'No manches, Frida”, un chiste más de TV

viernes, 16 de septiembre de 2016
MONTERREY, NL. (apro).- No manches, Frida es el espacio idóneo para que Omar Chaparro continúe con su carrera ascendente como estrella de la comedia. Limitado como intérprete, se esmera por desarrollar papeles graciosos, en los que proyecta un humor de TV, como si, permanentemente, estuviera en el programa de Sabadazo. La película mexicana es otra más de las producciones donde Martha Higareda participa como productora y coestrella, buscando más taquilla que aportación cinematográfica. Toda la cinta es un chiste prolongado, que se concentra en una premisa interesante: Chaparro es un exconvicto que busca recuperar el botín de un antiguo robo, aunque para encontrarlo, debe buscar trabajo en la escuela que ha sido construida precisamente sobre la cruz del mapa del tesoro. Está basada en la película alemana Fack Ju Goehte, de 2013, de la que hasta le copia el póster promocional. Esta cinta europea, a su vez, toma la premisa de De ladrón a policía, de 1999. Pese a su base argumental atractiva, la historia se convierte en una sucesión de situaciones con humor picante, adulto y escatológico, que desdeña la coherencia. Chaparro, al ser tomado, erróneamente, por maestro del Instituto Frida Khalo, se convierte en un profesor perro que debe domeñar a un grupo temible de preparatorianos inadaptados y problemáticos. Sin embargo, lo que parece ser una confrontación emocionante entre bandos opuestos del imaginario estudiantil, se desvanece rápidamente. Luego de convertirse en un mentor que se impone a los muchachos pateando sus traseros, se convierte en una especie de Jaime Escalante chilango, apapachándolos, guiándolos y comprendiéndolos. Los chicos comienzan a tomarle cariño y él se involucra en los problemas personales de sus pupilos y hasta de los profes que lo rodean, principalmente Higareda, la maestra tímida y nerd, que se convierte en su interés romántico y quien consigue el milagro de comenzar la transformación. Todo el truco es ver a Chaparro diciendo palabrotas y actuando como un chico rudo. En la escuela y entre los estudiantes rebota sus rutinas y despliega el humor basado en morisquetas e impostaciones de voz. El director español Nacho G. Velilla le da a Omar una oportunidad dorada para que, finalmente, enseñe su poder persuasivo ante la cámara. Le da una botella y hace que se emborrache con sentimiento, lamentando su pasado de niño abandonado. Pero también le permite que demuestre que puede deprimirse y sufrir por amor. Ahí se ve al histrión con cara compungida, chistosa, en el pasaje esperado de su rompimiento con la chica. Parece que todos se la pasaron bien en la producción. Mónica Dionne es la estricta directora, que provoca risa con su pretendida solemnidad. Adal Ramones, sobreactuado, interpreta a un amanerado y estricto profesor. Todo se resuelve conforme conviene, en una gran celebración que rubrica el carácter anodino de la cinta, que servirá únicamente para pasar el rato, viendo al carismático Chaparro y a la delgada Higareda, convertida en la reina de la taquilla mexicana.

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