"Un grito de libertad" (Video)

lunes, 5 de diciembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el Reclusorio Varonil Oriente más de 250 internos se reúnen para hacer teatro. De la mano de Arturo Morell experimentan su capacidad de transportarse, de desarrollar sus propios sentimientos en un personaje diferente a ellos y, en el caso de esta obra quijotesca, de compartir un ideal, siendo otros y al mismo tiempo ellos mismos, más allá de la reclusión. Un grito de libertad es una obra de teatro que dirige Morell desde hace muchos años con resultados sorprendentes, a partir del trabajo que desarrolla con los internos de diversos reclusorios. Ha estado en Guanajuato, Morelos y Tlaxcala, entre otros estados, para hacer una interpretación libre del musical El hombre de la Mancha. En el Reclusorio Varonil Oriente se presentan en el Auditorio y dan funciones cerradas para los internos y familiares o abiertas, como en esta ocasión, donde asistimos gente de fuera, para compartir la experiencia. Gracias a la entrega de los participantes y la motivación que consigue el director, es grande el nivel de emocionalidad y compromiso que se vive a lo largo de las dos horas que dura el espectáculo más los comentarios finales. Se crea una fuerte empatía entre los espectadores y los intérpretes donde ya no hay fronteras del adentro y el afuera. El contenido de la obra se potencia en esta representación, pues los actores del presente viven una situación similar que la de sus personajes, en el sentido de la reclusión. En la historia Un grito de libertad, Cervantes es mandado a prisión mientras es llamado a juicio, y los presos que ahí se encuentran le quitan sus pertenencias y lo retan a defenderse y exponer sus razones para poder recuperarlas. Igual que en el musical original, pero con diversas variantes, Cervantes se disfraza del Quijote y convoca a los presos a que adopten los personajes que requieren las historias que él les va contando: el pasaje de los molinos de viento, o cuando es nombrado el Caballero de la Triste Figura o cuando le declara su amor a Dulcinea. El espíritu del Quijote permea la obra y todos respiramos ese anhelo de libertad y de esperanza, esas ganas de luchar por un ideal y soñar con un mundo mejor. Sorprendentemente hay en escena más de 150 personas simultáneamente, y la coreografía y el movimiento están muy bien coordinados. Mientras se encuentran en el escenario, gran parte de los participantes ejecutan una acción en dueto o en pequeños grupos, con la convicción de la importancia de lo que hace. Cada personaje tiene una tarea que realizar o una actitud que adoptar, logrando que la energía se concentre y, sin distracciones, se llegue a la meta. Arturo Morell resuelve la convivencia y ocupa todos los espacios posibles, ya sea en el escenario en los laterales, en proscenio o en pasillos colocados en la pared del fondo. También participan 10 músicos en vivo, colocados fuera de escena, y acompañan a los actores que cantan y bailan a su ritmo. Para cada función, y la previa preparación, se ha invitado a participar a 25 mujeres de Santa Martha Acatitla, las cuales interpretan los personajes femeninos y alternan el protagónico de Dulcinea. El espectáculo convoca, para su realización, a gran cantidad de personas en la producción, la escenografía, el vestuario, la venta de refrescos y golosinas y la organización general, haciendo un evento de gran envergadura al interior del penal. Un grito de libertad no es sólo una obra de teatro, como lo señala el director antes de iniciar la función –y después de invitarnos, junto con los actores, a hacer ejercicios de relajamiento y desprendimiento del exterior– , sino una experiencia de vida. Difícil describirla y compartirla, porque su poder y fuerza se quedan dentro del corazón. Cada quien desde su experiencia vive las aventuras de Don Quijote y su espíritu combativo y esperanzador, se comparte con los otros –sin importar quién está fuera y quién dentro– . La magia del teatro se verifica, y todos al unísono gritamos, desde nuestra trinchera, ¡libertad!

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