Guillermo Samperio In Memoriam

jueves, 22 de diciembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El miércoles 14 murió Guillermo Samperio. Me entristecí mucho. De inmediato me vinieron múltiples momentos que convivimos durante varios lustros y me vino la imagen de cómo seguían cayendo las hojas del árbol de la generación a la que pertenezco. En 1973 el poeta Óscar Oliva, director de Literatura de Bellas Artes, creó varios talleres literarios. En cuento llamó a uno insuperable: Augusto Monterroso. Los primeros becarios fueron Guillermo Samperio y mis amigos Luis Chumacero y Bernardo Ruiz. Al preguntarle a Monterroso qué tal era Samperio, de inmediato repuso: “Es muy bueno”. No sólo Monterroso le dio la confianza de que era un notable narrador, sino de seguro su taller le sirvió de gran raíz y vivo modelo para que Guillermo empezara la que sería una prolongada tarea de director de talleres literarios. Él habló así de Monterroso en una entrevista: “Su importancia radicó en dos aspectos: en la definición de mi vocación y en aprender a distinguir en los textos literarios esas partes que quizá no sean importantes en el desarrollo del tema, pero que están tan bien escritas que son un deleitable regalo. Con él aprendí a apreciar la buena prosa y la buena poesía”. Traté a Samperio en las décadas de los setenta y ochenta y parte de los noventa. Fuimos muy buenos amigos, pese a nuestros temperamentos difíciles, pero siempre quitamos las espinas. Era cuestión de salir de las zonas de conflicto, y así lo hicimos. Coincidimos en numerosos viajes y encuentros literarios y en lecturas y en reuniones y en cafés. Sobre todo en los años ochenta se hizo muy buena amistad con narradores de la generación como Hernán Lara Zavala, Luis Arturo Ramos, Silvia Molina y la fallecida María Luisa Puga. Todos admirábamos al cuentista que era Guillermo o Willy, como casi todos en corto le decíamos. A varios, entre ellos a él, nos marcó para siempre el movimiento estudiantil de 1968. Conmigo, salvo pequeñas fricciones, se comportó con gran nobleza. Había tal empatía que aun antes decir las frases ya sabíamos qué iba a decir el otro, y nos reíamos o carcajeábamos. Era amigo de sus amigos, pero a quienes no le simpatizaban, con espléndida imaginación –en la vida diaria o en sus ficciones– los caricaturizaba o les tenía un chiste como flecha envenenada. Nunca dudó que su obra era muy buena y hasta donde tuvo fuerzas hizo lo posible por divulgarla y ser reconocido internacionalmente. Una vez, para un congreso, fue capaz de ir tres días –dos de viaje– a la La Paz, Bolivia. Desde hace mucho no había antología de cuento mexicano en la que no apareciera. Fue también muy traducido, pero el cuento no es atractivo para las grandes editoriales. No sé si valga la pena contar esta anécdota. A fines de los ochenta fui a dar clases a Austria. Sería tal vez febrero de 1989. Vine de vacaciones de invierno de la Universidad de Salzburgo. Víctor Sandoval, quien era director de Bellas Artes, me telefoneó para que nos viéramos. Su relación con Samperio era mala. Desayunamos en el Sanborns de San Ángel. Me ofreció la Dirección de Literatura. Con Sandoval había toda la confianza, era de un tacto extraordinario, y le dije que no por tres razones: una, que me había prometido no tener nunca un puesto de base en el gobierno; otra, que estaba muy a gusto en Austria; y la tercera, que de ninguna manera podía quedar en vez de Samperio, quien lo consideraría un acto de alta traición. Seguimos desayunando. Aun para 2004, Samperio escribió un bello y noble prólogo para una Poesía reunida mía que se publicó en Quebec, Canadá. Después lo vi una o dos veces. Ambos tuvimos la prudencia de no buscarnos. Mejor así. Quedó en mí la excelente imagen que siempre tuve y tendré siempre de él. Escribió diversos géneros, pero ante todo fue un cuentista y un minificcionista de excepción. Sus narraciones, de tan bien hechas, de tan exactamente ligeras, parecen jardines volantes o árboles de aire. Sus rasgos característicos ante todo fueron la imaginación y el humor. La imaginación en sus páginas, que a veces llevaba a un delicioso absurdo, me recordaba a Alfred Jarry, o en el cine, a Woody Allen. Quizá habría tres etapas en su obra: una, en los años setenta, donde sobresale lo político y lo social (Fuera del ring, Miedo ambiente y Lenin en el futbol); luego le interesó la unión de fantasía y humor; y después la vida en la ciudad, sobre todo la nuestra, la Ciudad de México. Aun aseguraba que el término deefeño él lo acuñó. En esto su libro más notable fue Gente de la ciudad. A las mujeres, como en las ficciones de Julio Cortázar y Lara Zavala, o en la poesía de Jaime Sabines, las exaltaba en el goce y las celebraba con la gratitud de ser el nuevo sol de cada mañana. Avezado lector, tanto de prosa como de poesía, era sobre todo un incisivo observador de las personas comunes, de los pobres diablos, a los que estudiaba, y que a la hora de describirlos en sus ficciones les hallaba un giro raro o insólito. ¿Por qué? Él lo dijo: “Es el resultado del humor negrísimo que tengo para ver las cosas. Mis personajes son los antihéroes, los mentecatos, ‘los pendejos de pacotilla’, donde se recarga la jodidez. Como pululan, he querido portarme noble y salvarlos, sacrificándolos, en mi literatura. Cuando era muy joven mis compañeros de escritura querían desarrollar el gran personaje; yo pensé que debían echarse abajo las estatuas”. No sólo el humor negro; en ocasiones tuvo por sus personajes piedad y ternura, ésas que él mismo tenía en la vida real, y que a veces le era difícil ocultarlas. Un gran adiós al amigo. Al escribir estas líneas me doy cuenta hasta qué grado lo aprecié como persona y como autor de ficciones. La mano abierta de su amistad fue una de las muy buenas cosas que me dio la vida.

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