'Au lapin agile”, el cabaret más antiguo de París

viernes, 30 de diciembre de 2016
PARÍS (apro).- La Ciudad Luz permanece suspendida en el tiempo. Sus calles, edificios y bares se detuvieron en una atmósfera elegante y antigua. Una de los barrios más bellos es Montmartre, situado en una colina, en cuya cima se encuentra la emblemática iglesia del Sacre Coeur. Sus hermosas calles empedradas albergan una infinidad de lugarcillos escondidos y especiales, que en algún momento fueron punto de encuentro de intelectuales y artistas. En el número 22 de Rue des Saules, justo en la esquina con Saint-Vincent, hay una clásica casita francesa de dos aguas con una puerta de madera verde, que ha sido cómplice del paso del tiempo. Lo que ha sucedido dentro desde 1860 continúa todas las noches y parece ya una leyenda. Es Au lapin agil (Al conejo ágil). Al llegar, cuesta creer que se encuentra uno frente al cabaret más antiguo de la ciudad. En sus días de mayor esplendor, a principios del siglo XX, en él se reunían pintores que habitaban en el barrio, como Pablo Picasso, Amadeo Modigliani y Henri de Tolouse-Lautrec, así como el poeta Guillaume Apollinaire, y lo había salvado de la demolición el artista y empresario Aristide Bruant, quien más tarde sería retratado en un cartel de Tolouse-Lautrec. Cuentan que ahí se conocieron los músicos Erik Satie y Claude Aquiles Debussy. La entrada cuesta 28 euros --20 para estudiantes-- e incluye una bebida típica de la casa: licor de cereza. Hay que llegar ya cenados, ya que lo único sólido consumible dentro son las frutillas al fondo del vaso, “porque es difícil hacer dos cosas a la vez”, dicen los comensales. El espectáculo comienza todas las noches --excepto los lunes-- a las 9 de la noche y termina a la una de la mañana, pero la gente puede entrar y salir a su gusto entre cada número. Todo sucede en una pequeña estancia que sólo tiene mesas, las paredes --repletas de objetos bizarros-- y un piano. No hay escenario. El público entra y se acomoda en las orillas del salón. Inesperadamente, entre la penumbra del salón, un hombre comienza a interpretarlo, y las personas de una de las mesas centrales emergen con cantos y ritmos al compás (es el resto del elenco). El ambiente es muy rico y natural. Los intérpretes hacen a los asistentes partícipes, y los invitan a cantar el repertorio, que se compone en gran parte de clásicos franceses, desde Edith Piaf hasta Serge Gainsbourg. Por ahí han pasado los más grandes intérpretes como por Georges Brassens y Georges Moustaki. Los ocho músicos-performanceros cantan, y varios de ellos además tocan instrumentos, como el piano, el acordeón y la guitarra. En el espacio caben máximo treinta personas, las cuales disfrutan el espectáculo independientemente del idioma y las canciones. El lugar se nutre del ambiente y la forma de relacionarse de los músicos. Todos son bienvenidos en el lugar cuyo emblema es un conejo escapándose de ser cocinado en una cazuela, dibujo de 1875 del célebre caricaturista André Gill, por lo cual se le llamó “El conejo de Gill”. Au lapin agile es una parada obligada para cualquiera que visite la capital francesa y que quiera descubrir ese bohemio París del cual se enamoraron y donde se inspiraron grandes creadores del pasado.

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