'El arte de la música”

jueves, 24 de marzo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Imprecisa desde el título, la exposición El arte de la música, que se presenta en el Museo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México (MPBA), es un ejemplo del daño que provoca la mercadotecnia museística en el rigor curatorial que debe tener toda institución. Diseñada en su versión original por el Museo de Arte de San Diego en California, Estados Unidos, la muestra es un proyecto llamativo, pretensiosamente extenso y ambivalente, que inserta excelentes obras en una simplista e inexacta interpretación curatorial. Organizada en 2015 por ese museo para celebrar el centenario del Parque Balboa –lugar en el que se encuentra–, la muestra se adaptó en México sustituyendo la ausencia de algunas atractivas piezas, como el retrato en tapiz del compositor Phillip Glass (realizado por el pintor Chuck Close en 2005) y la instalación sonora-interactiva Pared microtonal (2011), de Tristan Perich, con importantes firmas mexicanas. Concebida a partir del interés de explorar intersecciones entre la música y el arte en culturas orientales y occidentales desarrolladas desde la antigüedad al presente, la muestra se estructuró alrededor de tres núcleos temáticos que corresponden a Motivos –figura del músico y naturaleza simbólica de la música con personajes mitológicos–, Social –festividades, rituales, reino espiritual, representaciones cortesanas, danza, escenarios–, y Formas musicales, en donde se incluyen obras que vinculan lenguajes plásticos y musicales. Sumamente débiles como categorías de análisis, estos núcleos no logran establecer diferencias contundentes entre el significado de las obras, y muchas de ellas podrían colocarse en varias secciones, principalmente en las dos primeras. Esta indefinición devela que los criterios de selección de la mayoría se basaron únicamente en la presencia de elementos visuales vinculados con imaginarios musicales. Aun así y a pesar de la incomodidad que provoca el estrecho emplazamiento museográfico, varias de las 124 piezas que conforman la muestra son espléndidas que no merecen ser utilizadas para ilustrar un pretencioso y fallido guion curatorial: La pequeña estatuilla de Apolo proveniente de la antigua Grecia; las elegantes músicas en cerámica de la dinastía Tang (700-750); la indignante Alegoría de la fidelidad marital (1633) de Molanaer; el extraño relieve en cerámica de Toulouse-Lautrec; el imponente mural en cinco paneles de José Clemente Orozco sobre La fiesta de los instrumentos; la emblemática Soprano de Antonio Ruiz El Corcito; la sugerente pintura del interesante pintor Frantisek Kupka; la Caja de música (ca.1953) de Rauschenberg; la divertida e interactiva Trompeta de Beethoven (con oreja) de Baldessari. El tema que trató de abordar la exposición es interesante. La presencia de imaginarios musicales en las artes visuales permite establecer lecturas sobre valores y actitudes humanas que rebasan la referencia musical. Entre ellas: la condición ornamental de la mujer en su relación con los instrumentos musicales; la estratificación social de los instrumentos; el vínculo entre abstracción, musicalidad y espiritualidad; el sentido colectivo de la fiesta.

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