Joyce DiDonato, lúdica, grata y señorial

lunes, 9 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un por demás alegre y desenfadado único concierto presentó la diva estadunidense Joyce DiDonato en Bellas Artes. Precedida por su muy merecido prestigio como cantante, que hizo exclamar a Jake Heggie de Gramophone, “Joyce canta y el mundo es de pronto más luminoso”, la excepcional mezzosoprano ofreció, acompañada al piano por su compatriota Craig Terr (pianista enorme), un concierto que fue una auténtica clase de lo que el arte del canto debe de ser. Integrado por obras y compositores bien distintos entre sí, el programa efectuado la noche última del mes de abril fue una muestra de amplio espectro que permitió a la diva ir de un género a otro, de una a otra época, de uno a otro estilo y hasta a concepciones, si no del todo opuestas, sí por lo menos diferentes de cómo debe ser la música vocal y cómo su interpretación en cada caso. A manera de ejemplo y sin entrar a tecnicismos que nada dicen al no especialista, todos podemos comprender que, necesariamente, tienen que ser distintas y alejadas unas de las otras las composiciones de Georg Friedrich Händel –hombre de finales del siglo XVII y primera mitad del XVIII– y Maurice Ravel –y su impresionismo-expresionismo del siglo XX–. Pasando, claro, por varios otros, entre ellos el gran maestro del bel canto, Gioachino Rossini. La jovial Joyce que entusiasta saludó en su poquito español al público que llenaba la sala –surgido del alma, como ella misma dijo–, desde el inicio quitó todo tono de solemnidad posible al concierto, sin que esto haya significado restarle seriedad y calidad artística, sino todo lo contrario, recalcando su primer nivel pero alejado totalmente de la pose. A ese desenfadado desenvolvimiento contribuyó en gran forma musical el maese Terry desde su instrumento. Así, DiDonato abrió fuego con una tonadilla nada fácil sino plagada de recovecos; la romanza “De España vengo” de la zarzuela El niño judío de Pablo Luna, para pasar a los tres poemas de Tristan Klingsor sobre Shéhérazade que musicalizara Maurice Ravel: “Asia”, “La flauta encantada” y “El indiferente”, para literalmente brincar y llegar hasta Rossini y su ópera Semiramis de la que, más que cantó encantó al desgranar el aria “Bel raggio lusinghier” (“Bello rayo lisonjero”), que es realmente bello. Breve intermedio, y retorno triunfal de esta señora que ilumina con su voz e interpretaciones, mismas que aderezó con recuerdos, frases y hasta chistes que hicieron de esa noche una auténtica velada lúdica, con tres tonadillas en estilo antiguo del español Enrique Granados, “La maja dolorosa” (números 1,2 y 3), para de allí dar un salto enorme y situarnos ante el gran Händel y su ópera Rinaldo, y brindarnos una bellísima y emotiva versión del aria “Lascia ch’io pianga”, y llegar oficialmente a la última parte del programa en la que, con arreglos de su pianista Craig Terry, nos trasladó a Italia para dejarnos escuchar las hermosas canciones “Caro mio ben” de Giuseppe Giordani, “Se tu m’ami” de Giovanni Battista Pergolesi, y “Star vicino” anónima atribuida a Salvatore Rosa, y desembarcar triunfalmente de nueva cuenta en el gran belcantista, Rossini, y la prácticamente inexistente en nuestros escenarios, La dama del lago y la envolvente aria “Tanti Affetti in tal momento” que, por supuesto, nos arrobó. Y señorial, Joyce DiDonato obsequió aún cuatro canciones más, con público aplaudiéndole de pie.

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