Cervantianas

martes, 11 de octubre de 2016
GUANAJUATO, GTO.- Apretadísima relación de la conferencia que, previo al concierto inaugural del presente XLIV Festival Cervantino a cargo de la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM), ofrecieron en el Teatro Juárez la noche del lunes 3 de octubre. “Dichosa edad, y siglo dichoso, aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarfe en bronzes, efculpirle en mármoles y pitarle en tablas, para memoria en lo futuro”: Don Quijote. Y dichoso queste siglo nuestro que, a cautocientos años de la partida de don Miguel de Cervantes, y un lugar llamado Guanajuato –que los españoles ni siquiera sabían que existía–, nos permite seguir cabalgando con Nuestro Señor Don Quijote y disfrutar la música que, trescientos y más años después de que iniciara su eterna cabalgata, compusieron otros cosmopolitas españoles que cantan y retratan esa España milenaria, crisol de soles y culturas que que nos conduce al encuentro de la Fantasía para un gentilhombre, nos hechiza con El amor brujo, nos unge con La oración del torero, deslumbra con las Goyescas, pasea por la Suite española y nos hace desembocar en el madrileñísimo barrio de Triana, maravilloso paseo que habremos de disfrutar tomados de la mano de la OSEM y su batuta conductora, Enrique Bátiz, sabiendo que: La Fantasía para un gentilhombre la escribió ese multividente ciego visionario, Joaquín Rodrigo, para su amigo el gigante Andrés Segovia, a quien se debe la reivindicación de la guitarra como instrumento de concierto, y quien, en calidad de solista la estrenara en San Francisco el 5 de marzo de 1958. El amor brujo de Manuel de Falla, ballet creado por encargo de la legendaria bailaora y cantaora Pastora Imperio, es una auténtica historia de brujería y gitanos conjuros que contiene la famosísima e impresionante “Danza ritual del fuego”. Y en contraposición de la algarabía que resuena en el interior y las afueras de una plaza de toros, Joaquín Turina describió todo el ritual místico y el recogimiento de los creyentes que, enfundados en trajes de luces, previos a enfrentar la muerte, se dan unos momentos para balbucear, quizás llorar, la Oración del torero. Cuenta Enrique Granados respecto a su suite primero, y ópera después, “Goyescas”, claramente inspiradas por los cuadros de otro “Grande de España”, Francisco de Goya y Lucientes: “Me enamoré de la psicología de Goya, de su paleta. De él y de la duquesa de Alba; de su maja señora, de sus modelos, de sus pendencias, amores y requiebros.” Originalmente ese subyugante paisaje que es la Suite española de Isaac Albéniz, creada para piano solo, constaba de únicamente tres componentes, Granada, Cataluña y Sevilla, pero a su muerte su editor tuvo a bien agregarle los otros cinco: Cádiz, Asturias, Aragón, Castilla y… Cuba. Sí, Cuba, que a finales del siglo XIX, principios del XX, aún era “propiedad” de la potencia imperialista española. Iberia la obra cumbre de la literatura pianística española, creación también de Albéniz, que quiso ser orquestada por Maurice Ravel, contiene como ya señalaba ese barrio de Madrid de obligatoria conocencia, Triana. Así, dichoso nuestro siglo y dichosos nosotros que, hoy y aquí, podemos acompañar a Nuestro Señor Don Quijote quien no necesita resucitar… porque jamás ha muerto.