'Hoy… ¿Ni llorar es bueno?”

lunes, 21 de diciembre de 2015
MÉXICO, DF (apro).- Honorable Tío Lolo: leída su carta a este buzón siento decirle, perdón por la sinceridad, que al tiempo que coincido con su idea de que necesitamos unirnos por el bien de todos, en absoluto estoy de acuerdo con su convocatoria de que nos congreguemos en una oración global para pedir a la divinidad que libre de sus penas y angustias que les producen las mismas a tantos millones de atribulados que existen en este nuestro mundo actual, y no lo estoy por lo siguiente: por considerarlo un deseo peregrino, que no creo que sirva de algo; más bien lo considero inútil.   Vea por qué lo digo. Durante mil años en el pasado, los europeos fueron dominados poco a poco por un sentimiento único absoluto, el cristianismo. En ese milenio la iglesia ejerció un gran poder sobre las masas e incluso sus gobernantes laicos o civiles.   Para ello contaba con una numerosa y bien administrada organización (unos, sus partidarios, dirán que de sus saberes sobre la verdad divina… otros, sus críticos, de propaganda) integrada por sus jerarcas y sus abundantes sacerdotes, que sirvió para orientar a sus fieles y convertir a los paganos.   Esa poderosa organización, repito, ejerció una influencia determinante en Europa, en el denominado mundo Occidental, pues, por añadidura, también tenía, por así decirlo, las llaves que abrían o cerraban, a los individuos y sus sociedades, las puertas del cielo, por todos tan querido, y las del infierno, por todos tan temido.   En esos años, los monjes irlandeses llevaron la fe romana hasta el Elba y las montañas de Sajonia y, los misioneros de la ortodoxa iglesia bizantina, Cirilo y Metodio, convirtieron a su fe a los eslavos y búlgaros.   Más hay un pero, pues resulta que en ese milenio de profunda y ardiente fe, con su fondo del sonsonete de sus oraciones individuales y colectivas, cantos sagrados y olor a cera e incienso, cuyas fumarolas del último ascendían al cielo, como las oraciones… los hechos de la historia nos muestran y demuestran que los humanos no se hicieron mejores ni fueron más felices, pues los cristianos de esos tiempos, vivieron sus días con un constante pánico al astuto demonio y sus seguidores, los brujos y las brujas.   También un temor permanente al infierno y a las tentaciones, lo que hizo que el cuerpo de cada creyente fuera visto y conceptuado como pecaminoso y corrupto y, por lo tanto, merecedor de castigos y abandonado a la suciedad, al punto de que la limpieza fue vista como vicio (¿de ahí vendría el famoso olor a santidad tan nombrado en esos días?).   Y el pensar y el hablar iban por el mismo camino, pues se podía caer en la heterodoxia, lo que podía conducir (y condujo a no pocos) a ser apresado, torturado por los tribunales de la Inquisición y terminar por ser entregado al poder laico para que lo quemaran vivo, por lo que mejor era no pensar y ser fieles a los dogmas de la iglesia y también participar en sus rituales públicos para no ser sospechosos a los ojos de las autoridades eclesiásticas.   Esas realidades, insisto, nos muestran y nos enseñan que en esos años de profunda e intensa fe y de dogmas, hubo hombres que, por su poder, al ser poseedores de la verdad absoluta, que eran los menos, sometieron a los más, reprimieron a sus opositores y hasta fueron capaces de llevarlos a la muerte, de asesinar a los que no creyeron criticaron sus creencias.   Más tarde, las creencias, rituales de las diversas maneras de interpretar la fe cristiana, dieron lugar a las estúpidas guerras de religión, que algunos bautizaron como guerras santas… desafortunadamente el problema medieval sobre la naturaleza de la divinidad, la oración y cómo dirigirla sigue presente a nuestros días.   Ante este hecho, servidor considera que hay tres enigmas cruciales. El primero, los creyentes en que todo viene de Dios, que sabe mejor que la criatura humana qué es lo conviene a la misma, lo que explica la inutilidad de la oración en tantos casos. El segundo es la filosofía agnóstica y sus partidarios, que declara inaccesible al entendimiento humano toda noción de absoluto, infinito y Dios… lo que hace igualmente ineficaz a la oración, al no saber cómo orar y a qué dios dirigirla.   Y tercero, está la filosofía de Epicuro y sus seguidores, que creen que sí, que pueden existir los dioses… pero que para nada se ocupan y menos se preocupan por librar al humano de los problemas que lo angustian… lo que hacen inútiles todas las oraciones.   Según servidor, esos enigmas hay que resolverlos con urgencia, pues de no hacerlo, muy bien nos puede devorar la esfinge de nuestra ineptitud.   Con el debido respeto que me merece.   “Juan Palomo”

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