Miriam Káiser valora la obra de Raquel Tibol

domingo, 1 de marzo de 2015
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Para la museógrafa y promotora cultural Miriam Káiser, exdirectora del Museo del Palacio de Bellas Artes y exdirectora de Exposiciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Raquel Tibol es parte integral de la vida cultural de la segunda parte del siglo XX en México: “No importa si estuvieran contentos con ella y al día siguiente pelearan por algún tema, porque era vendaval, en todos los campos siempre se ha recurrido a ella, ya sea personalmente o en sus libros. “Yo creo que Raquel se puede resumir en una palabra: Imprescindible.” Y asegura que seguirá presente porque a todos los involucrados en el arte les dio luz. A su mente vienen varias anécdotas, pero especialmente una cuando en 1983, a poco de abrirse el Museo Nacional de Arte (Munal), que se había encargado a Jorge Hernández Campos, se exhibió ahí una serie de cuatro dibujos infantiles de Frida Kahlo que la escritora Martha Zamora descubrió en Tlaxcala y habían sido adquiridos por el gobierno de la entidad: “La señora Tibol, que conocía perfectamente a Frida, dijo: ‘No, esos son falsos’.” Káiser era entonces subdirectora técnica del Munal, pero anteriormente había trabajado en la Galería de Arte Mexicano, por lo cual sugirió al director del museo una solución aprendida en ese espacio: “¿Por qué no invitamos a dos o tres personas, entre ellas a Raquel, que venga gente de Tlaxcala, hacemos una sesión aquí en el Munal y que nos autoricen a desenmarcarlos? Esto fue en febrero del 83. Obviamente doña Raquel llegó con la espada desenvainada. Vinieron de Tlaxcala varias personas, estaba Jorge Hernández Campos y se abre el primero de los dibujos que eran unos recortes en papel manila”. La sorpresa vino al quitar el marco al tercer dibujo: “Detrás, de puño y letra de Frida, se leyó: ‘To my friend El Cachuchas, con todo mi amor’. Todos sabemos que sus amigos de la prepa, Alejandro Gómez Arias, Miguel N. Lira, etcétera, era el grupo de Los Cachuchas. Raquel había traído las cartas de Frida para verificar las firmas y ya con eso, con uno, se validó.” El dibujo era justo un obsequio a Miguel N. Lira. Káiser juzga que se trató de unos dibujos prácticamente infantiles, “pecados de niñez”, hasta recuerda que comentó a Tibol que quizá las mamás deberían quemar este tipo de dibujos de los hijos, aunque nunca se sabe qué va a pasar: “Ay, no seas tan exagerada, Miriam”, fue su respuesta, como para distender el momento, “pero aceptó que eran auténticos”. A Káiser le gusta esta anécdota, la considera bella porque no obstante que Tibol ya había escrito uno o dos artículos sobre el asunto diciendo que eran falsos, y que se sacaba provecho del Munal, finalmente aceptó que eran válidos. Confiesa que no llevó una estrecha amistad con ella, pero hablaban por teléfono sobre temas de arte. Káiser, como muchos otros, fue “regañada” en varias ocasiones por teléfono o en persona por la crítica de arte. “A veces en Proceso me acusó, pero me decía querida y me decía adorada y creo que me quiso bien. Yo, gran admiración por ella, siempre fue eso, era inobjetable. Ahí con lo de Frida todos teníamos dudas, por eso fue muy bueno desenmarcarlos y terminar la polémica.” Y a manera de conclusión señala que ahora no hay quien haga una crítica tan fuerte, pues si algo se esperaba los lunes, cuando ella publicaba su columna semanal en Proceso, era “el tibolazo”. Y lo cierto, dice, es que muchos anhelaban que escribiera de ellos, no importaba si bien o mal, pues fue “la crítica por antonomasia”.