelve en rituales en los que no se llega ni a la tortura y mucho menos al asesinato premeditado… ¿cómo explicarse los atroces niveles de brutal violencia de que es capaz la criatura humana, hecha a imagen y semejanza de Dios?... ¿y cómo es que la globalidad en la que respiramos, vertebrada y regida por los mejores… según dicen tantos… o sea los capitalistas, los dueños del dinero, fábricas, corporaciones de mercados, medios de comunicación, etcétera… que nos han dado y nos dan tantos satisfactores, ocio para disfrutarlos y libertad para elegir los que más nos acomoden como nunca antes lo hizo otra clase dirigente, siguen dándose esos niveles de atroz y brutal violencia? Usted, causal lector de la presente que nos ha seguido hasta aquí, ¿puede hacerlo? ¿Qué me contesta? Con el sincero deseo que Dios le asista en ese intento. Juan D’udakis

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