La Orquesta Barroca de Friburgo decanta las 9 sinfonías de Beethoven

jueves, 20 de octubre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El corpus reunido de las nueve sinfonías de Beethoven constituye una inmensa cumbre en la literatura musical de todos los tiempos; si se buscara una analogía con la ópera tendríamos que dirigirnos al ciclo de El anillo del nibelungo wagneriano. Esta inmensidad bethoveniana hace que la presentación del ciclo no sea cuestión del día a día y que, si se respeta a sí misma y entiende la dimensión de que se trata, no cualquier orquesta se lance a realizar. De aquí la importancia de escucharlo cuando la no cotidiana oportunidad se presenta, tal como ocurrió el año pasado dentro del Festival Cervantino y, de nueva cuenta, en el presente, aunque el marco oficial no lo haya así consignado. A esa importancia se añade el goce cuando estas nueve estupendas creaciones son interpretadas por un conjunto de alta calidad, como es la Orquesta Barroca de Friburgo, que durante cinco noches las presentara en Bellas Artes a razón de dos sinfonías por noche, con excepción de la última, martes 11 de octubre, en que ascendiera a la cima con la --no es exagerado el calificativo-- gloriosa novena de todos conocida. Con un sonido diferente y un concepto no usual puesto que, como su nombre lo indica, es un conjunto primordialmente dedicado al período barroco, la de Friburgo ofreció versiones que nos acercaron más a lo que debió haber sido la interpretación en la época de vida del gran Beethoven, aunque éste ya no perteneciera al período barroco --dado que vivió entre 1770 y 1927--, y el final del barroco se considera hacia 1750, año de la muerte de otro grande, Johann Sebastian Bach. Este acercamiento se logra en base a que la de Friburgo toca con instrumentos propios de la época o réplicas de los mismos y, claro, estos producen un sonido distinto al de las orquestas a las que estamos acostumbrados. Una pequeñísima ilustración de esto --para que se entienda mejor lo del sonido diferente-- es que las flautas son de madera y las trompetas no tienen émbolos. Con esta dotación y su concepto que viene desde su fundación: 1987, la orquesta consigue interpretaciones que son verdaderos bocadillos de cardenal, y otorga a cada sinfonía un color más cálido e íntimo que el de las grandes agrupaciones que habitualmente escuchamos. Cada una de las sinfonías fue auténticamente decantada por la orquesta, y cada una de ellas merecería tratamiento específico --lo que por espacio nos es imposible--; sin embargo, dentro de este caleidoscopio de enorme belleza musical, personalmente me quedo con el sabor de la primera, tercera y sexta sinfonías, principalmente esta última que fue toda una narración poética. Llegamos así a la inmarcesible novena que, al igual que todas las demás, mostrando una memoria sorprendente, fue dirigida por Gopttfried von der Goltz sin partitura. Los cuatro solistas fueron traídos desde Alemania y cumplieron bien el cometido, mientras que la masa coral se integró con el Ensamble Escénico Vocal del Sistema Nacional de Fomento Musical dirigido por Emilio Aranda, y el Coro de Madrigalistas de Bellas Artes bajo la dirección huésped del español Carlos Aransay. Clara y límpida versión de esta sinfonía mayor coral, culminación espléndida de un ciclo que sí quedará en los anales.

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