'Canciones del exilio latinoamericano”

martes, 29 de marzo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Cuarenta, cincuenta años… La nostalgia nos cayó de pronto, acumulada, contundente, todo volvía a estar allí: el dolor, la furia, pero también la esperanza, el atisbo de una vida mejor y, sobre todo y en todos, el agradecimiento. Por eso cobraron una dimensión inmensa, enorme, inconmensurable las primeras palabras de Daniel Viglietti, sí, el mismo Viglietti que como otros tantos miles llegó, nos nutrió y ya no se fueron nunca y aquí están y estarán por siempre. Daniel, el mismo de siempre (como lo retrató Roberto Ponce esta semana en Proceso) abrió la boca y de allí surgió lo que será eterno: “México, gracias otra vez”. Sí, otra vez, como hace cuarenta, cincuenta años llegaron, llegamos sabiendo que, como escribiera el poeta guatemalteco Terencio Guillén Corleto, “no es a Roma, es a México a donde conducen los caminos”, y agrega: “Es a México a donde llega el peregrino cansado de buscar dulce reposo, con su bagaje de sueños y tristezas”. Así llegaron de Argentina, Chile, Guatemala, la más ensangrentada, El Salvador --el Pulgarcito de América que dijera Roque Dalton--, de toda esa América Latina que padecía las botas militares. Y aquí, sobrevivientes, pudieron cantar, volver a cantar que era (es) volver a vivir. ¿De qué sirve la rosa sin el canto? Aquí cantamos todos, los de entonces y los que les siguieron, los nacidos allá y los aquí nacidos y/o vueltos a nacer. Por eso es que el recuerdo nos abrumó de pronto y, cabecitas blancas la mayoría, pero cientos, quizás miles de jóvenes también, cantaron y cantamos en pleno Zócalo capitalino las canciones de antes como ahora, en un acto que deberá quedar para la historia y que, entre otros, logró reunir a Anthar y Margarita, quienes abrieron fuego en este acto atinadamente nombrado Canciones del exilio latinoamericano, México ciudad refugio que, con la involucración total de la Secretaría de Cultura de la hoy Ciudad de México, nos convocó el recién pasado domingo 20 de marzo como parte de la XXXII edición del Festival del Centro Histórico. Vinieron después Jorge Buenfil, Mahuel y Délfor Sombra, quienes dieron paso a Daniel Viglietti, a quien siguieron Los Folcloristas, y a éstos, aunándose Eugenia León para cerrar un primer bloque y dejar lugar a los que generacionalmente les sucedieron, personalizado en Hebe Rosel, Guillermo Briseño, Paté de Fua y Artículo 33, artículo amenazante si los hubo. Más, otros más también estuvieron, pero es imposible nombrarlos a todos, pero todos estuvieron y, como dijera Buenfil, hicieron un “amontonamiento” y cantaron todos y todas y nos hicieron cantara a tod@s. Y se entiende entonces, perfectamente, el porqué de las lágrimas de esas señoras ya maduras y de acento sureño y, también, el de los jovencitos y jovencitas que, para su fortuna, no vivieron los horrores de la guerra pero si saben de la muerte del abuelo a quien no alcanzaron a conocer, porque antes lo alcanzó la dictadura. “Yo no canto por cantar” que cantara Víctor Jara, y este domingo en el Zócalo nadie cantó por cantar ni por tener buena voz, sino porque el canto es agua limpia que cicatriza heridas y abre nuevos caminos a la esperanza, a la seguridad de un mundo y un mañana luminosos, con libros, música y sin amos. Si, México, gracias otra vez.

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