"Sabrás qué hacer conmigo"

jueves, 2 de junio de 2016

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Es amor a primera vista. Nicolás sale de una consulta médica, ve a Isabel fumando en la puerta del hospital, le toma una foto con su celular y de súbito le da una invitación para su muestra fotográfica. Luego de dos o tres tropiezos deciden vivir juntos y armar el rompecabezas de la relación; el problema es que hay piezas que faltan y otras que sobran. Nicolás (Pablo Derqui) es epiléptico desde niño, e Isabel (Ilse Salas) sobrelleva la historia de una madre alcohólica y depresiva.

Sabrás qué hacer conmigo (México, 2015) es el segundo largometraje de Katina Medina Mora, realizadora que se nota decidida a explorar la dinámica y los enigmas de pareja desde diferentes ángulos. En su primer trabajo, LuTo (2013), se trataba de entender la imposibilidad de mantener la relación desde la falla de cada uno y la imposibilidad de tolerarse. Ahora el mal, por así decirlo, viene de fuera, de algo más allá de la voluntad que se encarga de decidir.

Sin aspirar a la tragedia, el tema del destino se hace patente desde el encuentro de Nicolás e Isabel, que va más allá de lo fortuito; después, la epilepsia y sus ataques, los medicamentos que afectan la sexualidad de la pareja, el hermano que murió y el luto no resuelto de Isabel y de su madre; o motivos, como el del agua, que sirven de presagios. A lo que sí ambiciona el trabajo de esta realizadora es a la circularidad; la historia de LuTo (palabra formada con los nombres de los protagonistas) se cuenta al revés, a la manera de una obra de Harold Pinter. En Sabrás qué hacer conmigo el círculo se forma con los puntos de vista de cada uno, como capítulos, primero Nicolás, sigue Isabel y cierra con Nicolás e Isabel.

El tema es el amor, por su supuesto, pero lo que se indaga aquí es la manera en que dos individuos, con su propia carga y heridas, lo encuentran y lo viven. El dilema de fondo es la autoestima dañada de cada uno; en Nicolás es la enfermedad, el escrúpulo a imponer su mal en la pareja, o en realidad el miedo al rechazo; en Isabel, la obsesión de su madre por el hijo que perdió, la incapacidad de verla y apreciarla como hija. Ambos son individuos bien adaptados, relativamente exitosos, pero la baja estima amenaza cada paso; la ternura por los personajes que el espectador experimenta, siempre y cuando acepte el contrato que propone la directora, proviene de ver cómo Isabel y Nicolás tratan de aprender a aceptarse y respetarse.

Todo esto con un mínimo de sentimentalismo gracias a la distancia en las tomas, como la de Isabel descubriendo a Nico en el baño sufriendo un ataque de epilepsia; esa misma distancia permite distinguir los momentos de autocompasión en los que caen o están a punto de caer, como ocurre con la madre de Isabel (estupenda actuación de Rosa María Bianchi).

Claro, la propuesta de Medina Mora no es fácil porque busca conseguir profundidad desde la banalidad, instantes de vida, como describe Nicolás a la fotografía; el riesgo es que algunos diálogos no vayan más allá de la trivialidad, y haya que esperar las escenas con más sustancia que alterna la directora. Lo mismo puede decirse del empleo de elipsis, del que se nota un buen manejo y experiencia dramática para adelantar la acción; pero hay que conocer el estilo de vida de esta clase media más europeizada que mexicana para entender los huecos.

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