"Lo que queda de cielo"

lunes, 16 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Para celebrar los 15 años de Cielo, le han preparado una gran fiesta de cumpleaños y su madre y su enamorado la esperan, admirando su vestido puesto sobre un maniquí. La situación está planteada para contarnos una historia sórdida con tintes de humor negro y un misterio que se va develando poco a poco. Lo que queda de Cielo es la obra de Camila Villegas, dirigida por Aída Andrade, en la que nos acercamos al grave problema de la trata de personas, que se ha vuelto un negocio altamente redituable, donde las mujeres se vuelven esclavas y se degrada la dignidad humana. Frente a esta aberrante problemática, la autora la aborda, con buenos resultados, de una manera personalizada sin caer en la nota roja o en un gran melodrama. La historia, contada a cachos a partir de las preocupaciones de cada personaje, nos va dando luz del mundo en el que están inmersos, y la forma en que se pasa de la inocencia a la complicidad. La posición de los personajes nos invita al cuestionamiento de los principios éticos de los que ellos carecen: la madre desea una mejor vida para su hija; su enamorado, tener el dinero suficiente para irla a buscar; y Don V, el más cínico de todos, dejarle un buen negocio a ella. La dramaturgia acierta al convertir al personaje protagónico de la historia en el gran ausente, marcando su presencia a través del maniquí que porta su vestido de XV años. En la propuesta de dirección, todos giran alrededor de ella: le hablan, la acarician, le juran y perjuran, para así conocer sus anhelos y desventuras. La directora, con eficacia, hace un reajuste sintetizando la historia de seis personajes en tres: Doña Cirila, Tony y Don V; aunque el que la madre represente, en la segunda parte, a otro personaje, confunde al espectador. Los personajes en Lo que queda de Cielo no son puros y la autora nos muestra sus contradicciones y los cuestionables caminos que utilizan para conseguir sus objetivos. El romántico de Tony se convierte en hábil padrote, y a la madre se le revierten sus “buenas intenciones” dejando al descubierto las ventajas que le proporcionan. El antagonista definitivo es Don V, un hombre sin escrúpulos al cual no hay manera de salvarlo (en el texto original su debilidad se muestra a través del vínculo con su hija). Las interpretaciones de María del Carmen Félix, Mauricio Montes y Raúl Aranda-Lee tienen fuerza y versatilidad. El problema surge en la caracterización excesiva como norteños, con lo que pierden, un tanto, la singularidad de cada uno. Alternan funciones Elsy Jiménez y Eliud Gómez. Siendo una puesta en escena rústica, el movimiento escénico es ágil y certero. La poderosa imagen del maniquí magnifica el contraste de lo sórdido con la ilusión del vestido de XV años. La autora desarrolla la historia de manera fresca, con diálogos dinámicos y humorísticos, lo cual es un logro frente a lo trágico de lo que se está planteando. La obra parte de notas periodísticas sobre el caso de Tenancingo, en Tlaxcala, donde la trata de mujeres se ha convertido en un negocio familiar. La autora propone que esta historia podría estar sucediendo en Tlaxcala, en Iztapalapa o en cualquier ciudad fronteriza, para dar por sentado que es una práctica generalizada en nuestro país. Lo que queda de Cielo es un título abierto que sugiere la concreción del personaje ausente, Cielo, y la metáfora sobre la minúscula esperanza que nos queda frente a esta realidad. La obra, que se presentó hace un par de años en el Foro Shakespeare, ahora da funciones martes y miércoles en el Foro A Poco No.

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