'El hijo de mi padre”, sin perspectiva crítica

domingo, 13 de marzo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Al presenciar el monólogo El hijo de mi padre, del prolífico actor Adrián Vázquez, retrato oral de la violencia y la deshumanización del contexto social de Tijuana, uno se da cuenta de que hoy día el espectador ya se incomoda frente a la representación de una realidad voraz sin puntos de vista críticos. Estamos sensibles a esos temas que se han expandido en el país; basta nombrar los estados de Guerrero, Michoacán y Veracruz, así como la zona metropolitana de la Ciudad de México y el Estado de México. Vázquez en el papel del niño Chimino, primera persona del monólogo, se constriñe a describir de manera fiel la crueldad en Tijuana. Sus anécdotas de la infancia ahí abarcan la gama de la violencia: desde la “inocente” golpiza entre amigos de la misma colonia, el acoso físico y psicológico de niños líderes a otros más débiles (bullying), hasta el abuso sexual a niños de parte de adolescentes y el intento de asesinato. El histrionismo del actor emplea un amplio rango de recursos corporales y vocales para interpretar a múltiples personas involucradas en esas anécdotas. En total, son 19 los personajes que Vázquez encarna completamente solo. Y lo hace en un micro espacio de 60 por 90 centímetros. La programación de este unipersonal en La Teatrería, un foro íntimo ubicado en la colonia Roma, se enmarca dentro de un ciclo teatral titulado “Motivos del arte”, en esta ocasión dedicado a cuatro obras representativas del actor originario de Tijuana (en orden de cartelera): Wenses y Lala, Algo de un tal Shakespeare, Los días de Carlitos y El hijo de mi padre. Esta última, hace dos años, recibió elogios del reconocido dramaturgo Jaime Chabaud por sus aspectos formales como la interpretación vertiginosa de Vázquez (http://www.milenio.com/cultura/critica-hijo-padre_0_203379690.html), y en cuanto a su contenido aún no causaba incomodidad porque en Mba se mientras la obra avanza nfltamos atravesando hoy.éxico era impensable la crisis de valores y derechos humanos como la que estamos atravesando hoy. Vale la pena hacerse las siguientes preguntas: ¿Cómo cambia la obra de acuerdo con la realidad? Si la obra reproduce la violencia narrándola sin tonos de denuncia ni crítica, ¿qué tanto contribuye a normalizarla? En la sala de La Teatrería los espectadores exhalan largo y profundo aire denso, los cuerpos se encogen mientras el monólogo crece en intensidad de situaciones de violencia, alcanzando el pico de la catástrofe moral: la muerte. Nadie abandonó la sala pero sí la gente miraba el suelo apartando la mirada del actor.

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