*'El carnaval en Morelos”, de López Benítez

jueves, 3 de noviembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Armando Josué López Benítez parte de la premisa histórica “saber de dónde venimos para ver hacia dónde vamos”, en su libro El carnaval en Morelos de la resistencia a la invención de la tradición (1867-1969), edición del Museo del Chinelo y el proyecto autónomo Libertad bajo palabra (libertadbajopalabra@riseup.net. Morelos, México, 2016. 198 páginas). En el prólogo, Víctor Hugo Sánchez Reséndiz escribe: “El chinelo es la imagen morelense más conocida, por supuesto que después de la de Emiliano Zapata. Sin duda, el chinelo es un elemento fundamental de la identidad contemporánea del actual estado de Morelos, pero también de diversos poblados del sur del Distrito Federal, Estado de México, sur de Puebla y norte de Guerrero… “El texto de Armando Josué López Benítez nos invita a la reflexión, a no ver la realidad de manera estática. Y ello tiene una razón de ser, pues el chinelo es un elemento cultural tan cotidiano en la vida de los morelenses, que su existencia ‘se naturaliza’ en la vida social, pareciendo por lo tanto un elemento ahistórico. “Sin duda, el estado de Morelos se ha ‘chilenizado’… La chinelización impactó en la cultura tradicional… porque muestra la génesis y la importancia simbólica que tiene el chinelo y el entramado comunitario que se desarrolla, es importante la obra de Armando Josué López Benítez”. Y más adelante: “En primer lugar, el enfoque que tiene el libro que prologamos es que el chinelo es una práctica cultural relacionada con la totalidad social-histórica de los pueblos. Visto así, en este trabajo de López Benítez se abordan diversos aspectos asociados al chinelo: la música de los pueblos, los intercambio rituales entre los mismos, el comercio regional, la resistencia ante la opresión”. La Resistencia, inicios del carnaval y el brinco del chinelo (1867-1911) se intitula el primer capítulo, con los apartados “Etnogénesis e identidad suriana”, “Resistencia y carnaval”, y “El chinelo, su música y organización”, donde se consigna: “Tanto en Tlayacapan y Tepoztlán los habitantes se adjudican el nacimiento de la música del chinelo (Giménez, 2009:111), ambos comparten el trabajo en las haciendas, de esta manera se pone de manifiesto que donde hay poder hay resistencia, y por lo tanto hay música contra los poderes hegemónicos, hay músicas subversivas (Flores, 2009: 39), apoyando la identidad popular en desarrollo”. Memoria y carnaval Crece en interés el segundo capítulo, La memoria colectiva y la nueva organización del carnaval (1924-1942), con tres subcapítulos: Los pueblos en la revolución y el carnaval (“Motivos y el levantamiento armado”, “La vida cotidiana”, “El carnaval en la revolución”); La memoria y el retorno del chinelo (“Los resultados d la guerra”, “El regreso del carnaval”, “Los Hermanos Hernández, Tepoztlán”, El contexto posrevolucionario”) y La nueva organización, la reciprocidad (“Los chinelos”, “Los autores”, “Las comparsas”, “Las viudas y los locos de Yautepec”, “Los factores externos”). De este último, tomamos los fragmentos: “En Yautepec, para el año 1930 aparecen cuatro comparsas consolidadas, el barrio de Santiago y su ‘Unión y Reforma’, San Juan con la ‘Nueva Aurora’ ambas heredadas del siglo anterior, por otro lado la comparsa ‘El Capricho’ cedió su lugar al barrio de Ixtlahuacán denominada ‘La Competidora’ y al barrio de Rancho Negro con su ‘Unión y Paz’… “El propio (Francisco) Domínguez (en Investigación Folclórica en México. Materiales, volumen I. SEP/INBA), describe cuál es el comportamiento de las comparsas dentro del carnaval de Tepoztlán, y como se ha mencionado, las actividades en Tlayacapan, Totolapan y Yautepec fueron muy similares. “Principian las bandas a tocar los Sones del Carnaval [sic] y recorren el barrio, recogiendo a los “chinelos” [sic] de sus respectivas casas para organizar las comparsas. Dos horas dura el recorrido, y después el pueblo recupera su acostumbrada calma. A las 3 de la tarde un “bombazo” [sic] anuncia la llegada de las distintas comparsas a la plaza principal del pueblo. Desde ese momento da principio el “brinco” de los “chinelos” alrededor de la fuente de la plaza Morelos, seguidos por las bandas de música y alternado con cortos intervalos de reposo, durante los cuales las orquestas ejecutan piezas de moda, prolongándose el festejo hasta las 8 de la noche. A esa hora, las comparsas y los músicos se van a cenar y regresan a la plaza una hora después para iniciar el baile entre “chinelos” y muchachas del pueblo, que dura hasta las tres de la mañana. Este festejo se celebra en la misma forma el lunes y el martes de Carnaval, prolongándose hasta las 10 de la mañana del día siguiente, hora en que las bandas acompañan a los “chinelos” a sus respectivos domicilios, tocando alegres Sones alternados con Las Golondrinas y La Morena (Sones de despedida) (Domínguez, 1933: 88-89)”. La invención El tercer y último capítulo, La invención de la tradición, la reconfiguración del carnaval (1943-1969), abarca, como los otros dos, tres subcapítulos: La autonomía se pierde (“Las peticiones de las comparsas”, “La organización”, “Las bandas de viento”, “Los bailes”); La invención de la tradición y difusión en Morelos (“El proceso de intervención”, “La expansión en el estado de Morelos”, El empoderamiento del ayuntamiento”) y La resignificación y la difusión fuera de Morelos (“Las diferencias”, “La difusión fuera del estado”, “Un año crucial para el chinelo, 1969). “En 1969 se realizó la grabación de un disco de larga duración para el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Banda de Tlayacapan, sonando en primer lugar los sones del chinelo. El material fue producido por Arturo Warman. Dicho disco (Conciertos de música popular) dará mayor popularidad y difusión al carnaval de la localidad, pero además abrirá la puerta para que finalmente el chinelo tenga una difusión aun más importante a lo largo de México y el extranjero. “Nota: Existe una grabación previa, un disco de 78 RPM que se distribuyó de manera local, por tal motivo no tuvo gran repercusión; las grabaciones no eran necesarias, la música se reproducía en vivo y se transmitía a través de la enseñanza a los nuevos integrantes de las bandas”. El estudio de Armando Josué López Benítez, acompañado de 34 fotografías en blanco y negro, mapas y documentos, concluye con las Consideraciones finales, Fuentes consultadas y anexos, además de los créditos de las imágenes y reproducción de partituras. En la última página, López Benítez apunta: “Este libro conoció la noche un Domingo de Ramos y escuchábamos los cuetes del carnaval de Anenecuilco. Corría el año de 2016, y muchos pueblos, como siempre, estaban en fiesta y también en lucha… “Contemplábamos nuestra pasión, hermosa y oscura, vivíamos nuestro pasado, multiplicado, gozábamos todos nuestros vicios y brillaban en nuestra alma todas nuestras virtudes…”

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