A 40 años del concierto 'El último vals”

martes, 20 de diciembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hace cuatro décadas, en el Día de Gracias 1976, el quinteto de rock The Band ofreció un gran concierto en el foro Winterland de San Francisco, California, propiedad de Bill Graham, con una constelación de músicos que incluían a Bob Dylan, Eric Clapton, Muddy Waters y Joni Mitchell. Para conmemorar la histórica despedida de The Band, acaba de aparecer un paquete de lujo con la música y la película filmada entonces por Martin Scorsese. Asimismo, aprovechando los 40 años de aquella cena musical de adiós, el principal compositor de The Band y artífice de la tocada, el guitarrista canadiense Jamie Robbie Robertson, publicó en la editorial neoyorquina Crown Archetype, de Penguin Random House, su biografía intitulada Testimony (Testimonio), en un libro de 500 páginas. Aparte de Robertson, The Band estuvo integrada por el estadunidense Levon Helm y los canadienses Garth Hudson, Rick Danko y Richard Manuel. A continuación ofrecemos la traducción al castellano de fragmentos del texto incluido en Testimony sobre el concierto, para nuestros lectores. “Testimonio” de Robbie Robertson Nuestro estilo de vida en el rocanrol había cruzado el sendero del no retorno. Los ejemplos de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison –y más recientemente, de Gram Parsons, Nick Drake, y Tim Buckley– abrieron las puertas de casa a los peligros de las giras. Habíamos escuchado este relato acerca de la muerte de tantos músicos, como si fuera parte de un ritual. En derredor nuestro, las bandas que conocíamos se hallaban implicadas, cual intento de vivir lo que pensaban debía ser la existencia de los rocanroleros con clase. Las vimos caer al lado del camino, pero a través de un viaje de ida. Las vimos morir a todas, aunque nuestra banda sobrevivía. Una noche de 1976, yo hablé con mis compañeros sobre la posibilidad de concluir ya esa fase de nuestra jornada; nosotros necesitábamos cuidarnos mutuamente y apartarnos del fuego un rato. Durante cada concierto que tocábamos, un paquete de influencias destructivas salía a flote en el negocio como impulsando nuestro naufragio. En cierto momento del camino, habíamos perdido nuestra unidad y nuestra pasión por alcanzar más cumbres. La autodestrucción se había convertido en el poder que nos dirigía. Mi instinto clamaba por hacer una celebración de nuestra música y luego, alejarnos de la mirada pública. Habíamos estado tocando en vivo y de gira por 15 o 16 años, así que la propuesta era difícil. Pero no podíamos continuar así. Algunas noches lográbamos nuestro sello de calidad, pero eso era cada vez más doloroso y más difícil de alcanzar. Los opiáceos son el mejor remedio para los dolores, y la heroína estaba a la vuelta de la esquina. Yo me preocupaba con Garth (Hudson) de que los tres adictos en nuestro grupo se hallaran a punto de acabar nuestro hogar, además de un dizque manager. Finalmente me negué: “Yo ya no aguanto más.” Tuvimos una junta y sugerí llevar a cabo un concierto final en el Winterland de San Francisco, donde tocamos por primera vez como The Band en 1969. Nadie se opuso. “Creo que todos nos merecemos un descanso por motivos de salud”, dijo Garth. “Tengo que hacerlo” Aún era septiembre, y pensé que el Día de Gracias podría ser una ocasión apropiada para el show. Acordamos invitar a Ronnie Hawkins (El halcón) y a Bob Dylan para unirse en la tocada, pues sería una onda respetable, ya que ambos habían jugado un enorme papel en nuestra jornada musical. Cuando llamé al promotor Bill Graham para discutir la idea de hacer nuestro último show en Winterland, se quedó de a cuatro al oír la noticia. Sin embargo, accedió y dijo que necesitábamos documentar el evento. Queríamos hacer una celebración musical. Esperábamos no sólo tener a artistas que fueran amigos cercanos e influencias, sino a gente que representara muchas y diversas musicalidades que respetábamos: Eric Clapton, por el blues británico; Dr. John, por el sonido de Nueva Orleans; Joni Mitchell, la reina de las cantautoras; Muddy Waters, el rey patriarca del blues de Chicago; y el maestro de la armónica, Paul Butterfield. Enseguida, representando a la tradición del Tin Pan Alley (Nueva York), Neil Diamond; la voz más grandiosa del ritmo y blues de Irlanda, Van Morrison, el vaquero de Belfast; Neil Young, representante de nuestras raíces canadienses y, por supuesto, Ronnie Hawkins y Bob Dylan. En poco tiempo, la lista se agrandó de una manera que nunca imaginamos. Sabía que necesitaríamos a alguien especial para filmar el evento. Uno de los nombres que sonaba en mi mente era Martin Scorsese, a quien yo había conocido brevemente en la proyección de Mean Streets hacia 1973. Su uso de la música en dicho film me mostró que poseía una poderosa conexión con ella, a la vez que él había trabajado en la película de Woodstock. Telefonée a Jon Taplin, productor de Mean Streets, para ver si él podría acercarme a Martin Scorsese. Jon nos juntó días más tarde en el Mandarin Restaurant, de Beverly Hills. Marty tenía una barba oscura tipo Vandyke, la cual hacía que sus ojos se vieran muy punzantes. Llegó con su esposa Julia, y con Liza Minnelli, quien era la protagonista de un musical que Martin filmaba llamado New York, New York, con Robert De Niro. Yo llevé a mi mujer Dominique, y su amiga Geneviève Bujold. Cuando le conté a Marty acerca del concierto final de The Band, pude ver que su cabeza comenzó a trabajar. Me confesó que la música jugaba un papel tremendo en su vida. “Pero hay un problema de entrada”, dijo Marty. “Cuando estás dirigiendo una película para algún estudio, no se te permite ir a filmar otra cinta al mismo tiempo.” Le mencioné que haríamos el concierto el Día de Gracias, que era una fecha feriada. Tras la cena, decidimos ir a beber un trago en el On the Rox. Un bonche de amigos se apretujaba allí, y el lugar estaba de ambiente. Marty y yo mencionamos que podrían participar en el concierto Van y Joni y Muddy y Bob, hasta que finalmente dijo: “¡Al carajo! Son mis artistas favoritos, y The Band, ¡Dios mío, tengo que filmar eso! Que me corran, tengo que hacerlo.” (…) Teníamos dos meses para prepararlo todo en el Día de Gracias. Cuando le dije a Bob Dylan sobre el concierto final, me dijo: “¿Va a ser uno de esos retiros de Frank Sinatra para regresar al año?” “No”, le expliqué: “The Band se retira de las giras. Tocar en vivo ya se convirtió en una zona de peligro y tenemos miedo de lo que pueda sucedernos.” Bob nos conocía desde los accidentes automovilísticos que padecimos en nuestros años en Woodstock… ¿Cómo llamaríamos al evento? Rock Brynner –nuestro road manager e hijo (del actor) Yul Brynner– y yo lanzamos algunos títulos al azar, y el único bueno fue “El ultimo vals”. Me pondría a escribir un tema de película en la tradición de alguno de los grandes valses de Johann Strauss, o como “The Third Man Theme” (El tema del tercer hombre, película protagonizada por Orson Wells). (…) Día de Gracias No pude recordar si había dormido desde que arribamos a San Francisco. Me recosté para una siesta, pero no pude dormir, ni siquiera pegaba el ojo. En dos horas, comenzarían a servir la cena del Día de Gracias. Me paré, mareado y desorientado de puro cansancio. Me metí a la regadera y abrí la llave fría, diciéndome a mí mismo: Tienes que estar a la altura del momento. Cuando llegamos a Winterland, Bill Graham se nos acercó vestido de un frac blanco y un sombrero de copa. Casi todos sus trabajadores iban vestidos igual de formales. Me condujo con Rick (Danko) al balcón. Desde allí vimos no a miles, sino a cientos de comensales cenando sus platillos del Día de Gracias. Algunas parejas bailaban vals libremente en el salón abierto. Bill no podía sentirse más orgulloso. Se regodeaba: “¡Seis mil libras de pavo, son 200 pavos, 300 libras de salmón de Nova Scotia, mil de papas, cientos de galones de salsa y 400 libras de pastel de calabaza!” Me reuní con Marty tras bambalinas. Se veía ansioso, aunque preparado. En el vestidor, me acurruqué con los otros miembros de The Band. Nuestro ánimo se hallaba en ebullición, pero con apariencia de calma bien enfocada. Richard (Manuel) extendió su mano para que comprobásemos que no temblaba demasiado. Cuando sus dedos temblaban mucho, necesitaba un trago. Rick se encontraba de humor muy entusiasta, listo e impaciente. Levon (Helm) me recordaba que lo viera en determinados cambios o en los finales de canciones. Garth aparentaba no estar impresionado por todo aquel suceso. Se había rumorado que tendríamos a uno o dos presentadores, pero nada se concretó. ¿Cómo íbamos a presentar adecuadamente a todos? En eso, entró Bill Graham, nos abrazó y dijo: “Caballeros, ¿estamos listos?”. Alzamos los pulgares y entramos al escenario entre una total obscuridad. Mientras las cámaras rodaban, le hice una señal a Levon y dijo ante el micrófono en las tinieblas: “Buenas noches.” El público aulló y tronamos los acordes de “Up on Cripple Creek”. Las luces se encendieron cálidas, naturales y cinemáticas, distantes de un show regular de rock. El sonido en el foro se oyó potente y claro. El canto de Levon se escuchó grueso y auténtico. Miré a Rick y Richard, y ellos se ubicaban bien en su zona. Eso era todo. Voltée para mirar de reojo a Marty y él se hallaba excitado, hablando con sus audífonos puestos y pasando las páginas del guión. Tocamos cerca de una hora (no recuerdo haber jamás escuchado cantar y tocar a Levon tan bien como en aquella noche “The Night They Drove Old Dixie Down”) e hicimos una pausa. Nuestros invitados se congregaron en los camerinos, todos se veían de muy buen talante. Ronnie Wood y Ringo Starr andaban en los vestidores. Les pedí que salieran para el final. Bill Graham nos informó que el gobernador Jerry Brown estaba entre el público. Cuando volvimos para tocar con nuestros invitados, la primera elección natural tenía que ser nuestro líder sin miedo El halcón galopante Ronnie Hawkins. Subió al escenario como un rayo, gritando a Bill Graham, “¡Gran momento, Bill, qué agradable momento!”. A la mitad de mi solo, Ronnie se quitó su sombrero y lo agitó sobre mis dedos como si apagara el fuego de mi guitarra, justo como lo había hecho cuando yo tenía 17 años de edad. Luego, presenté a nuestro viejo amigo Mac Rebennack, alias Dr. John. Se sentó al piano y tocó su “Such a Night” con puro dialecto New Orleans gumbo ya-ya, cual si fuera el tema de la noche. Llamamos a Paul Butterfield para que nos acompañara “Mystery Train”. Cuando Muddy Waters tocó “Mannish Boy”, Butterfield mantuvo una nota en la canción entera. Respiraba circularmente y no podías oír que tomara aire en la armónica, yo jamás había escuchado nada así antes. Me tomó un momento agarrar fuerza para pararme ante el micrófono y anunciar: “¿Tocan guitarra? Eric Clapton”. Eric entró de lleno en el principio de “Further On up the Road”, y mientras comenzaba a encender la llama de su lira Stratocaster, el tahalí se le zafó y la guitarra se le cayó en la mano izquierda. Tuve que entrar yo para cubrir el solo. Para la segunda vuelta, apoyé sus llamaradas. Tocó otro solo y yo un solo más. Era como poner estacas en la hoguera, una más alta que la otra. Finalmente, Eric incendió el cosmos como solo él sabe hacerlo. Touché. Apenas Neil Young pisó el escenario, comprobé que nadie en Winterland se sentía mejor que él. Su cantar fue de lo más conmovedor en “Helpless”, hermosa canción de su nostalgia canadiense. Cuando Joni en su alta voz de falsetto llegó desde los cielos, mire hacia el frente y vi que el público también buscaba hacia arriba buscando de dónde provenía su voz. Entonces, cuando Joni salió y las luces la alumbraron, parecía brillar entre las sombras. Me sorprendió que entrara al foro y me saludara con un beso. Se miraba totalmente encantadora cuando interpretó “Coyote,” y sonó más sexy que nunca. Tuve que sonreír cuando Neil Diamond se nos unió. En su traje azul y su camisa roja, parecía como un miembro de la familia Gambino. Cantó “Dry Your Eyes”, una pieza que habíamos escrito él y yo aunque no era muy conocida, si bien Frank Sinatra la grabó. Al final se me escuchó gritar: “¡Sí!” Un faro de luz prendió la mitad del escenario y Van Morrison entró. Así es como yo quería presentarlo, sin decir su nombre, para dejar que la gente adivinara. Van había decidido cambiar su vestimenta y suplir el abrigo por un cómodo traje marrón con lentejuelas, algo que cualquier trapecista usaría. Se veía preparado para la acción, pero no sabía yo entonces de qué se trataba. Cuando irrumpimos con “Caravan”, Van abrió su pecho de barril cual Caruso, y sacó el ardor. El teatro enloqueció al tiempo que Van iba gritando “¡Enciende tu rraa-dio!” Se pavoneó por el foro y cada vez que repetía: “¡Una vez más!” soltaba una patada con su pierna o volaba un golpe al aire con sus brazos. Finalmente dejó el micrófono en el suelo e hizo mutis, aún marcando los acentos con su mano sobre la cabeza. Ahora entiendo por qué se vistió como un acróbata. Estábamos galopando en las alturas y pasamos a mis nuevas piezas, “Evangeline” y “The Last Waltz Theme”, precisamente. Para entonces, el show llevaba cuatro horas, pero al tocar la introducción de “The Weight”, la multitud estalló en alaridos como si acabara de llegar. Aún chiflaban y gritaban cuando me pare al micrófono y dije: “Nos gustaría traer a otro gran amigo nuestro”. Bob Dylan entró y la energía del aire se electrificó. Ya pasaba la una de la mañana, pero Bob derrochaba pilas de energía. Arrancamos con “Baby Let Me Follow You Down”, como si nunca hubiésemos perdido un compás desde nuestra primera gira en 1965. Cada uno de los integrantes traía una sonrisa jubilosa en sus rostros, como si estuviéramos reviviendo los viejos malos tiempos de ayer una vez más. Noté un pleito al lado del foro, pues Bill Graham amenazaba con un dedo a alguien. Supuse que Bob le había dado instrucciones a su road manager o a algún otro que no quería que lo filmaran, o que sólo una porción del show podía filmarse, y Bill le estaba haciendo ver al tipo que si se acercaba a una de las cámaras de Martin Scorsese, le iba a romper el cuello. Cuando finalizamos nuestro segmento con Bob, casi todos los invitados estaban unidos uno junto al otro. Le dije que íbamos a terminar el show cantando todos juntos con Richard su tema “I Shall Be Released.” “O.K.”, respondió, “¿Cuándo, ahora?” Me reí. “Simón, vamos a hacerlo ahora”. Todos salieron y se colocaron frente a los micrófonos. Ringo se sentó en el segundo equipo de batería. Ronnie Wood se armó con mi otra guitarra. Bob comenzó con el primer verso, y después todos se congregaron en el coro. Por más glorioso que fuese aquel instante, había una melancolía en todas aquellas voces que se deslizaban como a través de mí, en especial cuando Richard canto el último verso en falsetto con Bob. La canción tomó un significado diverso a este “ultimo vals”. (…) Otra, otra… Bill Graham entró a nuestro vestidor. “Nadie se ha ido”, dijo. “El público sigue allá brincando y gritando. Tienen que salir. Si este es el último concierto de The Band, por el amor de Dios, ¡tóquense una más!” Al oír eso de “el último concierto”, agarré la onda. “¿Vamos?”, les pregunté a mis cuates. “Quizá deberíamos hacer ‘Don’t Do It’ (“No lo hagas”) y quizás así ellos ya no ‘lo harán’ eso más.” “Espera”, Marty me dijo agarrando sus audífonos. “O.K., a ver, todo mundo…”, dijo al micrófono, “tenemos otra, otra…” Cuando salimos de nuevo, la erupción fue ensordecedora. Levon nos escudriñó a todos en el escenario y comenzó: “Uno, dos, tres, ¡uh!” Él y Rick entraron como si fuera la primera pieza de la noche. Richard se unió y Garth añadió maravillas sonoras. La banda –The Band– era una verdadera banda. Nada de cabos sueltos en el cable de alta tensión. Cada quien mantuvo su clase con puñados de generosidad qué ofrecer. “El final de una era”, así es como mucha gente se refirió al concluir el año de 1976. Los sueños de los años sesenta y setenta se habían desvanecido, y estábamos listos para una revelación, una revuelta, un cambio de guardia. El punk rock –y luego, el hip-hop– deseaba darle a la música y a la cultura una buena bofetada en la cara. The Band se hallaba en el cruce de caminos, nuestro sentir era: si no vamos a romper algo, nos vamos a quebrar nosotros mismos. Ninguno deseaba destruir las cosas que amábamos, pero no sabíamos cómo evitarlo. Al término del último coro, sólo estábamos los cinco en el mundo. Sin público. Sin celebración. Sin nadie. Sólo el sonido de the Band repiqueteando en mis orejas. No puede ser el fin de nada. Lo que tenemos no puede morir, no se irá. Alzamos nuestros brazos al aire y agradecimos a la multitud. Me ajusté el sombrero, tomé el micrófono con el poco de la fuerza que me quedaba, y dije: “Buenas noches, adiós.”

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