Cervantes, 400 años: Una biografía del autor de El Quijote

miércoles, 27 de abril de 2016
GUANAJUATO, GTO.- El 7 de noviembre de 1987 se efectuó la ciudad de Guanajuato un Coloquio Cervantino Internacional dentro del Festival Internacional Cervantino. Ahí el escritor y periodista asturiano Juan Antonio Cabezas, presidente de la Sociedad Cervantina de Madrid, autor de la biografía Cervantes, del mito al hombre y uno de los 28 ponentes en el encuentro, dio a conocer a través de Proceso un fragmento de ella, el referido a los últimos momentos del escritor. Redactor del diario ABC de Madrid, prisionero durante la guerra civil y condenado a muerte en dos ocasiones por el franquismo a causa de su información como corresponsal de guerra en el frente republicano, Cabezas, de 87 años, dice que la biografía, realizada a principios de los 60, pronta a aparecer en la URSS y publicada en Monte Avila de España, no se consigue en México. Se reproduce enseguida el fragmento final. La muerte de Cervantes No ha sido así, no hay duda de que el trance final se aproxima Cervantes bebe y bebe, sin poder saciar aquella sed. ¿Para qué privarse ya, si va a morir de todas maneras? Él no lo sabe, pero en un momento cualquiera puede producirse el coma diabético. Desde el regreso de Esquivias apenas se levanta del lecho. Le duelen las articulaciones, se marea. A tal grado han llegado su debilidad y decaimiento. Sólo conserva clara la inteligencia. El lunes 18 de abril, las personas que asisten a Cervantes lo ven en tal estado de gravedad que deciden dos cosas: ante el escribano, su vecino y casero, hace el testamento. El documento desapareció con los protocolos del citado escribano. Los eruditos hablan de él, pero no lo encontraron. Y el capellán de las Trinitarias, don Francisco Martínez, el hijo del escribano que vive en la misma casa y es amigo de Cervantes, le administra la extremaunción. Aquel pareció ya el último día. Pero no, aún vivirá cuatro días más. El 20 de abril Cervantes amaneció más aliviado. Una de esas traidoras alternativas de la enfermedad. Doña Catalina, el padre Martínez, cuantos se acercan a su lecho, están asombrados de su resistencia y fuerza de voluntad Antes del mediodía, sobreponiéndose a sus dolores y turbaciones, pide de nuevo su pluma y una escribanía para apoyar el papel. ¿Qué va a escribir Cervantes? lo que tanto ha deseado. La dedicatoria del prometido Persiles al conde de Lemos. ¿Cuál es su estado de ánimo? El mismo nos lo dice en esas dramáticas líneas, en esas agradecidas palabras tan llenas de nobleza. Las últimas que redactara su mente y trazara su mano. Digno colofón de una vida ejemplar y una obra que iba a alcanzar la más amplia y perdurable universalidad. La carta dedicatoria es la escena final de un drama, del que Cervantes es a la vez autor y protagonista. Ya sabe que nada de esto verá él impreso, como verá su Persiles. En el centro del pliego escribe una palabra: “dedicatoria”, y a continuación el nombre de don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, seguido de todos los demás títulos del mecenas. Después, el dramático texto de la carta-dedicatoria, que empieza así: Aquellas coplas, coplas antiguas que fueron celebradas en su tiempo, que comienzan: puesto ya el pie en el estribo, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta ni epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar diciendo: Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo. Hace falta mucho valor, mucha alma y mucho humor del más negro. Hace falta ser Miguel de Cervantes para hacer una parodia con la propia tragedia, para escribir de cara a la muerte, a sólo unas horas del último aliento, esa carta-dedicatoria. Después de la copla, el texto continúa en los siguientes términos de sinceridad y dramatismo: “Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir. Después de unos párrafos de alabanzas al de Lemos, vuelve a la realidad presente: “Pero que esta decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos”. Y aún vuelve a hablar de sí mismo, de las novelas que en la fantasía se llevó al otro mundo: “Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de semanas del jardín y del famoso Bernardo: si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá y con ellas el fin de La Galatea, de quién se está aficionando vuestra excelencia, y con estas obras continuando mi deseo. Guarde Dios a vuestra excelencia, como puede. De Madrid, a diecinueve de abril de mil seiscientos dieciséis años.” Miguel de Cervantes trazó al pie de este su último escrito la última firma que hecho en este mundo. Allí firmaba Cervantes sus arraigadas creencias y su filosofía del más auténtico y humano estoicismo. Una especie de cristiano senequismo y una conformidad humilde con todo lo que de él haya dispuesto la providencia divina parece ser la actitud espiritual de sus últimas horas. Poco después empezaron unas angustiosas disneas, que duran los tres días que vivió.

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