"Los (nuevos) Siete Magníficos", unos pistoleros angelicales

viernes, 23 de septiembre de 2016
MONTERREY, NL (apro).- Con Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven), Antoine Fuqua asume la arriesgada misión de traer a la pantalla grande, de nuevo, el clásico homónimo que, en 1960, incendió las pantallas con emoción y aventuras de un equipo insuperable de cowboys. En aquel tiempo se reunieron nombres como Steve McQueen, Yul Breynner, Charles Bronson, Eli Wallach, al servicio del director John Sturges, que hizo un extraño western basado en el guión aclamadísimo de Los Siete Samurai, de Akira Kurosawa. Ahora Fuqua, especializado en la acción urbana, entrega esta que es su primera producción del género del Oeste, para recuperar la antigua magia de los gamberros heroicos que, por una vez en su vida, deciden hacer lo correcto. El nuevo paquete de Magníficos es encabezado por Denzel Washington, Ethan Hawke, Chris Pratt y Vincent D’Onofrio, que deben enfrentar al desalmado empresario minero Peter Sarsgaard. El casting es respetable y todas las actuaciones son sólidas. Sin embargo, Fuqua no alcanza la estatura de Sturges. Tampoco consigue igualarse con Sergio Leone y hasta con Sam Peckinpah, a los que, por momentos, pretende emular. De cualquier manera, no era interés del realizador colocarse entre los dioses del western. Por eso entrega una película llena de acción, balazos y explosiones, aunque superficial. Sarsgaard es un hombre millonario y malo, muy malo. Decide despojar de sus tierras a los habitantes de un pueblo empobrecido, pagándoles baratijas. Los convence a punta de bala. Para defenderse, los desdichados lugareños contratan al cazarrecompensas Washington, quien tiene un oscuro pasado. Sin embargo, es un diestro con el revólver, con una actitud suicida ante el peligro. De esta manera, el pistolero reúne a una pandilla multiétnica de rufianes de buen corazón, que le dan nombre a la película. Con una producción espectacular, Fuqua retrata un viejo Oeste salvaje, que no tiene espacio para los débiles. Los problemas del mundo no pueden componerse a gritos ni con oraciones, sólo con tiros. Una valerosa mujer es la que entiende que la maldad solamente puede ser combatida con maldad. Sin embargo, para su sorpresa, los chicos malos, a su servicio, resultaron ser unos ángeles de velocidad mortal. Cada uno de los forajidos lucha por su propia causa. Unos por honor y otros por dinero. El mismo Washington, motivado por un misterioso deseo de revancha, enseña a sus muchachos que existen motivos, aún más fuertes que el egoísmo, por los que vale la pena arriesgar la vida. Sin embargo, la historia reduce todas sus motivaciones a nada y sólo se conforma con ponerlos a jalar el gatillo hasta el agotamiento. El relato es convertido a un entretenimiento dominical de buenos y malos con mucha violencia y espectáculo. Fuqua hace su esfuerzo por hacer tomas a detalle, y pausas dramáticas a lo Leone. Además, las dos grandes escenas de enfrentamientos tienen mucho de los combates multitudinarios de La Pandilla Salvaje, de Peckinpah. Pero da lo que se espera de una cinta de vaqueros, con una lluvia de balas y motones de momentos heroicos, en los que los tipos desalmados reciben justo castigo. Aquella confrontación que, en su versión inicial parecía una batalla complicada, aquí luce como una labor imposible, pues los aldeanos mal entrenados deben enfrentar a un ejército completo de matones. El cinematógrafo Mauro Fiore hace un trabajo bellísimo con elegantes juegos de iluminación y contraluces. La música de James Horner y Simon Franglen rinde tributo a la conocidísima pieza de Elmer Bernstein. Los Siete Magníficos en su edición 2016 es una cinta moderna y poco profunda de una tradicional historia de sacrificio y compasión. El nuevo público encontrará entretenido el remake, pero vale la pena que le eche un ojo al original.

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