'Un día antes", antología de cuento de La Sangre de las Musas

miércoles, 20 de diciembre de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el Taller Albergue del Arte, Carlos Camaleón impartió un curso de cuento que acaba de publicar en su editorial La Sangre de las Musas la plaquete con cinco cuentos breves de su más reciente producción, elaborados en base en los principios teóricos adquiridos: inicio-desarrollo-clímax-desenlace-final. Un día antes, Antología de cuento es el resultado de una temática predeterminada a partir de cualquiera de las siguientes fechas: 18 de septiembre de 1985, 1 de octubre de 1968, 19 de noviembre de 1910, 10 de septiembre de 2001. Todas anteceden a un evento importante a nivel histórico y social a desarrollarse en cualquiera de estas 4 ciudades: México, Nueva York, Tokio o París. Prologa Carlos Camaleón: “El situar las historias en un punto temporal pasado ofrece varias posibilidades narrativas, especialmente porque nosotros conocemos qué va a ocurrir después. Todas estas fechas son previas a un shock, utilizable en el conflicto, aunque no todos lo usan. El conflicto desde luego fue un dolor de cabeza para la mayoría, como es normal. Tenían además un límite de extensión en cada una de las 5 partes del cuento. Ahora son ellos y el lector. El libro que tienes en tus manos ha sido trabajado texto por texto, en pos de crear un espacio a nuevas generaciones de escritores que encuentran en la senda de lo independiente un espacio, un lugar para coincidir y ver el fruto de sus creaciones respirar. Leeremos lo que ocurre… un día antes…”. Los cuentos y sus autores son: “La casa era un sueño”, de Susana Cato (Ciudad de México); “Viaje a Nueva York”, de Emma G. Aguilar Carrasco (Ciudad de México); “Septiembre”, de Moisés Miranda Román (Ciudad de México, 1964); “La quema de los judas“, de Jonatan A. González; y “El sabio Diógenes en la Ciudad de México“, de Guadalupe López Álvarez (Villa Hidalgo, Nayarit, 1951) Y en otro prólogo de los talleristas, encargado a Susana Cato, se asienta: “No hay nada más sobrecogedor en el mundo que el día antes de que se cumpla, sin avisar, un destino trágico. El protagonista confía en que piensa, que sabe, que siente. Que está seguro. Que su lucha es entre humanos. No ve las nubes, la plateada luna llena o los zopilotes que andan por ahí y por acá, revoloteando… No escucha el ladrido de los perros. No entiende a los brujos. No oye respirar al policía escondido o al terrorista acechante. No imagina, siquiera, que colocar un libro más en la repisa ayudará, al amanecer, a que caiga la desgracia. “El día antes de la Revolución Mexicana, el día antes al desmoronamiento de las Torres Gemelas en Nueva York, el día antes del terremoto que cimbró la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. “Estos cinco cuentos empiezan la inocente víspera… “El que lo vivió tendrá que sufrirlo. El lector, esperemos, podrá gozarlos.” Camaleón, autor de 25 libros, ha editado de sus cursos más de 120 títulos en El Under Ediciones y La Sangre de las Musas, más de 50 antologías. "La casa era un sueño", de Susana Cato La casa era un sueño, una mansión espléndida. Tenía las paredes altas y los techos labrados, de donde colgaban lámparas fascinantes que cargaban las luces como racimos de cristal con tallos de bronce. Las de mesa tenían en sus pantallas relucientes orquídeas, aves del paraíso, canarios de colores intensos detenidos para siempre en ese ovalo de vidrio que los iluminaría cada noche. Las ventanas, largas y finas, estaban cubiertas con herrería afrancesada, tan afrancesada como lo eran entonces todos los sueños de belleza en la mente del señor presidente. Cuando llegó a esa hermosa mansión, Leonardo era un niño de ocho años, y lo primero que lo apabulló fue el jardín. ¡Ay, Diosito, qué jardín! Las bugambilias rojas, rosas, naranjas y vino caían como catarata en las paredes de piedra que, de tanta flor, ya no se veían. Él venía del campo, de ese triste campo que se riega sobre todo con el sudor de sus trabajadores, con quienes tiene una relación justa. Ambos, campo y campesinos, se ayudan a sobrevivir. El uno al otro. No más. Leonardo, en esos lejanos tiempos, sentía que no necesitaba otra cosa. Corría con los niños por el monte lleno de flores salvajes, cortaba maíz con el machete de su padre, nadaba desnudo en las pequeñas albercas naturales donde descansaba el río. Dormía profundo en su petate. No necesitaba nada. Mentira. Sí necesitaba algo: que su madre lo hubiera querido como a su hermano Juan. Es verdad que Leonardo había enterrado vivos a los pollitos que su madre criaba, pero lo hizo, ¿cómo explicarlo?, por una curiosidad científica. Sólo quería ver si los pollos podían respirar debajo de la tierra. Y si le daba patadas al perro era porque el perro no lo dejaba dormir con sus ladridos. No por maldad. Pero su madre repetía: “tú eres malo, malo, malo”. Y Leonardo se lo creyó. En cambio, a Juan, su hermano, la madre lo sentaba en sus piernas, lo envolvía en su rebozo bordado de flores, lo besaba en las mejillas y reía con él. Un día, mientras su madre abrazaba a Juan, canturréandole al oído, Leonardo los veía con envidia montado en las ramas de un árbol. En ese momento un grupo de soldados al mando de un cacique llegó a la casa, y con ellos el horror. Le dispararon a su padre, que cortaba leña, y cuando su madre se lanzó a auxiliarlo, fue alcanzada por una ráfaga. Su hermano Juan corrió hasta desaparecer en el llano y él se acurrucó en el árbol con los ojos cerrados. Al día siguiente, alguien compadecido lo llevó a casa de don Florentino, que lo aceptó como ayudante del jardinero. Leonardo creció ahí, en la residencia, durmiendo en un pequeño cobertizo, quitándole los pétalos podridos a las rosas, y otras profesiones locas que sólo existen en las casas de los ricos. Don Florentino era un rico fino. Alto, blanco, de cabello negro y ojos grises. Su elegancia impresionaba a propios y extraños. Hasta sus pijamas eran de algodón egipcio y sus batas de seda china. Se peinaba el largo bigote ajustándolo con miel con las puntas hacia arriba y, algo impensable para Leonardo, se cortaba con unas delicadas tijeras de plata los pelillos de la nariz, las orejas, las cejas y las pestañas. El presidente lo visitaba. Y en vez de hablar del país, hablaba maravillas de la herrería afrancesada de las ventanas de esa casa. El cura lo amaba y también iba a visitarlo. Éste, en lugar de hablar de Dios, hablaba de los ricos postres y el fino oporto en copitas de cristal de bohemia que don Florentino le ofrecía, a él y a las elegantes damas. Había quien brindaba con emoción: “¡Hasta ver a don Porfirio!”. Bebían sin respirar hasta que se distinguiera el rostro del presidente labrado en el cristal del fondo del vaso. El sacerdote, las monjitas y otros a quien surtía con frondosos donativos, decían: “Ay, usted es bueno, bueno, bueno.” Escuchar eso de los labios de su madre era el acosador sueño de Leonardo. Pero al despertar se veía otra vez como un mueble más en la casa soñada de don Florentino Guzmán. Decidió cumplir su deseo. Si algo le había enseñado el brujo del pueblo, aquella vez que acompañó a su abuela a hacerse una limpia, es que todo puede cambiar. Algún día él sería “don Leonardo”, rico, fino y alabado como su patrón. ¿Qué diría su difunta madre si pudiera verlo entonces? “¿Don Hijo, te quiero?”. Don Florentino pensaba lo contrario. La alcurnia se hereda. La suya había cumplido siglos y los seguiría cumpliendo. Aunque para eso necesitaba hijos. Pues otra de las grandes paradojas que hay entre las leyes de cielo y tierra es que los pobres, que no tienen nada para heredar, son los que más hijos tienen. Don Florentino Guzmán sufría por no tener ninguno. Y Leonardo, miserable, en cuanto creció fue “malo, malo, malo” con las mujeres y procreó unos diez escuincles regados por el rumbo. Una noche de luna llena, don Florentino se puso guapo, más guapo aún, y salió con un ramo de rosas en busca de la madre de sus herederos. Leonardo se miró al espejo y decidió no volver a ser ese reflejo lastimoso. Daría propinas más generosas y todos se hincarían ante él: “Usted es el más bueno”. Tomó un elegante cuchillo de la cocina del patrón. Lo esperó, muy bien parado, como siempre, y en cuanto éste entró de regreso, sin rosas y sin dar las buenas noches, Leonardo lo apuñaló por la espalda. Arrastró el cadáver a su cuarto de sirviente, que le pareció más pequeño que nunca. Lo desnudó, embetunó con carbón la cara, le cortó el bigote, lo golpeó para dejar alguna marca y lo dejó sin cubrir, tumbado en la dura cama. Mañana llamaría a los gendarmes. Se lo llevarían a la fosa común. Nadie preguntaría nada sobre un pobre muerto. Durmió sin remordimientos en la habitación del patrón, bajo la luz de las lámparas cristalinas, con una copa de oporto en la mano, que cayó y se hizo trizas sin que eso lo despertara. Al día siguiente se enrolló el bigote hacia arriba, le puso miel de abeja para dejarlo bien parado, y se probó una y otra vez los trajes elegantes de don Florentino. No pudo aguantarse. Tomó un carruaje en la calle rumbo a la casa del brujo que veía su abuela. El brujo se sorprendió al encontrarlo tan cambiado, pero bastó con lanzarle una bolsa de terciopelo con monedas de oro para que, obedeciendo a don Leonardo, invocara sin chistar a la muerta. Un aire helado llenó la casucha, un silbido apagó la vela y dejó flotando un aterrorizante y femenino murmullo de ultratumba: “Eres malo, malo, malo”. “!Eso ya qué importa, madre, ya soy rico, rico, rico!”, replicó el hijo herido a la voz invisible. Y furioso tomó el carruaje de vuelta a la residencia de ensueño. Algo raro pasaba en las calles, pero Leonardo sólo pensaba en comer, gastar, roncar, beber y fiestear en su nuevo mundo. Al diablo todos. “!Al diablo el pasado!”, gritó, incluida su madre. Y al parecer el diablo lo escuchó. Cuando la carroza se detuvo frente a la entrada principal de la hermosa casa, bajó el elegante don Leonardo. Cruzó despacio y bien derechito el portón. Hoy empezaba su vida de rico. Olió una rosa sin cortarla, como buen burgués, y se disponía a arreglarse la corbata cuando escuchó un grito: “¡Mueran los ricos!”. Una voz y una contundente bala le atravesaron el alma. Cayó al suelo que tantas veces barrió, con los ojos abiertos. El pasado, su nuevo pasado, se fue al diablo, efectivamente. La Revolución Mexicana acababa de estallar. Juan, el revolucionario campesino que había disparado, se acercó lentamente con sus huaraches al cadáver exquisito. Y no se fijó en los zapatos caros, el pantalón de lino, ni el chaleco con leontina. Lo que vio fue el rostro, con las moscas detenidas en el bigote con miel. Se quitó el sombrero zapatista. No lo podía creer. ¡Era su hermano!

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