"Un holograma para el rey", la película que pudo ser excelente

viernes, 17 de junio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por alguna razón, Alan Clay (Tom Hanks) perdió casa, esposa, y un tanto de credibilidad profesional, todo lo que merece un hombre de negocios como él, emprendedor y confiable, entusiasta y visionario, perseverante y amoldable, de acuerdo a los valores americanos. Para colmo, tiene que pagar la universidad de su hija. La venta de una nueva tecnología para el rey de Arabia Saudita, un sistema de conferencias que utiliza hologramas, representa su posible salvación; por eso viaja a Yeda, donde se prepara la construcción de una nueva metrópolis comercial. Un holograma para el rey (A Hologram for the King; E.U., 2015), dirigida por el alemán Tomo Tykwer, traslada las obsesiones sobre el éxito o el fracaso económico y moral del drama americano, que en el cine oscilan entre la fórmula mágica o el colapso total (Revolutionary Road), a La Meca y a las tiendas en el desierto; es decir, al fin del mundo. Al director de Corre Lola, corre le atraen las carreras imposibles contra los peores obstáculos, principalmente el tiempo, y eso que ocurre al individuo mientras se debate por cumplir su cometido. Pese a la excelente factura de la cinta, y el trabajo de los actores como Tom Hanks o Sarita Choudhury, que logran caminar por el filo del absurdo en esas ciudades de espejismos, hologramas en el desierto, el comentario que se repite acerca de este trabajo es que pudo haber sido excelente. Valoración que no explica gran cosa, pero sí traduce la decepción de la invitación al viaje al interior del personaje y al fin del mundo en plena crisis que propone Tykwer, pero que luego lleva a otro lugar, uno muy etéreo y casi sin sustancia, cualidades éstas muy remotas de la imagen que Tom Hanks –el más sólido y confiable de todos los americanos, según una encuesta reciente–, se halla lejos de trasmitir. Reconstruida a partir de diferentes sitios y paisajes de Marruecos, a manera de rompecabezas, Arabia Saudita aparece como el lugar imposible de estar o de ser de un hombre de negocios que espera consistencia y formalidad en sus tratos, y después un buen trago para descansar. Todos saben que Clay está ahí y por qué, pero el rey no pone un pie en el lugar, las citas nunca se cumplen, y el alcohol está prohibido. Para su sorpresa, Clay descubre que el alcohol circula disfrazado, las embajadas occidentales organizan reventones con bebidas y cocaína; y sobre todo, si se logran cruzar la barrera de las formas, un príncipe, a manera de genio que circula, no en botella sino en deportivo de lujo, puede convertir la tienda de trabajo en un palacio y traer el internet al desierto. Adaptación de la novela de Dave Eggers, además artista visual asociado al posmodernismo, Un holograma para el rey traduce el humanismo del escritor en una forma de choque cultural, siempre al borde de la comedia de situaciones, afín al perfil de Tom Hanks, víctima de su propia imagen; actor intachable, al borde de lo insípido, al cual es difícil ver en una historia de amor transcultural. La película resulta disfrutable en la medida que se aprecien la fluidez y la liviandad que logra Tykwer de temas tan densos como la globalización, la intolerancia religiosa, la sumisión de la mujer, o incluso del sentimentalismo americano apegado a casa con jardín y coche.

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