Juglares contemporáneos

martes, 1 de noviembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La UNAM decide surtir a los visitantes del Centro Cultural Universitario (CCU) con la tradición medieval de los juglares, cuentacuentos callejeros que iban de pueblo en pueblo bailando y cantando. Con la frase “Cuentos como sueños… y sueños como cuentos” se presenta El Juglarón, de León Felipe, en una adaptación libre de cuatro historias que terminan en moraleja. El poeta español estuvo exiliado en México debido a la Guerra Civil de su país, y fue durante ese periodo que escribió este divertimento teatral. “Llegué a México (por primera vez) montado en la cola de la revolución. Corría el año de 1923. Después, aquí he vivido por muchos años: Aquí he gritado, he sufrido, he protestado, he blasfemado, me he llenado de asombro...", escribió alguna vez. La obra, dirigida por Gilberto Guerrero, se monta sobre el Carro de Comedias, un pequeño remolque que se desdobla para crear un teatro callejero con escalerillas que amplían el foro hasta el público, entradas y salidas. Es impresionante la cantidad de espacios a los que se logra transportar al espectador, y lo polifacético de este pequeño "tablao de la farsa". La cajita de monerías se instala los fines de semana frente a la fuente del CCU, en una diagonal que permite a algunos espectadores acomodarse en las escalinatas, mientras que el resto observa el espectáculo (de más de una hora), sentado en el piso o de pie, lo que resulta incómodo después de un rato. La puesta está conformada por “La mordida” --sobre un sagaz muchacho que da una lección a los guardias corruptos--; “Justicia” --que retoma un episodio de El Quijote, la famosa donde Sancho Panza es gobernador de una ínsula y debe llevar a cabo un juicio--; “La princesa Doña Gauda” –acerca de una joven flamenca que chantajea a su padre para conseguir casarse con el hombre que desea, y “Tristán e Isolda”, inspirada en la célebre leyenda, una pareja que, al tratar de complacerse el uno al otro, causan un enredo muy irónico. Y la obra, a pesar de no superar los “gags” comerciales, es muy gozada por el público. El elenco está integrado por Emmanuel Macías Rangel, Itzel Raquel Saucher, Vicky de Fuentes, Georgina Arriola Martínez y Fabián Varona, actores con múltiples habilidades: todos cantan, bailan y tocan varios instrumentos. Cambian de vestuario y de personajes con una destacada agilidad. La música (guitarra, acordeón, pandero, flauta, castañuelas, tambor, cajón…), el canto y el baile, son un atractivo esencial del espectáculo, que mantiene atentos a los más pequeños, y es sin duda un anzuelo para atraer más público. El agua que fluye de la enorme fuente, las risas y los gritos de la gente que pasa hacen a momentos inaudibles los diálogos para los espectadores de las últimas filas, donde ya de por sí poder observar es difícil. Sin embargo, llegan cada vez más familias curiosas a integrarse a la puesta, y es posible seguir el hilo debido a que se arma de relatos independientes. Los chistes están adaptados a la sociedad actual, y los diálogos son una mezcla entre el español peninsular y el antiguo, sazonados con una chispa de caló mexicano. En ocasiones las bromas se alargan de más y el humor cae en lo simple, aquel que provoca risa fácil. El hecho de tener público de todas las edades no limita los albures y una que otra burda referencia sexual. No obstante, los asistentes se quedan, ríen y aplauden durante todo el espectáculo. Interactúan y participan, factor indispensable para que la historia avance. La labor del Carro de Comedias, un proyecto de Teatro UNAM, es llevar el arte al aire libre, forma efectiva de crear nuevos públicos, fundamental para esta baja oferta teatral tan desproporcionada respecto de la demanda. Y porque llega a un público que no necesariamente lo estaba buscando --incluso si se trata de gente que se pasea por el CCU-- o que iba a otros espectáculos del sitio. La pieza se representa todos los sábados y domingos a las 11 horas, frente a la fuente, hasta el 27 de noviembre.

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