Youth

viernes, 13 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Al pie de los Alpes, en un hotel suizo de lujo, un par de viejos amigos octogenarios pasan sus vacaciones veraniegas; Fred (Michael Caine), compositor célebre, se declara retirado de la música y rechaza sin cortapisas una demanda de la reina de Inglaterra para tocar su obra más conocida; mientras que Nick (Harvey Keitel), importante director de cine, prepara el guion de una película. Además de Lina (Rachel Weisz), hija y asistente de Fred, los rodea una galería fascinante de personajes, desde una miss Universo hasta un voluminoso Diego Maradona. Youth (Italia-Suiza-Francia-Reino Unido, 2015) acumula al exceso las obsesiones del oscarizado Paolo Sorrentino (La Grande Bellezza); composiciones plásticas de movimientos y poses un tanto artificiales de los protagonistas como si fuesen piezas de museo, escenarios ostentosos compuestos de montañas, piscinas, espacios arquitectónicos, cuerpos desnudos o vestidos estrafalarios; todo salpicado de sueños coreografiados operísticamente, ya sea en el paisaje suizo o en la Plaza de San Marcos inundada por aguas muy cristalinas. Dicho de esa manera, el derroche de estilo suena exasperante y da razón a los detractores del director; bien mirado, sin embargo, el virtuosismo de Sorrentino seduce por su alcance artístico y por un logro, paradójico, de equilibrio, clásico, en sentido escultórico. Las imágenes permanecen en la mente del espectador, y eso es lo que irrita un tanto, la sujeción a una estética que podría pasar por reaccionaria. Pero si se concede que el director es capaz de mostrar algo más que una reelaboración de Fellini, refinado para consumo, se puede apreciar que el equilibrio proviene de un código de contrastes que es pura marca Sorrentino. De la misma manera que en La grande belleza la fealdad lucía como valor y objeto de conocimiento, en Youth, juventud, es la vejez la que se impone como forma de conciencia. Fred y Nick, uno negando y el otro despidiéndose, son monumentos vivientes que pretenden asumir la edad desde sus plataformas respectivas, pero se engañan: Fred explica el olvido, consecuencia de la edad, con figuras auditivas, y Nick lo hace visualmente, con un telescopio invertido. Admirada y envidiada, la juventud remarca la decrepitud. Quizás el aspecto más importante de Youth es la fuerza de los personajes a los que el elenco otorga lo mejor de sí mismo; Michale Caine provoca admiración con el manejo de decadencia y grandeza que imprime a un artista que se siente abandonado por su musa; junto con Keitel, la amistad de sesenta años, profunda y llena de recovecos, es totalmente verosímil. El duelo entre el mismo Keitel con Jane Fonda –magnífica es su caricatura de diva de Hollywood–, valdría toda la película. Código de afinidades electivas y personajes fuertes funcionan dentro de una narrativa bien armada, que casi trasciende el estetismo, y que más que a Fellini, o a la seducción del encanto de la burguesía Youth, evoca el universo de La montaña mágica, con episodios muy disfrutables de la búsqueda del tiempo perdido.

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