La liturgia de Santana detuvo la lluvia en el Ángel

domingo, 29 de marzo de 2015
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- 19:48. Las luces se apagan y el lodo de Woodstock en las pantallas anuncia el ingreso al escenario de la banda de Carlos Santana, no sólo uno de los mexicanos más conocidos y reconocidos en el mundo: el músico que marcó la fusión latina en el rock, el soul con la rumba y el jazz con el samba, convertirá esta noche la música en hechicería, con el Ángel de la Independencia al fondo. El sacrificio del alma inicia, la hoguera está prendida. Se crispa con “Jingo” y el canto es la guitarra, el wah wah eterno con el que Santana incita, con el que ya reunió ?según datos oficiales del gobierno del DF? a más de 70 mil almas al éxtasis sonoro. Eso tiene que ver con las gaviotas que vuelan en cada traste de la guitarra Paul Reed Smith de Carlos; pero también el boost de su Mesa Boogie, y desde luego el distorsionador que se combina con el espíritu libre, con el alma negra de su blues, pintando un soul ácido que se acrecienta con la impecable labor de tres percusionistas, entre ellos su “Mujer de magia negra.” Suena “Dale Yaleo” y le pide un beso francés al DF. La africanía, la negritud de sus sonidos entrelazados disparan en imágenes constantes, la raíz tribal, popular de las danzas a que convoca, se abraza al público que recibe su llamado: “Vivamos juntos unidos en armonía con compasión”. Algo le gritan en las primeras filas (“No nos dejes, Carlos”) y él contesta: “No mames, carnal”, sonriendo al final. Dedica entonces su show a la virgen de Guadalupe, e insiste: “queremos hacer un concierto memorable para ustedes”. Eso da paso a la canción “María María”, y Carlos se pasa a la electroacústica dispuesta en un atril fijo, mientras en la eléctrica, que le ha dado un sonido único a nivel mundial, hace sus solos. El consabido misticismo de Carlos (que lo llevó a autonombrarse Devadip, en los setenta), aflora en una constante entrega pasionaria: son pasiones de alguna suerte de erotismo místico. Prepara una intro de bolero y “Europa” suena como cuando fue un hit en los setenta alrededor del mundo: nítida, extasiada, buscando transparencia entre las notas Re menor y Sol menor. Finaliza con su público alzando las manos, saludándolo, coreando su nombre. “Soy el reflejo de su luz”, le dice a la enorme audiencia que ya no cabe de gusto ante su rito musical. Así, presenta a “la reina de mi corazón”: Cindy Blackman-Santana, al centro de los tres sets percusivos, quien se esponja con toda su cabellera rizada. La gente grita “¡beso, beso!” y Carlos atiende ese llamado. Un par de besos después, anuncia el tema “Corazón espinado”, dándole crédito a Maná –bien recibido por el público–, incorporando como lo hará en otros temas, trozos melódicos de temas como “Guajira”, “Perfidia” y, hablando de asuntos Santaneros, “La boa” (acreditada a Carlos Lico”): Y los periodistas, lo saben, lo saben… Infaltable en Santana: no sólo él hace solos. A todo lo que da su bajo Musicman de 5 cuerdas, Benny Rietveld solea en funk-slap no sólo una melodía virtuosa, sino que agrega acordes. El solo de bataca de Cindy no deja dudas de por qué ha sido una gran baterista desde Lenny Kravitz hasta Cassandra Wilson: ajusta la tarola piccolo de su Gretsch, toma las baquetas al revés y se desplaza impresionante. Está clara la negritud. La aportan asimismo el percusionista Paoli Mejías y el cantante Tony Lindsay. “Jingo Lo Ba” repunta y Santana presenta al tecladista y cantante de su formación original (1966 a 1972): Gregg Rolie al teclado dispara el riff minimal de tres notas dando paso a “Black Magic Woman” (“Mujer de magia negra”) que baila la gente para intentar ahuyentar a un cielo que calmó su llanto durante la hora y media que lleva ya el concierto. Sin embargo, la llovizna regresa para el éxtasis ritual. Y claro: aprovechando a Rolie, lanza a la audiencia su tema: “Oye como va”, que se la sabe toda, la baila toda, la salta también. Él se abraza con Rolie (una grata sorpresa para esta serie de presentaciones). Después, el cover de “La Flaca” de Jarabe de Palo, y sigue invitando a la fiesta con “Tequila”. Protección Civil lucha contra la turba en las primeras filas, que ha desmenuzado las vallas, mientras Santana inserta en sus solos “La Cucaracha” y la fiesta no para, como tampoco la llovizna. Con “Smooth” (“Suave”), el tema que lo volvió a situar en 1999 ante nuevas generaciones, y ante el peligro de vallas rebasadas hacia zona de prensa y discapacitados, se activa la alerta máxima. Corren los rescatistas, se alista una muralla policiaca y vuelve a llover… todo bajo control. Entonces Gregg Rolie anuncia con su Fender Rhodes “Caminos del mal” y se escuchan los vientos cantores, los llantos de bestias, temblores del baile en la plancha de Reforma; “Caravanserai” resurge, mientras Carlos alude entre sus solos a temas como el de Santa Esmeralda “No me malinterpretes” o el de George Harrison, “Cuando llora mi guitarra”. Esta adorable máquina de seis cuerdas, en manos de Santana provoca el éxtasis cuando pulsa en el estilo “cuello de botella” el slide y lo envía a lo largo del mástil hasta sacar armónicos sul ponticello. La fiesta está por concluir. El hechicero pide “Paz, justicia, hermandad, compasión”; pide paz para México y el mundo, y en un acto casi litúrgico, hincándose él mismo ante sus fans, brinda una plumilla, como si fuese la hostia que asegura la vigencia de su magia incesante. Así escribe Carlos Santana, un nuevo relato de poder: el de la música que se queda en el paroxismo de la gente. A las 21:44 se despide, sale al proscenio, se abrazan sus músicos: podéis ir en paz, otro incandescente concierto ha terminado.

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