'Cartas de Van Gogh”: el genio y su arte

viernes, 24 de noviembre de 2017
MONTERREY, NL (apro).- Como una proeza cinematográficamente creativa, Cartas de Van Gogh (Loving Vincent, 2017) muestra aspectos de la personalidad atormentada del genio pintor, padre del arte moderno que murió en la pobreza pese a que, irónicamente, sus obras son ahora de las más cotizadas entre los subastadores. Los realizadores Dorota Kobiela y Hugh Welchman utilizaron una línea narrativa sobre el misterio de la muerte del pintor, para mostrar una deslumbrante propuesta de arte fílmico, que es como un lienzo en movimiento. En esta producción nada importa tanto como la imagen. Ni siquiera la vida de Vincent, quien, por lo demás, ni siquiera es protagonista. La maravilla se encuentra en esta obra maestra de la animación, que pudo ser concebida únicamente por realizadores enamorados del holandés y su fascinante destino trágico, en el que se enlazan amor fraternal y locura. El hechizo por su técnica se encuentra en este insólito film, el primero de su tipo en la historia, que muestra miles de cuadros, cada uno pintado a mano por más de 100 magníficos artistas, que pudieron adentrarse en el prolífico legado pictográfico, y transportarlo a la imagen que adquiere vida. Toda la historia transcurre en una sobrecogedora atmósfera que repite los trazos furiosos del artista, que pintaba, de acuerdo con la leyenda, en un trance de insanidad y excesiva sensibilidad motivada por un desequilibrio emocional que, según conocedores, se plasma en sus colores sombríos y la crudeza de sus oleos. Vincent Van Gogh (Robert Gulaczyk) creó obras soberbias en el estilo postimpresionista, con una interpretación personalísima del mundo. Es en ese universo de colores palpitantes donde los personajes se sumergen y viven un drama que contiene, en su centro, el misterio sobre la muerte del creador de La noche estrellada. Un año después del deceso, Roulin (Douglas Booth), el hijo del cartero, va a la que fue la última parada del artista, en el sur de Francia. Busca a quién entregar una carta que le había enviado a su hermano Theo, ya para entonces fallecido. En esos días conocer a personas que lo vieron y que fueron sus modelos. Además se entera de detalles sobre su muerte que, al parecer, no fue producto de un suicidio, como señala la versión oficial, nunca sólidamente confirmada. Los recorridos detectivescos de Roulin son una excelente excusa para que se muestren los cuadros del artista, en su forma original y luego, con movimiento. Los oleos de la naturaleza y los seres humanos vibran, con una mágica sobreposición de imágenes, que expresan una profunda dimensión emocional en esos rostros hechos con pinturas de aceite, con centenares de pequeñas estrías y facciones agresivas, como si los hubiera ensayado el mismo autor desde ultratumba. Pero, aunque la película es un excepcional trabajo de imagen activa, luce accesible únicamente para los iniciados. Cualquiera puede disfrutar del espectáculo del cine mezclado con la pintura, en esta originalísma propuesta, aunque el goce se completa con el conocimiento de la obra total, que muestra los autorretratos, los paisajes, y las personas que conoció y que fueron inmortalizadas por su pincel milagroso. Quien no sepa qué ocurrió con la oreja de Van Gogh probablemente se extraviará en el relato. De cualquier manera, con conocimiento o no de la herencia creativa del holandés, Cartas de Van Gogh es un deleite para los sentidos.

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