El "edificio H" y el desamparo del Espacio Escultórico

domingo, 15 de mayo de 2016
En este artículo, nuestra colaboradora y crítica de arte aúna la investigación histórica con entrevistas a funcionarios de la Universidad Nacional Autónoma de México y pone de manifiesto la naturaleza de las contradicciones que envuelven al sitio artístico privilegiado en Ciudad Universitaria, inaugurado en 1979, que hoy es motivo de polémica por la construcción cercana del edificio H. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Lo que inició en febrero de este año como una pertinente denuncia y atrevida solicitud firmada por 100 importantes protagonistas de la escena nacional e internacional de la arquitectura y las artes visuales, se ha convertido, en sólo tres meses, en un lente de aumento que delata la inconsistente administración del Patrimonio Mundial, del Espacio Escultórico y de la reserva territorial de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que caracterizó el segundo periodo del rectorado de José Narro Robles (2011-2015). Ubicado en el área definida como Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel en la UNAM (REPSA) y, sobre todo, dentro de la zona de protección o amortiguamiento que estableció la UNESCO cuando declaró, en 2007, al Campus Central de Ciudad Universitaria como Patrimonio Mundial, el Espacio Escultórico fue alterado en su visual oriente por la construcción del edificio H de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS). Vertical, de siete pisos, totalmente blanco y emplazado en una de las partes más altas del terreno de la facultad, el edificio, aun cuando no está dentro o sobre el enorme macizo de lava que conforma el Espacio Escultórico, sí invade, a pesar de la distancia de aproximadamente 300 metros, la percepción visual y emocional que provoca la espléndida obra de arte paisajístico. A finales de enero de este año, a sólo unos días de que se realizara en la Ciudad de México la Feria internacional de Arte Contemporáneo Zona Maco, el artista Pedro Reyes se dio cuenta de la presencia del edificio H: “Estaba paseando a un grupo de alumnos internacionales y vi el edificio. Lo primero que hice fue invitar a críticos, sobre de todo de arquitectura como Miquel Adrià, Alejandro Hernández, Fernanda Canales. Vimos que cualquier solución cosmética debía ser rechazada y la reparación implicaba recortar cuatro pisos al edificio H.” La importancia del hecho encontró eco en importantes creadores, coleccionistas, galeristas, curadores y promotores del arte contemporáneo que se encontraban en México por la feria y, a principios de febrero, publicaron en el portal www.change.org bajo la denominación Salvemos el Espacio Escultórico, una carta pública en la que se planteaba la importancia de la obra, se denunciaba el daño que ocasionaba el edificio H, y se solicitaba la demolición de cuatro pisos del inmueble. Dirigida al doctor Enrique Graue como nuevo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, a Rafael Tovar como secretario de Cultura, a Francisco López Morales como director del Patrimonio Mundial del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y a Nuria Sanz como directora y representante de la Oficina de la UNESCO en México, la petición encontró rápidamente el apoyo de numerosos ciudadanos provenientes de distintos campos de la creación y el conocimiento. Teniendo un sitio de Facebook como plataforma de comunicación, la iniciativa se fortaleció con los testimonios de universitarios de la Facultad de Ciencias que, desde 2015 y organizados como Pro-pedregal Ciencias, habían manifestado a través de varias cartas públicas dirigidas a instancias de la UNAM vinculadas con la administración y estudio de la REPSA, su preocupación por el impacto ambiental que podían ocasionar las aproximadamente 14 obras que se estaban realizando, entre ellas, el edificio H. Fragilidad de origen Desde su origen, el Espacio Escultórico ha estado vinculado con problemáticas del entorno ecológico. Concebida en 1977 e inaugurada en 1979, la obra formó parte del proyecto del Centro Cultural Universitario que impulsó el rector Guillermo Soberón (1973-1980) a través del entonces Coordinador de Humanidades, Jorge Carpizo. Según narra el doctor Jorge Alberto Manrique, quien en esos años era director del Instituto de Investigaciones Estéticas y miembro del equipo de apoyo teórico del Espacio Escultórico, la unidad cultural se planeó como solución a la preocupación por la posible invasión de los terrenos exteriores de la universidad, “en ese momento las gentes ponían casas en terrenos vacíos y, si se metían en la UNAM ¿quién los iba a sacar?, los policías no podían entrar”. Resultado de decisiones unánimes de seis escultores de trayectorias reconocidas que formaban parte de la comunidad universitaria –Mathias Goeritz, Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Federico Silva, Hersúa y Sebastián–, el Espacio Escultórico, según el planteamiento que hizo Carpizo a Soberón, se levantaría “en plena integración con el paisaje, del cual haría el mejor de los usos posibles, considerando esas áreas, en sí mismas, como un espacio estético privilegiado” (Jorge Carpizo en Centro del Espacio Escultórico, UNAM/Coordinación de Humanidades, 1978). Conformada por un círculo de lava de aproximadamente 100 metros de diámetro enmarcado con 64 prismas triangulares, la obra, a pesar de su espectacularidad estética y artística, nunca fue promovida por la UNAM para protegerla con una declaración de Monumento Artístico Nacional que inhibiera cualquier alteración a su identidad material y simbólica. Administrado por la Dirección General de Patrimonio Universitario, el Espacio Escultórico, en su integración con el paisaje, no ha contado, por lo menos hasta abril de 2016, con una instancia universitaria que lo proteja y regule en su expansión visual. Ubicada en la zona de amortiguamiento que establece la declaratoria del Campus Central como Patrimonio Mundial, la obra podría haber sido custodiada por el Subcomité de Preservación, Desarrollo y Mantenimiento del Patrimonio Inmobiliario del Campus Central de Ciudad Universitaria ya que, con base en las Directrices Prácticas para la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial 2008 y 2015, en el apartado dedicado a la Zona de Amortiguamiento, se establece que: “Aunque las zonas de amortiguamiento no suelen formar parte del bien propuesto, cualquier modificación de la zona tapón de amortiguamiento realizada con posteridad a la inscripción del bien en la Lista de Patrimonio Mundial tendrá que obtener la aprobación del Comité del Patrimonio Mundial.” Tomando en cuenta que el edificio H de la FCPS se encuentra en esa zona de amortiguamiento, ¿por qué el Subcomité Central se mantuvo en silencio? Entrevistado en la Facultad de Arquitectura, su director Marcos Mazari, quien además de ser especialista en arquitectura de paisaje también es miembro del Subcomité Central desde 2013, comenta: “Nuestro trabajo se abocó directamente a la conservación del campus central de Ciudad Universitaria (CU) porque el objeto de la declaratoria es el campus central.” Insistente en señalar tanto los cambios de valores culturales y arquitectónicos que ha tenido la universidad en su devenir histórico como la implementación de nuevas instancias para proteger el patrimonio, explica sin tomar en cuenta que el pasado en referencia es sumamente reciente: “Se consideraba que las zonas de reserva territorial que no afectan la zona de reserva ecológica son zonas para construcción de edificios para educación o investigación.” –¿Hay algún documento que podamos revisar sobre los protocolos de construcción, o un plan maestro en el que ustedes se basan correspondiente a la gestión del exrector José Narro? –Está la Dirección General de Obras. Pero la respuesta es muy sencilla: En el área de reserva territorial es permisible construir, en las áreas de reserva ecológica no está permitido. Con una altura mayor que el común de los edificios que se encuentran fuera del Campus Central, y un diseño arquitectónico carente de toda propuesta sobresaliente realizado por el arquitecto y exfuncionario de la UNAM, Raúl Kobeh Hedere, el edificio H exige información sobre su construcción. Al respecto, Mazari comenta que el diseño del proyecto arquitectónico se otorgó por asignación directa, y que la ubicación en una de las zonas más altas del terreno de la FCPS se debió a inconvenientes que presenta el suelo en esa zona: Una construcción previa “tuvo un problema muy grave de cavernas debajo del edificio” que incrementó “increíblemente” el costo. Una aseveración que se contradice con la opinión de la coordinadora del Programa Universitario de Estrategias para la Sustentabilidad, Mireya Ímaz que, en entrevista, señaló que el suelo del entorno ecológico de la UNAM es muy estable. Mientras los firmantes de Salvemos el Espacio Escultórico han asumido actitudes sumamente comprometidas tanto con la sociedad como con la universidad –inclusive el artista emérito Felguérez, uno de los creadores del Espacio Escultórico, afirmó en entrevista que “O baja la altura del edificio H o baja el prestigio de la universidad”–, ni la Secretaría de Cultura, ni la UNESCO, ni ICOMOS han manifestado públicamente su postura. En lo que corresponde a la comunidad de la UNAM, el pasado 19 de abril alumnos y profesores del prestigiado Taller Max Cetto de la Facultad de Arquitectura dirigieron a Mazari, en su carácter de director de la facultad, una carta con 301 firmas en la que, después de confirmar que la integridad del Espacio Escultórico fue dañada y que la “UNAM tiene el compromiso ineludible de proteger su propio patrimonio artístico”, exigen no sólo su derecho a participar en las decisiones sino que, también, solicitan que el director Mazari asuma “un papel activo” sobre la agresión al Espacio por la construcción del Edificio H, “pues trascenderá, ya sea por tomar una postura crítica, característica de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, o por eludir la polémica que conlleva un asunto de semejante importancia”. Para los integrantes de Salvemos el Espacio Escultórico, la demolición de los cuatro pisos del edificio H implica la aceptación y reparación responsable de un error. Mazari, además de aceptar y retractarse sobre el hecho de que la construcción del edificio H fue un error (“Sí se cometió un error”, “No, yo no dije que fue un error”, señala en entrevista), definió la problemática como una oportunidad: “Creo que sí es importante tomar en cuenta otros factores antes de llegar al factor demoler o no demoler. Entre ellos, el presupuesto público, “la parte jurídica y la parte social”. Esta última vinculada con la misión educativa de la UNAM. Como respuesta a la polémica ciudadana que inició el pasado 2 de febrero, el doctor Enrique Graue estableció el día 23 del mismo mes, un Comité para la Sustentabilidad de los Espacios Universitarios integrado por siete funcionarios universitarios –entre ellos Mazari–, y tres profesionales externos. Sin llegar a una resolución del problema, el 25 de abril se canceló este Comité y se anunció la creación de otro Comité para las Intervenciones Urbanas, Arquitectónicas y de las Ingenierías en el Campus Ciudad Universitaria y los campi de la UNAM. En lo que corresponde a las inquietudes de la comunidad universitaria del Taller Max Cetto, Mazari informó que se van a construir “procesos para mitigar el daño que se causó”. Al respecto, el artista internacional Pedro Reyes comentó: “Sería mejor que lo dejaran como está. La volumetría no se puede mitigar. La mitigación sería un monumento a la negligencia.”

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