El lujo de ser charro

domingo, 11 de diciembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La inscripción de la charrería --el “arte ecuestre y vaquero tradicional de México”-- en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) dado a conocer el pasado 2 de diciembre, no estuvo exenta de la polémica. Hay quienes consideran que no se trata de un arte, sino de un deporte; que pone en riesgo la integridad física de los animales y que constituye una actividad practicada por las élites. Se puede recordar que el expresidente Carlos Salinas de Gortari y su exesposa Cecilia Occelli pertenecieron a la Asociación Nacional de Charros (ANCH). Durante su gobierno se creó incluso un fondo para impulsar la charrería. Según la declaratoria de la UNESCO, “la charrería es una práctica tradicional de comunidades de México dedicadas a la cría y el pastoreo del ganado a caballo. En sus orígenes, facilitaba la convivencia entre los ganaderos de diferentes Estados del país. Las técnicas de esta práctica se transmitían a las generaciones más jóvenes en el seno de las familias”. Hoy ya no es del todo así, reconoce, al señalar que existen también asociaciones y escuelas dedicadas al entrenamiento de quienes quieren aprender la actividad, “incluso para participar en competiciones”. Destaca también no sólo la necesidad de contar con cierta destreza para “arrendar y jinetear yeguas y toros cerriles”, sino la indumentaria que suele utilizarse: “Sombreros de ala ancha para los hombres y chales de colores para las mujeres… Son artesanos locales los que diseñan y fabrican la vestimenta, el equipamiento, las sillas de montar y las espuelas que forman parte del arte tradicional de los charros”. Aunque la declaratoria no es para estos artesanos, si bien participan una variedad de ellos, pues hasta elaborar el moño que ciñe los cuellos de los charros, bordar sus chaqueas, tejer sus sombreros o forjar las espuelas implica un antiguo saber. La UNESCO manifiesta que “la charrería es un elemento importante de la identidad y el patrimonio cultural de las comunidades depositarias de esta tradición, que la consideran un medio de transmitir a las nuevas generaciones algunos valores sociales importantes como el respeto y la igualdad de todos los miembros de la comunidad”. Hace tiempo ya que la charrería pasó de ser una tradición popular a un deporte elitista. Y baste imaginarse el costo de poseer y mantener ganado equino y vacuno para practicarlo hasta el momento de portar la ahora lujosa vestimenta. “Tradición en manos de ricos” En febrero de 1983, el fallecido reportero Francisco Ponce, presentó en el semanario Proceso el reportaje “La charrería, tradición en manos de ricos”, en el cual señala por principio que el campesino “carece de condiciones económicas para dedicarse a la charrería”. El encargado de la dirección general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Diego Prieto, negó hace unos días ante los medios de comunicación que sea una actividad elitista. Se remontó a sus orígenes en el siglo XVI, “cuando tuvieron su auge las haciendas ganaderas” (que desde luego no estuvieron en manos de las clases populares), y aseguró incluso que el propio Emiliano Zapata, líder de la Revolución del sur, practicaba suertes de la charrería. Prieto reconoció que sí hay sectores de elite “en el mundo rural” incorporados a la charrería, pero aseguró que es una actividad histórica, social y cultural relacionada con la ganadería”. Además, dijo, “contempla a los trabajadores que tienen que ver con el cuidado del ganado y la doma de los caballos”. En el reportaje de Ponce, el hijo del caudillo morelense, Mateo Emiliano Zapata, se pregunta desde entonces quién tiene 50 mil pesos para comprar un caballo: “Los animales salen muy caros. Y también mantenerlos. Y cada vez hay menos campo donde encontrar pastura para su manutención. Mantener un caballo nos costaría unos 100 pesos diarios. Además, hay que dedicarle tiempo: hay que bañarlo, cepillarlo, atenderlo para que esté en condiciones. ¿Pero nosotros con qué dinero?” Y tras reconocer que ciertamente Emiliano Zapata fue un “charro completo”, agrega: “Hay tantas necesidades en el campo, que lo primero está en llenar el estómago; ya no distraerse siquiera, porque para nosotros sería una distracción montar a caballo ya no como elemento de trabajo ya está obsoleto, ya no es posible. Ni siquiera nuestras mujeres: si nosotros no montamos ya, ellas menos.” En 1992, Germán de Santos Borrego presentó su tesis para obtener el título de licenciado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de las Américas, justo con el título La charrería, el paso de una tradición popular a un deporte elitista y el papel de la comunicacional del charro. Hay agrupaciones de charros que han reconocido su elitismo, al pedir e incluso iniciar acciones para que se abra su práctica a grupos más amplios de la sociedad, de lo contrario podría perderse, como lo expresó Pascual López, presidente de la Federación Mexicana de Charros, hace un par de años durante un festival en Puebla, o el entonces presidente de la Federación Nacional de Charros, Joaquín Porrúa, en el reportaje de Proceso. La charrería no está en riesgo de desaparecer como algunas de las tradiciones vivas que suele inscribir la UNESCO en su lista de patrimonio intangible, es sólo que no está al alcance de cualquiera.