Ingresa Sara Poot a la Academia de la Lengua

jueves, 12 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Con un discurso sobre la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, de la cual es especialista, la investigadora Sara Poot (1947) ingresó hoy como miembro correspondiente en Mérida, Yucatán a la Academia Mexicana de la Lengua (AML). La Universidad del Claustro de Sor Juana fue la sede donde pronunció su alocución, la cual fue respondida por otra sorjuanóloga, la narradora Margo Glantz, en un presídium integrado por sus colegas Felipe Garrido –director adjunto de la AML– y Adolfo Castañón, ensayista y poeta. Enfocada en la literatura novohispana y mexicana contemporánea, Poot fue electa el 23 de enero de 2014 como integrante de la Academia y propuesta por Javier Garciadiego, Fernando Serrano Migallón y la propia Glantz, por “sus aportaciones a las letras y su trabajo permanente en la difusión de la cultura nacional más allá de las fronteras”. Investigadora y profesora de español y portugués en la Universidad de California en Santa Bárbara, donde también es cofundadora y directora de UC-Mexicanistas (una asociación de especialistas en estudios mexicanos en esa institución), la yucateca viaja de manera constante a Mérida, de ahí que se diera el nombramiento por la institución en ese estado. Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara, se doctoró en literatura hispánica en El Colegio de México. Entre sus reconocimientos destacan premios como las medallas Literaria Antonio Médiz Bolio (2000), Héctor Victoria Aguilar (2008), Yucatán (2009) y Enrique Díaz de León (2009). A continuación se presenta un breve fragmento del discurso de ingreso esta noche, que incluyó un repaso histórico de las figuras de las letras yucatecas que aportaron conocimientos para evaluar y entender la obra y la vida de la “décima musa”. Entre monjas nuestra monja, la gran monja De particular interés es ver la firma de Sor Juana Inés de la Cruz entre las firmas de otras monjas en San Jerónimo. Se trata del 18 de diciembre de 1686 cuando en San Jerónimo se da el voto y se hace el juramento a la Purísima Concepción, que repercutirá en acciones y escritos posteriores y postreros de Sor Juana. Asiste toda la comunidad a la ceremonia y todas las monjas firman. Después de la firma de la priora y de la vicaria, hay 85 firmas. La de Sor Juana es la número 62. La suya es una más entre otras: ningún protagonismo. A partir de ese día, las monjas profesarán no con cuatro votos, sino con cinco; el quinto, a la Purísima Concepción. Las monjas que han profesado pueden ratificar la profesión considerando este voto. Lo hace Sor Juana en documentos que fecha en febrero y en marzo de 1694, documentos que van cercando el halo de sus poemas humanos, votos que la acercan al final de su vida. Si el 24 de febrero de 1669 protestó como monja jerónima de coro y velo, el 8 de febrero de 1694 con su sangre ratificó su voto y reiteró su defensa de la Inmaculada Concepción. Si el 18 de diciembre de 1686 votó y con otras 86 firmas monjiles juró por la purísima Concepción, el 17 de febrero de 1694 ratificó su voto y explicó doctamente su voto. Si el 24 de febrero de 1669 firmó con su nombre el acta de profesión, el 5 de marzo de 1694 firmó de nuevo con su sangre, ratificó (“nueva protestación”) y reiteró su voto por la Inmaculada Concepción de la Virgen. Fue su Protesta que, rubricada con su sangre, hizo de su fe y amor a Dios […], documento con que clausuró veinticinco años de su profesión religiosa “al tiempo de abandonar los estudios humanos para proseguir, desembarazada de este afecto, en el camino de la perfección”. Si en febrero de 1668 solicitó el hábito de bendición para ser recibida por la comunidad conventual y tuvo que transcurrir un año para profesar, una vez pagada la dote, en su Petición, que en forma causídica presenta al Tribunal Divino […] por impetrar perdón de sus culpas [sin fecha] expresó su deseo de volver a “tomar el hábito y pasar por el año de aprobación”, ofreciendo como dote para hacerlo “las limosnas” recibidas y le pidió al Sacramento que fuera recibida por “la Comunidad celestial”. Eso fue entre 1694 y 1695. La hermana Juana cumplió ese año como la mejor y el 17 de abril de 1695 entró y para siempre en dicha comunidad. Se había estado despidiendo del mundo y lo hizo repitiendo el rito de profesión, como lo hizo al llegar a San Jerónimo. Su renuncia (me parece, lo repienso) no fue debido a presiones externas (¿cuáles?), que sería debilitar la imagen de una Sor Juana fuerte, valerosa, incansable. Creo que –histórica, cambiante– desde el convento participó en la publicidad del siglo y desde el convento se retiró después. Sólo puedo imaginar el cambio desde lo más profundo de sí misma. Se quedó sin sus libros, firmó con sangre su renuncia y le puso un anillo a los veinticinco años de cuando “nocturna mas no funesta” se dio tiempo de argentar la palabra y de, como intelectual, reflexionar sobre “las rateras noticias de la tierra”. De las 87 religiosas presentes el 18 de diciembre de 1686, en el Voto y Juramento de la Inmaculada Concepción, cuatro murieron a principios de 1695. Ese año San Jerónimo se vistió de lujo con la muerte de siete religiosas (una murió en enero; dos en febrero; una en marzo; tres en abril). Lo mismo había sucedido en 1691, año en que murieron ocho religiosas. Entre las siete monjas muertas en 1695 estaba Sor Teresa de San Bernardo, quien había profesado un año antes, “la ‘benjamina’ le decían, por haber sido una joven religiosa, a la que la madre contadora le enseñó a cocinar potajes de miel”. Sor Juana murió el 17 de abril. Vio venir su muerte. ¿La buscaría? Se había encargado de su propia frase lapidaria: “AQUÍ arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año… Yo, la peor del mundo. JUANA INÉS DE LA CRUZ”. La pena de su muerte se selló en el convento de San Jerónimo, el claustro desde donde Sor Juana Inés de la Cruz se asomó a las estrellas, al cuerpo y sus humores, y vio venir la sombra fugitiva y despertó con el mundo iluminado de su poesía. San Jerónimo, donde escribió “un papelillo que llaman el Sueño”. Nuestro viaje con Sor Juana es un nuevo intento de marcar el transcurso de su vida, no de modo lineal sino haciendo una especie de idas y vueltas entre las coordenadas espaciales y temporales donde tuvo lugar el nacimiento de la poesía y la prosa novohispana más trascendental de todos los tiempos. Eso fue hace 321 años. Y aquí estamos. No como si hubieran pasado trescientos o doscientos o cien años, ni siquiera 3, ni 2 ni 1. Pero estamos en 2016 y urgidos por un coro de investigadores que vayan quitando velos para descubrir si no originales de la obra de Sor Juana (¡tiene que haberlos!), sí de su tiempo y entender cómo fue para interpretarlo desde hoy, cuando hemos visto que Sor Juana perteneció a varios mundos y fue cambiando hasta apagar las luces de su celda.  

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