El Maestro del Dinero: Telebasura mortal

viernes, 17 de junio de 2016
MONTERREY, NL (apro).- En ‘El Maestro del Dinero’ (Money Monster) George Clooney es un gurú televisivo de las finanzas. Dentro de su show, muy propio de la TV estadunidense, es un bufón encumbrado. Se concentra en un público segmentado, de personas interesadas en la bolsa, pero es favorecido por el rating. Hasta que su mundo paradisíaco, lleno de reflectores y fama, se colapsa con la llegada de un televidente que siguió sus consejos, apostó en la Bolsa con la empresa equivocada y perdió todo. El enfurecido inversionista toma por asalto el estudio y, al aire, a punta de pistola quiere saber cuál fue la causa de su ruina. Dirigida por Jodie Foster, ‘El Maestro del Dinero’ es una farsa sobre el imperio perverso, manipulador y vacío de los medios masivos de comunicación que capturan fácilmente la atención de los espectadores, quienes son, para ellos, una masa de imbéciles que dócilmente son manipulados para que fomenten el consumo y les entreguen su dinero. El drama, encapsulado en un set, critica muy superficialmente el poder de la televisión. El reproche es lo suficientemente ligero como para suponer que el disparo resultó desviado. Foster y Clooney pudieron empujar la daga hasta el fondo, pero se contuvieron. El tono inverosímil de la historia, cercana al surrealismo, condena lo que pudo haber sido un ejercicio de autocrítica de la sociedad estadunidense frente a la pantalla chica, y se queda como una anécdota muchas veces vista antes. El evento criminal, visto por millones en tiempo real, se convierte en uno más de los espectáculos de realidad que plagan la programación cotidiana. El espectador duda, naturalmente, del origen auténtico de la amenaza. Un presentador famoso y un intruso, apuntándole con una pistola, parece otra broma de los productores, cada vez más urgidos de atención y novedades. Sin un protagonista definido, la acción se concentra en múltiples frentes. Clooney en la más pobre de sus actuaciones, se ve incómodo en el papel y carente de energía. Sí, con disciplina y humildad, hace el rol del payaso de la tele, seguro y desdeñoso, pero no consigue transmitir ni temor, ni ira. Mueve a la risa involuntaria cuando, en un repentino golpe de conciencia, es afectado por el esperadísimo Síndrome de Estocolmo. Jack O’Conell, sobre actuado, es el pobre diablo sobre quien recae la fuerza del drama. Superado del primero al último minuto por el resto del elenco, hace lo que puede para no desmerecer. Julia Roberts se ve muy cómoda como la productora, cómplice y amiga del conductor atribulado. Hay una subtrama, tan necesaria sobre un parche en el lienzo. Mientras el drama se desarrolla en vivo, hay fuerzas detrás de cámara que se mueven velozmente para desenmarañar un enredado esquema de inversiones millonarias que produjeron la ruina de montones de inversionistas, entre ellos el ciudadano empistolado. Se revela, una vez más, que el gran complot permanece oculto a los ojos del público y que los magnates mueven el dinero ilegalmente, protegidos por la impunidad propia de su altura en la escalera social. Tal vez quienes mejor consiguieron presentar la pesadilla de la TV como manipulador masivo fueron Peter Finch, Faye Dunaway y William Holden en ‘Poder que mata’ (Network). Quizás Jodie Foster debió verla antes de rodar esta parodia fallida del gran espectáculo de masas que ofrece a diario la caja idiotizante.

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