"¿De quién es la culpa?"

lunes, 16 de marzo de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- Respetados lectores: hace unos días fui sacado de una apacible siesta por los zumbidos y persistentes impertinencias de una mosca. Esa brusca salida del sueño, no sé cómo y por qué, me hizo entrar en un soliloquio sobre la globalidad en la que nos movemos y nos mueven, en decirme que la misma era un paradigma social que, como tantos otros, estaba enfermo, que era corrupto, decadente en suma. Al preguntarme el porqué de ese mi pensar, en vez de darme razones, la memoria trajo el recuerdo de que ya, en otros tiempos, ilustres personajes habían informado de tiempos mejores, que el griego Hesíodo, en el siglo VIII a. de C., en su obra Los trabajos y los días, escribió que en su principio la humanidad había vivido una Edad de Oro, en la que los hombres no hacían violencia a sus semejantes, pues en la misma reinaba la justicia y la bondad, las tribus humanas vivían alejadas unas de otras y libres de males y rudos trabajos, pues la tierra les ofrecía gratuitamente sus frutos, y si bien su vida no era eterna, su muerte era semejante a un apacible y dulce sueño. Eso fue antes de que los dioses, por miedo a que la humana criatura se hiciera iguales a ellos, crearan a la tentadora Pandora (la Eva de la mitología griega) y la mandaron a vivir entre los humanos para que les hiciera víctimas de todas las plagas. Siglos después, el poeta latino Ovidio (del 43 a. de C. y año 17 d. de C.) retoma la leyenda. Según él, en los comienzos de la historia de la raza humana los hombres vivieron en cuatro épocas sucesivas: de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro; en la primera, la de Oro, la raza humana, sin coacción, sin ley, practicaba la fe y la justicia e ignoraba el castigo y el miedo y no se veían grabadas en público, en bronce, para ser leídas, palabras amenazadoras y la multitud no temblaba ante la presencia de su juez, sino que estaban seguros sin defensor, ni humildes multitudes servían a amo alguno, ni las ciudades les ofrecían las dudosas ventajas de la aglomeración, pues todavía no circundaban a la ciudades los profundos fosos, no había trompetas, cascos, espadas ni escudos; sin necesidad de soldados, las naciones pasaban seguras sus ocios, ya que no había necesidad alguna de hombres armados. Este paraíso desapareció poco a poco en las siguientes edades: la de la Plata, Bronce y Hierro. En esta última, de metal tan vil, terminaron de aparecer toda clase de crímenes: huyeron el pudor, la verdad y la buena fe y ocuparon su lugar el fraude, la perfidia, la traición, la violencia y la pasión desenfrenada de las riquezas, se puso límites a la tierra, antes común como la luz del sol y el aire, y apareció la guerra, que con sus manos ensangrentadas agita las resonantes armas. Se vive de la rapiña y el hombre, (como dijera Hobbes siglos después) se convierte en lobo del hombre. En la Edad de Hierro yace por el suelo la piedad vencida y la tierra empapada en sangre, y entonces es cuando Astrea, diosa de la justicia, abandona la misma. La creencia en la Edad de Oro pronto se convirtió en un referente nostálgico del ideal perdido de la felicidad humana. ¡Ah!, con razón Don Quijote de la Mancha dijo en su discurso a los cabreros: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de “tuyo” y “mío”. Era en aquella santa edad todas las cosas comunes…”. Estos recuerdos que vinieron a mi mente me han reafirmado en la idea de que la globalidad en la que respiramos, en comparación con la Edad de Oro, como otros, es ya un paradigma social enfermado por la corrupción, decadente por consecuencia. ¿Por qué es así?... acaso sea porque nunca el género humano ha vivido en una Edad de Oro y siempre lo ha hecho en una de Hierro, y la de Oro no es más que una utopía, símbolo de lo que puede ser la vida y nunca es… en ese caso, ¿de quién es la culpa?; bueno sería saberlo, ¿no creen?, pues de esa manera se podría aclarar si se debe a la propia naturaleza humana, por su incapacidad de resolver sus problemas vivenciales… o porque hay personas que saben y pueden sacar provecho de los mismos… ¿cuál es su opinión, respetados lectores? De despedida, les informa que, ante mi incapacidad de resolver tal problema, de un periodicazo maté a la impertinente mosca que me despertó… ¿tendrá algún significado esa acción?... ¿qué creen? Con mis sinceros deseos de que sepan y puedan ser felices.   JUAN RECUERDA

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