'Signos de vida y rebeldía”, documental sobre Gloria Contreras

jueves, 12 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A Gloria Contreras (1934-2015) se le conoce como bailarina, coreógrafa y pedagoga, pero sus facetas como directora y gestora de su compañía de danza neoclásica, el Taller Coreográfico de la UNAM que ella fundó en México en 1970, no habían sido reveladas hasta la producción del documental Signos de vida y rebeldía. Este se proyectó en el marco del Día Internacional de la Danza (DID) organizado por la UNAM en Ciudad Universitaria. Tales facetas de la autora de Huapango (1958) --una de sus coreografías clave con la emblemática composición de José Pablo Moncayo-- estuvieron definidas por una sensación de rechazo que ella sentía cuando regresó a México a finales de los sesenta, luego de una larga estancia de formación en Nueva York, pues la danza mexicana de aquella época aún estaba determinada por ideales estéticos conservadores. Al mismo tiempo, el documental transmite la manera en que ella resistió al rechazo: una suerte de exilio artístico de 45 años dentro de la UNAM que dedicó a realizar funciones de danza neoclásica didácticas para los estudiantes y el resto de la comunidad universitaria como académicos y trabajadores. Por dicha labor educativa en la danza, Contreras obtuvo los reconocimientos de la propia universidad, que le otorgó el Premio Universidad Nacional en 1995, y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2005, distinción del entonces gobierno de Vicente Fox que motivó en 2010 la realización del filme a cargo de Arturo Ripstein, producción; Julián Hernández, guión y dirección; Alejandro Cantú, fotografía; Arturo Villela Vega, música, y Emiliano Arenales Osorio, edición. El documental aborda su personalidad artística. Puede observarse en los encuadres rasgos de una genuina obsesión por mantener la relación con su propio cuerpo con ejercicios específicos, música y lecturas. La práctica de escuchar al cuerpo se la promovió su padre desde que era una niña al darle en casa el espacio sin restricciones de tiempo para improvisar movimientos con discos de compositores clásicos y contemporáneos, europeos y mexicanos, según se cuenta en la película. Las imágenes la proyectan como una directora escénica regida bajo la ética de la honestidad como el más alto valor de un intérprete de danza neoclásica. Ella solicitaba a la bailarina o al bailarín, de acuerdo con algunas escenas del documental, la interpretación verosímil que provenía de las tensiones musculares o emocionales acompañadas de imágenes internas, como si la danza emergiera por la conexión del cuerpo con el imaginario. No mentir al público era su mandamiento y era implacable al respecto. De hecho, en varios momentos íntimos del filme puede vérsele durante ensayos manejando las defensas de las bailarinas, quienes buscaban la veracidad solicitada pero ésta no les era fácil de hallar. La secuencia de las tomas elegidas por el director del documental sintetiza su carácter: Gloria Contreras era una mujer intensa y desafiante. Desde esos rasgos proponía al otro autoanalizarse y crecer. Julián Hernández estuvo a su lado durante cinco días para la filmación en la sede del Taller Coreográfico de la UNAM, ubicada en los salones de danza de la planta alta de la Sala Miguel Covarrubias, y absorbió las improntas de la personalidad guerrera de la artista traducidas a narración visual. El documental se proyectó en la sala de cine Carlos Monsiváis del Centro Cultural Universitario en ocasión de rendirle homenaje póstumo durante la conmemoración del DID 2016.

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