B.B. King en sus propias palabras

martes, 19 de mayo de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- La única ocasión en que hablé con B.B. King ocurrió en el flamante y renovado Auditorio Nacional, tras regalarme su plumilla autografiada --la cual acostumbraba dar a sus fans por montones en concierto--, cuando irrumpía él, monarca y sin guaruras, por los pasillos del colosal foro de Chapultepec en la tocada de aquel Festival Internacional de Jazz & Blues. El Rey del Blues (así, con mayúsculas) B.B. King falleció el pasado viernes 17 de mayo, a los 89 años de edad. Decía en su biografía: “Esta es una historia de Blues. El Blues es una música sencilla y yo soy un hombre sencillo. Las tristezas del Blues son un misterio y los misterios nunca son tan sencillos como aparentan.” A continuación, ofrecemos una recopilación de frases expresadas por B.B. King a partir de los años noventa, para nuestros lectores. “Blues total alrededor de mí” Yo nací en la gran Delta del Mississippi, esa parte de América llamada por alguien la parte más sureña sobre el planeta. Nací el 16 de septiembre de 1925, a las orillas del Lago Azul, entre Indianola y Greenwood, cerca de las diminutas villitas de Itta Bena y Berclair. Mi Papi fue Albert Lee King y me puso Riley B. Lo de “B” no quería decir nada; pero el “Riley” era una combinación. Papi había perdido a un hermano que se llamaba Riley; pero Papi también manejaba un tractor en una plantación de blancos cuyo propietario se llamaba im O’Rilley. Cuando Mama se dispuso a buscar trabajo y Papi andaba en busca de una novia, O’Rilley se propuso ayudarle a hallar la soltera adecuada. O’Rilley andaba por ahí cuando yo nací y le preguntó a Papi cómo llamaría a su bebé varoncito. Viendo que Rilley era un hombre bueno y amable, quiso que yo llevara su nombre. Años más tarde, cuando le pregunté a Papi por qué había quitado la “O”, me dijo: “Porque no pareces irlandés.” (…)   La gente se junta creando un fuerte zumbido. En su mayoría, es gente blanca. Soy curioso y quiero acercarme, pero mi instinto me aleja. Desde el más apartado rincón de la plaza, veo que cargan el cuerpo de algún moreno, es el cuerpo de un hombre negro, van rumbo al frente del Palacio de Justicia. Una docena de muchachos blancos están subiendo el cuerpo a una soga que cuelga de una plataforma improvisada. Alguien festeja. El cuerpo del negro está muerto. Se trata de un joven de unos 19 o 20 años y tiene abiertos los ojos y la boca, su cara se le ha contraído. Es una visión horrenda, pero de cualquier modo, miro… Sin embargo, guardo silencio. No fui educado para odiar a los blancos… Mi madre me enseñó que el odio ciego envenena el alma. Y aun continúo oyendo sus palabras: “Las personas van a amarte si demuestras tu amor hacia ellas.” ¿Qué cruzó por mi pensamiento aquel día a comienzos del otoño de 1939? Escuché un silbido en mi cabeza… Las presiones de la Plaza Lexington me habían desmoronado… Entre más pensaba en mi hogar, más pedaleaba lejos, huyendo. Había comprando una bicicleta con el dinero que gané en el coro de la iglesia… El trayecto duró dos días. Me detuve la primera noche cuando vi una manada de vacas merodeando un granero. Me sentí su amigo e imaginé que dormiría con mi mente tranquila junto a ellas. Los animales me parecían más agradables que los humanos.   Memphis 1949 Una ciudad es como una mujer. Te excita y te saca de control. Sientes que debes ir a ella… Aprendí que para extender mi popularidad debía salir de Memphis y en diciembre del ’49, me encuentro en un centro nocturno que más bien es un tugurio rojo del pueblito de Twist, Arkansas, al noroeste de Memphis; un amplio cuarto dentro de una vieja y helada casona en cuyo centro el dueño del antro ha colocado un tambo con montones de basura apilada, para hacer crecer las llamaradas gracias a un generoso rocío de keroseno. En lo más tupido del cuartote, dos tipos se insultan y para colmo, se mientan la madre. La gente intenta separarlos; pero es demasiado tarde. Ambos ruedan por el piso enredados en tremenda bronca y entonces, tiran el montón de basura. ¡Boom! El petróleo se dispersa por todo el piso cual río de fuego. Gritos y flamazos y pánico y la corredera… Por mi precipitación, he abandonado a mi lira bebita dentro. Aunque el incendio consume la casona, suena estúpido regresar; pero más estúpido sería dejar mi guitarra quemarse pues las buenas liras son difíciles de obtener y ni duda cabe que no tengo para comprarme otra. Veo los lengüetazos alzándose y en un segundo me decido, alguien intenta detenerme pero ya entré. El fuego me rodea. Las llamas lamen mis pies y me suben a los brazos. Apaño mi guitarra justo cuando una chispa se me crispa enfrente, pero la tengo… Me quemé las piernas, pero mi guitarra está sana. Gracias a Dios. Alguien dice: --¡Carajo!, ¡quién hubiera pensado que esos dos tipos casi se asesinan por culpa de una chica como Lucille! Así que el pleito era por Lucille… Nunca la conocí; pero supe que ella trabajaba en el sitio. Había sido una noche para ser recordada y su nombre era memorable, por lo tanto decidí bautizar allí mismo desde entonces a mi guitarra como Lucille… Me cayó de perlas atribuirle a mi guitarra aspectos femeninos y pese a la honrosa excepción de culminar un verdadero acto sexual con una mujer auténticamente real, ninguna chica me ha obsequiado tanto placer como mi Lucille.   Sun Records y Elvis Me sentí bien grabando con Sun Records, disquera propiedad de Sam Phillips. A comienzos de los cincuentas, solía trabajar allí a menudo. Sam era el ingeniero de sonido. Poco después, él estaría ocupado con Jerry Lee Lewis, Carl Perkins, Johnny Cash, y Elvis Presley. Los veía a todos, pero no tenían gran cosa qué decir. No es nada personal, pero sentía frialdad de ellos hacia mí. Sin embargo, Elvis era distinto, cordial. Recuerdo de manera especial a Elvis porque se trataba de un joven apuesto, calmado y decente en todos sentidos. Hablaba con fuerte acento sureño y siempre me hablaba de usted: “Señor…”. Eso me gustaba. Por aquellos primeros años, lo escuchaba como cantante de música Country. Me agradaba su voz, si bien ni me imaginaba que se hallaba a punto de conquistar el mundo. Curioso que cuando pienso en aquellos días, me imagino que fue allí en ese cuartito que hacía las veces de estudio donde nació dicho bebé llamado Rock’n’Roll. Todos los programadores y disc-jockeys tenían apodos, así que en la estación comenzaron a llamarme “el chico blusero de la calle Beale”, Beale Street Blues Boy. Eran tres letras “B” y eso me atragantaba, yo que soy tartamudo. Pronto reduje el alias a dos, quedando en Blues Boy  Los sesentas Principalmente oía Blues y Jazz, por tratarse de la música que me llega a lo más profundo del corazón; pero asimismo comencé a escuchar a guitarristas de flamenco, porque son poseedores de un sentimiento del Blues particular. Oía cualquier cosa que me levantara el espíritu. A comienzos de los sesentas, decidí que mi música requería de mayor espíritu y de una presentación diferente, al menos en discos. No renové ya mi contrato con los hermanos Biharis y firmé con la disquera ABC… ABC era una disquera grande y sentí preocupación de que me resultara impersonal. No fue así. Aparte, me agradaba su modo de vender la música negra. Acababan de contratar a Ray Charles, quien estaba en discos Atlantic… Fats Domino se estaba cambiando de Imperial a discos ABC y él influyó en mi decisión. Fats es muy realista. Me dio un buen consejo: “Necesitas una buena compañía que te distribuya bien, y no una disquera que archive tus discos.”Además, aconsejaba para mis actuaciones: “Incluye aquellas piezas que sueles tocar; pero evita cosas como andar coqueteando con chamacas de quienes realmente no sabes nada.” No acostumbro dejar que nadie me hable así; pero viniendo ese consejo de Fats, me lo grabé en el corazón… Con Biharis yo más o menos tenía el control absoluto y grababa como quería; con ABC, teníamos juntas, había supervisores y aunque no me ordenaban exactamente lo que debía grabar, sí me iban dirigiendo. No me importaba. De hecho, como que me gustaba… Invirtieron dinero en las sesiones y contratamos a los mejores músicos. También hice mancuerna con un letrista, algo nuevo para mí, y con Fats Washington compuse “My Baby’s Comin’ Home”… Las ventas resultaron buenas, pero no espectaculares. Llegó la música que llamaron Soul. Para mí, la música Soul es simplemente una prolongación del Rhythm and Blues: James Brown, Jackie Wilson y Salomon Burke es música soul. Esa música venía de Detroit. Cuando parecía que la ola inglesa con grupos como Los Beatles invadía la lista de éxitos en EU, fue el sonido soul de Motown quien creó un balance. Yo adoraba a Marvin Gaye; me gustaron Smokey Robinson y el pequeño Stevie Wonder y Martha Reeves & The Vandellas, todos ellos me gustaban… Ray Charles…Aretha Franklin, su voz me rompía el alma, fue coronada Reina del Soul dicen que reinó en aquella Era Dorada del Soul. Todo estaba bien para mí. Los sesentas se llenaron de un Soul hermoso porque los negros expresaron más con sus voces el respeto que anhelábamos y el buen sentimiento que compartíamos entre nosotros… No obstante, lo que detestaba era que me abuchearan en los conciertos. Eso me golpeó de un tajo. La mayoría de los críticos probablemente dirán que B. B. King tiene alma; sin embargo, B.B. King en verdad no formó parte del movimiento de la música Soul. Desde luego que compartía escenarios con Marvin Gaye y Jackie Wilson o casi todos ellos en decenas de espectáculos a lo largo y ancho de los EU; pero el extranjero era yo, un hombre del Blues. Así como en los shows de Rock’n’Roll de los cincuentas yo había sido un forajido bluesista, me seguí sintiendo como una oveja entre las vacas… “El sentimiento se ha ido” Uno de los mejores cumplidos que me han dado reza: “B.B. King canta y luego, Lucille canta.” Yo añadiría que ella incluso llora un poquito… Cuando hablamos de mujeres, siempre he tratado de seguir el dictado de la razón, pero así casi siempre he fracasado. La razón en ocasiones me ha hecho sufrir. Luego que me mudé a Nueva York, por ejemplo, en una fiesta me encontré una frondosa colega negra que tenía ganas de beber. Después de consumir ella un buen de licor, me pidió: “B, no me siento muy bien. No tengo ganas de regresar a mi hotel, quisiera quedarme contigo pero con la condición de que no me molestes.” Se lo prometí. Continuó emborrachándose hasta que prácticamente tuve que sacarla del sitio, la llevé a mi casa, la desvestí dormida y la puse en mi cama. Su cuerpo era una suprema obra de arte. A través de los años, mi mente regresa a esa escena y me odio a mí mismo por aquella promesa… Otras chicas no han sido tan directas. Algunas me han dicho: “Hombre, me estás usando y tú sólo quieres coger conmigo”, y yo les respondo: “Pues es lo mismo que tú deseas, nena”, así que a mí me gusta la honestidad. Si una chica me dice: “¿Por qué no podemos sólo andar de la mano tú y yo?”, les contesto: “Porque eso podría hacerlo con mi tía, nena.” (…) Yo me hallaba fascinado con una melodía de Ray Hawkins que había grabado en los cincuentas, llamada “The Thrill Is Gone”. Algo en aquella pieza me parecía obsesionante. Era un distinto tipo de balada Blues, y yo la llevaba pegada en mi cabeza a través de los años. La había estado arreglado en mi cerebro e inclusive intenté un par de versiones diferentes que no funcionaron. Pero en aquella noche en Nueva York cuando entré a la sala de grabación, todas las ideas checaban. Cambié el tema para adecuarlo a mi estilo, y Bill Szymczyk metió el sonido bonito y suave. Salimos de la grabación a las tres de la mañana, yo estaba conmovido pero Bill no, y sin más me fui a casa. A las cinco de la mañana Bill me despertó por teléfono. Decía: “B, esa rola ‘The Thrill is Gone’ creo que es un cañonazo.” “Era lo mismo que yo intenté decirte. ” –respondí. “Creo que será un jitazo, y creo que lo será aún más si le agregamos un arreglo de cuerdas. ¿Qué crees tú, B? “Hagámoslo.” La sesión de cuerdas fue emotiva. Bert DeCoteaux escribió los arreglos. Los nombré el helado sobre el pastel. Eso marcó la diferencia que hizo irresistible a la pieza. Para enero de 1970, “The Thrill is Gone” comenzó a escalar la lista de éxitos. Las estaciones negras radiofónicas la tocaron de inmediato. No me sorprendía. Pero cuando las de radio pop lo hicieron, me sentí maravillado. Entre más la tocaban, a la gente le gustaba más. Para finales de aquel invierno, llegó a las veinte piezas más populares. Estuvo merodeando por ahí, hasta que alcanzó el primer lugar, convirtiéndose en el primer y único éxito de mi carrera… Así que cuando escuché “The Thrill is Gone” prácticamente por doquiera a donde iba, me sentí triunfante. Esa rola me brindó mi primer Grammy. Me sentí particularmente orgulloso pues esa canción era verdadera para mí. “The Thrill Is Gone” es básicamente un Blues. El sonido incorporaba cuerdas, pero el sentimiento es básicamente hondo. La letra también es de Blues. Una historia sobre el hombre que es traicionado por una mujer pero que se siente libre para continuar su vida. Lucille es parte de la canción tanto como yo. Comienza cantando y permanece conmigo todo el trayecto hasta que ella toma el abrazo final. La gente me pregunta por qué no canto y toco al mismo tiempo, yo les contesto que no puedo. Lucille es una voz y yo soy otra. Una voz sale de mi garganta, mientras la otra la produce mis dedos. Cuando una de las dos canta, la otra voz anhela escuchar. Cambio de siglo La medicina de alta tecnología me ayudó a descubrir mi diabetes, enfermedad que atiendo cuidadosamente. Dejé de fumar en 1970 aquellos cigarros mentolados Kool que me mataban y abandoné las bebidas alcohólicas en 1987. Ahora, cuando agarro una Diet Coke hago de cuenta que es cerveza. Al cumplir 60 años de edad, me di cuenta que mi fuerza de voluntad no era tan fuerte como antes y decidí bajar de peso. Por primera vez en mi vida no lograba controlar mi apariencia física y cada año durante dos semanas me someto a chequeo y tratamiento en el Centro Pritkin para la Longevidad. Aprendí a comer adecuadamente y he reducido 20 kilos. Pero la lucha contra la barriga es un pleito que se prolonga hasta la eternidad… Pienso en la música como si fueran ángeles, ya se trate de canciones pop, sinfonías o blues. La música ha sido mi ángel guardián. Cuando comenzaron a salir los equipos de sonido portátil, empecé a llevarme discos y cintas en el autobús y en el coche. Hallé energía y esperanza en la música de otra gente. Ha sido la música lo que me mantiene activo. Entre más viejo me pongo, mejor veo la majestuosidad del Blues. Los Blues me recuerdan los anuncios de Pepticon que solía promover por la radio, son como un tónico bueno para cualquier achaque que padezca uno. El Blues sería la fuente. Todavía me saca de onda que la gente diga que los Blues son melancólicos. El hecho es que los Blues contengan todos los sentimientos básicos de los seres humanos: pena, felicidad, miedo, valor, confusión, deseo… todo. Los sentimientos complicados expresados en historias sencillas. Tal es la genialidad del Blues. Entrevista --¿Qué piensa de Robert Johnson? --Fue un gran guitarrista, y la mayoría de los chicos aún juran por él. Siempre pensé que era de muchas maneras más un cantante Folk, si bien me atrapó por su “Hellhound on My Trail”. Pero mi favorito era Lonnie Johnson. --¿Su forma de tocar se ha desarrollado de forma natural hasta la fecha? --Creo que sí. Usted sabe, mi banda y yo apenas y ensayamos. Creo que lo hicimos hasta hace dos semanas por primera vez en meses. Pero nosotros tocamos cada noche y mi sentimiento con la banda es: “Toca lo que sientas. Ya sea si es un Blues directo de I, IV, más V, no olvides la progresión pero toca con el sentimiento.” No intentes tocar ‘The Thrill Is Gone’ como lo hiciste originalmente en la grabación, tócalo como lo sientes ahora mismo. Si así lo haces, no te vas a equivocar. Ahora que yo jamás le digo eso al público (ríe), pero cada noche que toco, toco lo que siento. He olvidado cómo tocaba hace 40 años, así que de esa forma me mantengo fresco con todo lo que toco… “Una de las cosas por las que se me critica es que no puedo cantar como todos lo hacen.” --¿Y quién lo critica? --Productores, un bonche de tipos… Ellos me dan melodías para que cante y me dicen críticamente: “Alcance la nota tónica”; porque yo no llego a darla nunca (ríe), pero ese soy yo. De cualquier modo, Frank Sinatra opinaba que nosotros los bluesistas negros cantábamos desafinados todos. Pues bien, yo creo que debo cantar como me dicta mi sentimiento. Para mucha gente que se saca de onda cuando lo hago, yo les respondería: “Oye, no soy Louis Armstrong, no puedo cantar (entona en voz de bajo), simplemente canto como yo lo siento y ya.” (Traducido de Blues All Around Me. The Autobiography of B.B. King con David Ritz. Spike Trade Paperbacks. An Avon Book. Nueva York, 1996. 337 páginas, y de la revista Guitar One, octubre 2003, entrevista por Dave Rubin. Selección y versiones por Roberto Ponce.)

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