Garcilaso de la Vega, otro crespón

martes, 26 de abril de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de su contemporáneo Miguel de Cervantes (m. 22/4/1616), la Primera parte de los comentarios reales, el libro que inmortaliza al Inca Garcilaso de la Vega (m. 23/4/1616) se escribe en dos trancos: Una Primera Parte (1609), dedicada a reconstruir para el lector, y para sí mismo, el pasado indígena a veces aterrador, como cuando se refiere, siguiendo al padre Blas Valera y a Pedro Cieza de León, al canibalismo de los primitivos indios salvajes; y una Segunda Parte, la Historia General del Perú (1617), suma de gestas, luchas, escaramuzas entre las dos razas que culmina con la muerte del caudillo Tupac Amaru. Detengámonos en algún pasaje de los Comentarios reales referente a los primitivos habitantes del Perú. De inicio, hay que precisar que el autor hace una diferencia tajante entre los incas propiamente dichos, y los “salvajes” que les antecedieron en el tiempo. Vale la pena reparar en lo que pareciera el descrédito del autor hacia los primitivos habitantes: en el Libro I, capítulo XII traza una imagen en negros de la “rusticidad antigua”, acentuada por la calificación de los habitantes de “irracionales como animales de diferentes especies”. Se explaya afirmando que “hacían la guerra unos contra otros, usando de sus mujeres e hijas a toda su voluntad, desollaban a los cautivos usando los pellejos como cajas de tambor para [que] oyéndola sus enemigos huyesen”. Insiste en que estos indios salvajes eran “amicícimos de carne humana” y subraya: “Pedro Cieza, capítulo 26, dice lo mismo y lo vio por sus ojos. Los hijos propios habidos en mujeres, extrayéndolos, también se los comían, y a las madres. Se comían a los parientes e hijos de los parientes, y no los perdonaban por el parentesco ni por la crianza […] también a los padres cuando ya no estaban para engendrar […]”. Y concluye: “se comían también a los muertos […]”. Para desconcierto del lector, aterrado ante la orgía de sangre y muerte en el pasado pre-incaico, pronuncia: “y hoy están en lo mismo”.* Al hablar en tiempo presente pareciera contradecirse porque antes se ha referido a “aquella antigüedad”, es decir, a una época anterior al Imperio Inca con la que, insisto, hace en principio una diferenciación tajante. Además, apunta a continuación, en tiempo presente: “Causa risa el traje de ellos…” Es decir, alude a algo visto, algo cercano. El lector se pregunta: ¿se trata de miseria y horrores pasados y abolidos, o vigentes, contemporáneos al autor? Ambigüedad del cronista en la apreciación de la realidad y en la escritura. Por otra parte, las descripciones negativas del indígena, descarnadas y excesivas, inspiradas en el cronista Pedro Cieza de León o en las informaciones del padre Blas Valera, parecieran responder al afán de justificar la conquista, destrucción y apropiación por los conquistadores de un reino antaño libre. Omito algunos detalles grotescos y quiero pensar que tal saña con el pasado “remoto” de los indios se debería a que, siendo el Inca un mestizo acaudalado reconocido por el padre (en su testamento le asigna cuatro mil pesos oro, le declara su amor y reconoce como hijo natural), su lado hispano de hijo de conquistador se imponía sobre la verdad histórica del sometido, del indio. Se imponía su realidad cotidiana: vivir rodeado de jóvenes mestizos como él en calidad de pequeños nobles con preceptores particulares, tales los hijos bastardos de Gonzalo y Francisco Pizarro, sus compañeros de estudios en la infancia y adolescencia. Pertenece el Inca a la primera generación de una nueva nobleza indiana. Pocos años más tarde su padre, Gómez Suárez, se verá obligado a casarse con una española, Luisa Martorel, de la que nacieron dos hijas que murieron jóvenes. A los veintiún años de edad (1560), el Inca viaja a España para no retornar al Perú. Este viaje, voluntario o forzado, muestra de qué lado se inclinaba la balanza: el lado español paterno se imponía sobre el de la madre indígena Chimpu Ocllo, cristianada como Isabel, de sangre imperial y con quien tuvo el escritor una relación entrañable. Se sabe que ya en la Península, años después, en un momento crítico intentó regresar a Indias, sin lograrlo. Fue para su bien, ya que en una etapa de afirmación hispana posterior a la conquista, los mestizos empezaron a ser mal vistos. Con parientes del lado paterno, benévolos y acogedores, Montilla se convirtió en su refugio; la casa de su tío Alonso de Vargas –emparentado con el poeta Luis de Góngora– en morada señorial; posteriormente recibió herencias y legados, lo suficiente para vivir con dignidad entregado al estudio: disfrutó de la frecuentación de algunos hombres doctos, tal Ambrosio de Morales, entre Córdoba y Montilla. A lo que se sabe no sintió el llamado de la religión, se mantuvo seglar y procreó una hija con su sirvienta. No se puede pasar por alto la semejanza con otro nativo de Indias avecindado en España un poco más tarde: Juan Ruiz de Alarcón, nacido en México en el último tercio del siglo XVI de padre español y madre criolla de ascendencia judía; radicado en España desde 1613 y discretamente amancebado con su ama de llaves, Ángela de Cervantes, hasta casi el final de su vida. Tanto él como el Inca Garcilaso fueron escritores entre dos mundos. El teatro de Alarcón, impreso en dos partes (1628,1634) y la crónica del Inca sobre el Perú, también en dos volúmenes (1609,1617), así como La Florida –que narra la conquista por Hernando de Soto, a partir del informante Gonzalo Silvestre– ostentan, inevitablemente, la huella de esa dualidad. Me aventuro a especular que en el curso de los años montillenses el Inca pudo haber recibido la visita de otro ingenio, Miguel de Cervantes, quien tras el cautiverio de Argel (1575 a 1580) y el breve encierro en la cárcel de Sevilla (fines de 1598- abril de 1599) deambuló casi 18 años por la que se conocía como la “parrilla de Andalucía”, cumpliendo su función de recaudador de abastos (cereales y aceite) para la Armada Invencible de Felipe II y luego, tras la derrota de ésta en 1588, como recaudador de impuestos para la Corona. Años en que escribe sus loados entremeses, cuando bien pudo haber conocido a La Camacha, famosa bruja de Montilla, y a sus secuaces (la Cañizares o la Montiel) mencionadas en El coloquio de los perros. Además de haber sostenido conversaciones sabrosas con el escritor peruano retirado en Montilla. Vaya esto como una mera suposición. Ambos fallecerían en el mismo año de 1616. Cervantes, en Madrid, el 22 de abril, es enterrado el 23, fecha en que, en Montilla, muere el Inca Garcilaso. Don Miguel, tras haber redactado cuatro días antes de su muerte la dedicatoria, al Conde de Lemos, de Los trabajos de Persiles Segismunda. El Inca, en su retiro solariego, hasta donde se sabe. Dos ingenios, “dos soles”, para decirlo al modo de la época, se ocultaron en la España de Felipe III, poco antes de que Felipe IV ocupara el trono, en1621. Reina éste largos 44 años. El tiempo de los grandes escritores del Siglo de Oro empezaría a declinar. Calderón de la Barca sobrevivirá hasta 1680, dejando dispuesto que a su muerte se digan dos mil misas y repiquen las campanas de toda España. Es de dudar que Cervantes o el Inca hayan tenido responsos semejantes. l * Académica de la UNAM __________________________ * Inca Garcilaso de la Vega: Comentarios Reales. I.- Pról., ed. y cronol. de A. Miró Quesada, Perú, Biblioteca Ayacucho, T. 1, XLIV+275 pp.Ed. Digital, no. 5 Todos los entrecomillados remiten a la p. 32.

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