"Día de la independencia: contraataque"... los aliens han vuelto

sábado, 25 de junio de 2016
MONTERREY, NL (apro).- Con Día de la Independencia: Contraataque (Independence day: resurgence), el cine de ficción toca extremos: alcanza un nivel sublime de digitalización, con imágenes de vanguardia, pero, simultáneamente, su temática hace retroceder el género medio siglo. Al frente de la secuela del primer Día de la Independencia, presentado exactamente hace dos décadas, están otra vez, el director Roland Emmerich y su productor Dean Devlin, quienes, como en aquella entrega son, ahora, coguionistas. La producción repite un ensamble de piezas idéntico y taquillero, con situaciones similares, nudo similar y desenlace sin sorpresas. El mundo está en paz y ha progresado. Luego de aquella primera invasión legendaria, contrarrestada por el mismísimo presidente de Estados Unidos (Bill Pullman), que comandó la fuerza en Tierra que le dio su merecido a los depredadores galácticos, el planeta se ha unido en una coalición global de defensa. Pero no es suficiente. Los mismos aliens vienen por revancha, y son más poderosos. Está aquí el Apocalipsis interestelar. Es todo. Lo que se muestra, luego de la presentación, es un despliegue suntuoso, como una exquisita golosina visual, de imágenes CGI, que llenan la pantalla de estallidos, neón, y centenares de aeronaves extraterrestres, así como seres venidos de otra galaxia, con aspecto horripilante y avieso. Es, tal vez, la película B de mayor presupuesto en la historia. Pero todo ese gran ropaje de impresionante efectismo contiene una dramatización hueca. Irresponsablemente, Emmerich y Devlin escribieron un guión tan endeble como un castillo de naipes. Cuando presentaron 2012, otra joya digital de catástrofes, pidieron a la audiencia que perdonara los huecos de la historia. En este ID2 abusan y piden ceguera para no reparar en las aberraciones numerosas, carentes de lógica elemental, que inundan cada escena. Quisieron generar tensión, pero sólo consiguen conquistar risas involuntarias, generadas por el absurdo. Ha muerto el piloto interpretado por Will Smith en la primera entrega. Lo sucede en el legado heróico su hijo, quien se hace acompañar de Liam Hemsworth, como el muchacho encargado de encabezar la vanguardia contra la amenaza del espacio anterior. Pullman está de regreso. El expresidente se ha convertido en un viejo loco, afectado por la pasada confrontación contra los alienígenas. Es una caricatura de la caricatura que ya era como mandatario. Sin embargo, todavía tiene fuerza para sostener el bastón para pilotar, por última vez, una nave de combate. En la reunión de viejos amigos están de vuelta Jeff Goldblum, que repite el rol del experto ufólogo y su padre, Judd Hirsch, rescatado del retiro histriónico. ¿Y qué demonios hace Charlotte Gaisnbourg como especialista alienígena en esta cinta futurista de guerras espaciales, después de que fue presentada en el hemisferio con el díptico de Ninfomanía? Toda la película es un festival de efectos, la especialidad de Emmerich. Son bellísimas las postales del fin del mundo, que muestran mares enteros que se vuelcan sobre las costas; edificios desarraigados y volando, junto con miles de automóviles con desdichados ocupantes en su interior. En la resolución hay un guiño a El día que la Tierra se detuvo. El final es delirante. Cuando se agotaron las ideas, ocurre un giro tremebundo. Aunque el discurso es fantástico, es incorporado un elemento, como amenaza en tierra, que confirma que la película en ningún momento debe ser tomada como un producto de entretenimiento elaborado con seriedad. Pese a todo, el realizador alemán es honesto. A lo largo de toda su trayectoria ha hecho trabajos similares, divorciados de la realidad. Por ahí están, como muestras ejemplares, Godzilla, El día después de Mañana y 10,000. Nadie se puede quejar de engaño. O tal vez Emmerich sea un cínico, al que le importa únicamente obtener ingresos mayúsculos de taquilla, como es su costumbre.

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