'Permanencia del viaje”, exposición de Eugenia Leñero en Coyoacán

miércoles, 2 de diciembre de 2015
MÉXICO, DF (apro).-A partir de este miércoles 2 se abrirá al público la exposición Permanencia del viaje, de Eugenia Leñero, en la galería Estación Coyoacán Arte Contemporáneo, donde exhibirá 44 obras producidas a lo largo de los últimos tres años. Titulada así a partir de un texto hecho para la muestra por el poeta Eduardo Hurtado, el lenguaje cuidadoso y delicado de Leñero encuentra en la naturaleza el vínculo idóneo hacia la abstracción: Paisajes realizados en acrílico sobre madera donde, a través del detalle y la sensibilidad, logran evocar estados emocionales. Las piezas sorprenden por la atmosfera que trasmiten. Eugenia Leñero se inició en la pintura hace 20 años en el Taller de Producción Figuraco 27 Bis--de Coyoacán--, bajo la enseñanza de su hermana, la artista Isabel Leñero, quien realizó la curaduría de la puesta. En su obra, la autora consolida un lenguaje personal. Los dibujos realizados a lápiz sobre diferentes papeles y tamaños apuntan hacia una veta fértil que se despliega contundente en esta muestra. Se trata de geometría orgánica que registra el pulso sencillo de una idea o de una forma y construye espacios minúsculos que, en muchas ocasiones, conforman retículas. Dibujos de pequeño formato son los puntos de partida de esta cartografía que ha crecido en propuestas. Éstas van de aquellos realizados a lápiz de diferentes grosores, hasta recortes de papel que construyen figuras geométricas. Leñero cuenta en su haber con dos exposiciones individuales: Bordando el tiempo (2009) en La Salamandra y Jardín interior (2011) en la galería Helénica del Centro Cultural Helénico. También participó en la muestra colectiva Pequeño Formato II (2014) en Stella Magni Gallery, donde expuso dos obras. Permanencia del viaje estará abierta al público hasta el próximo 20 de diciembre en la galería Estación Coyoacán Arte Contemporáneo, ubicada en Ortega número 23 esquina con Carrillo Puerto; a una cuadra del Jardín Hidalgo, en el centro histórico de Coyoacán. El siguiente es el texto completo del poeta Eduardo Hurtado titulado Pormenores de la luz, reproducido en una de las paredes de la galería para complementar y enriquecer la muestra: En su sentido más primario viajar es buscar: cada vez que un hombre se abre a la experiencia de lo distinto, cada vez que se atreve a romper con los automatismos cotidianos, emprende el viaje. Si la experiencia es radical, si implica el pasaje de un estado a otro, el recorrido alcanza la dimensión de un ritual iniciático.          El viaje, desde esta perspectiva, no es fuga ni acatamiento sino insurrección y mudanza. Para un artista, si de verdad lo es, la dialéctica búsqueda/hallazgo que supone todo desplazamiento hacia nuevas formas no se resuelve en la construcción de un estilo acabado. La exploración se instaura como punto de partida irrenunciable y persistente. Llegar, entonces, no es aquello que le otorga sentido al viaje. El creador se desplaza de tentativa en tentativa hacia un horizonte que no cesa de reinventarse como distancia.          Todo comienzo lleva la importancia de una muerte y un renacimiento. Para emprender un nuevo ciclo creativo, Eugenia Leñero ha resuelto apartarse de lo conocido –o, para decirlo con mayor precisión--, ha decidido renunciar a las pequeñas y grandes ganancias de sus trabajos anteriores. El primer paso en esta línea, la supresión del color, le permite abrir un vacío suficiente para lanzarse a sondear posibilidades inéditas. Ese vacío surge de un despojamiento radical de lo accesorio. El tema de los cerezos en flor, tan frecuentado en la tradición plástica japonesa, apunta en ese sentido. Leñero ejerce con maestría las sutiles modulaciones de luz que exige la representación del árbol emblemático de los japoneses, símbolo de la fragilidad y la final persistencia de todo lo que existe. Así logra que el blanco extienda sus dominios, apenas coloreado por un ligero asomo de variaciones rosáceas.          Como en el haikú, la forma poética más popular del Japón, aquí la naturaleza se afirma como constancia de la precariedad del ser humano y, al mismo tiempo, como espejo de las fuerzas profundas que mueven el cielo y la tierra.          Esta etapa se enlaza sin conflicto con la serie en que la artista aborda la pintura en blanco y negro, un paso radical en la vía del desasimiento. Hace años, la autora hizo del juego cromático el eje de su labor. Ahora, en un contragolpe calculado, elige la privación extrema del color. Pero toda desnudez, para sostenerse, para hacerse visible, solicita un soporte que le otorgue consistencia y equilibrio. Eugenia Leñero lo encuentra en la conquista de un trazo más flexible y, de forma paradójica, más exacto. Esto le permite llevar a la superficie elegida los pormenores de la luz, con una destreza imposible de vislumbrar en su obra anterior.          Al concentrarse en lo blanco y lo negro, manifestaciones liminares cuya existencia se funda en un máximo y un mínimo de brillo. Leñero descubre una posibilidad insospechada de elocuencia: como si todos los colores (condensados, subrepticios, a punto de comparecer en cada progresión del gris) anunciaran sus nombres numerosos desde los meandros del papel y la tinta. Y al fondo de cada cosa representada en este conjunto (puentes, bosques, caminos) se percibe una condición silente y, al mismo tiempo, la inminencia de una música.          Inesperada y discrepante a primera vista, la última estación del viaje dispone un panorama geométrico, hecho de líneas en libertad. El punto, referente fijo y confinado, se independiza de su condición y se extiende trazando formas que, sin dejar de aspirar a un avance ordenado, se complican y se diversifican. El punto, podría decirse, viaja impulsado por un resorte genésico, y en su trayecto da fe de las cualidades cinéticas del dibujo sobre la superficie plana.          Esta gramática hecha de líneas que hacen surgir constelaciones de figuras, acaba por cuestionar la idea de que todo geometrismo es, por definición, abstracto. En la serie constructivo/geométrica de Eugenia Leñero se revela una gran afinidad con el mundo concreto. Sus estructuras, hechas de líneas rítmicas que se complican hasta configurar retículas, despliegan un universo minucioso que recuerda las formaciones microscópicas de la materia.          Cada objeto, bien contemplado, crea en el hombre un nuevo órgano de percepción, sostiene Goethe. La obra más reciente de Eugenia Leñero, en apariencia heterogénea, cifra su unidad en la percepción singular de una luz. En sus cerezos, en sus naturalezas, en sus delirios poliédricos, la luz misma parece desnudar sus últimas partículas, como captada por un ojo específicamente desarrollado para reconocer ciertas gradaciones, determinadas minucias, los otros mundos que anidan en las cosas de este mundo. La disponibilidad para detenerse y observar, la obsesión por el detalle y el registro mínimo, están en el origen de esta mirada fresca, puntual y generosa.

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